
Sí, le he tirado un bolo de plástico azul a la cabeza, ¿y qué? Se lo merecía, por querer hacerme la competencia en el cruce de la Plaza de Castilla. Según una regla no escrita de los colegas malabares de Azca, que controlan toda la zona, ese es mi territorio. Lo sabe todo el mundo. Menos esta pobrecilla que se inventa de todo para sacarse unos céntimos y, de paso, llamar la atención del guapo que sale del gimnasio todos los días.
Hoy, mi adversaria había cambiado las bolas de colores por tazas de cerámica. Y lo hacía bien, la condenada, me quitó todas las propinas del semáforo de las 10:15. Aunque cuando la aticé con el bolo se le debieron romper siete u ocho piezas, cosa que no le sentó muy bien a las ruedas de los conductores. Antes de eso, ya lo había intentado con cintas de gimnasia rítmica que mordían el asfalto, volteretas laterales entre carril y carril y unos palos de majorette que sacó de un contenedor con los que casi se desgracia la cara.
Y, así todos los días. Ella atiza lunas tintadas con piruetas de botas de payaso en el carril de la izquierda y yo, en el de la derecha, dale que dale, con mis bolos de plástico. El del centro, sería para la que llegara antes. Por eso le arrojé el bolo a la cabeza y ahí se quedó la pobre, sentada en el carril central con las piernas cruzadas y una marca roja en la cara que pronto sería un moretón.
Lo malo fue que el chico guapo salió del gimnasio en ese momento y lo vio todo de camino al metro. En vez de sonreírme, como otras veces, se puso serio y no le quitó ojo a la de las tazas de cerámica hasta que el semáforo se puso en verde.
Salí corriendo de allí y pasé la noche buscando trucos para adjudicarme el carril central a la mañana siguiente. No me importaba jugar sucio. Estaba dispuesta a usar zancos, platos chinos o el truco del diábolo, que siempre funciona porque recuerda a los juegos infantiles de los oficinistas de la Plaza de Castilla. Si era necesario, incluso regalaría esos globos con forma de perritos y espadas de mírame y no me toques. El carril era mío. Y la sonrisa del guapo también, que me la había pedido primero.
Al final se me ocurrió una idea mejor, cariocas de fuego. Los colegas malabares de Azca ya me habían hablado de ellas. Guardaba unas en el fondo de mi baúl de juegos. Las compré en un mercadillo solo por el hormigueo que me producía tenerlas en casa, pero nunca las había encendido.
Armada con mi artillería más pesada, puse rumbo al cruce de la Plaza de Castilla para recuperar lo que era mío. Llegué a mi destino en el semáforo de las 9:50, diez minutos antes del inicio de la jornada que marcan los colegas. Tenía que zanjar el asunto antes de que llegara el guapo, no fuera a ser que se asustara de mi faceta violenta.
Ella ya estaba allí. La muy tramposa hacía equilibrios sobre un tablón de madera que se deslizaba sobre un cilindro. Se balanceaba peligrosamente hacía la línea discontinua del carril central. Se disponía a invadirlo cuando la grité desde el derecho.
- ¿La rolo bola? Sabía que utilizarías algún truco sucio para quitarme el terreno, pero la coña del cilindro pasó de moda hace años.
- Mejor que el bodyrolling con bolitas de plástico... Eso sí que es triste.- me dijo con una sonrisa de autosuficiencia. Simuló que perdía el equilibrio y se colocó ufana en medio de mi carril central.
- Te vas a enterar. Los colegas malabares de Azca sabrán de esto. Pero antes, te vas a largar de aquí.- la amenacé.
Desenfundé mis cariocas lentamente, para darme importancia. El semáforo estaba a punto de cerrarse, pero me daba igual. Si quieres triunfar en el mundo de la farándula, es necesario crear expectación antes del truco. Desenrollé las cadenas y saqué un mechero para prender las bolas. La loca de las tazas de cerámica se quedaba la boca abierta.
- Son de kevlar- le dije- Prende como la mecha de un petardo. ¿Qué te esperabas? ¿Cuerdas de tela y bolitas de arena? ¡Esto es la guerra!- grité.
- ¿Pero que haces? ¡Qué vamos a salir volando! Si se te caen hasta los bolos de plástico.- la muy bruja siempre golpeaba bajo.
- No se me cayeron. Te los tiré.
El semáforo se puso en rojo justo cuando encendí la mecha. Empecé a girar los brazos. Las cadenas trazaban círculos perfectos, círculos que terminaban en bolas de fuego. Algunos conductores emitieron sonidos de asombro. Pero no sé si sus ¡ooohhhh! eran de admiración o de pánico ante una posible fuga de gasolina. Ya podían aplaudir de vez en cuando, los muy desagradecidos. Además, cuando se dieron cuenta de que estaba verde para ellos empezaron a pitar. ¿Y a mí qué? Menudos impacientes. Tenía que recuperar mi carril ahora o nunca.
Pero la loca de la rolo bola no se dio por vencida tan fácilmente. Todavía se balanceaba en el carril central. Seguía el ritmo de la música de clakson sobre su talón de madera. Cada vez pitaban más fuerte. Algunos empezaron a gritar:
- ¡Largaos ya! – dijo un Ford Focus.
- Como no os quitéis piso el acelerador- nos amenazó un Audi A3.
- ¿No les oyes?- pregunté a la loca. ¡Qué te pires ya!- me aproximé a ella hasta que nos quedamos frente a frente. Bueno, más o menos, porque la pobre no conseguía mantenerse recta sobre la rolo bola. Mis arcos de fuego estaban cada vez más cerca de sus orejas.
- ¡Voy a llamar a la policía!- gritaba mientras tanto un Smart deportivo.
10:15. El guapo del gimnasio se aproximaba por la acera derecha. Me olvidé por un segundo de las tazas de cerámica, los bolos de plástico y las cariocas de fuego. Tanto, que sin darme cuenta las dejé caer y mis aros de fuego aterrizaron en el tablón de la rolo bola. La madera empezó a arder. Y, aunque el semáforo se había puesto en rojo, los coches habían dejado de pitar.
- ¡Ay, madre!- chillé.
Restregué las cariocas contra el suelo de asfalto para que dejaran de arder. La loca quemada de la rolo bola intentaba bajarse de un tablón de madera que echaba humo y empezaba a comerse sus medias de colores. Raspé otra vez las cariocas hasta que pareció que el fuego se debilitaba. Había leído por ahí que no hay quien apague el kevlar porque las llamas no lo consumen. Recé para que no fuese así.
Ya desarmada, me agaché para ayudar a mi pobre enemiga, que no dejaba de soplar sus medias de payaso incendiadas, no sé si para apagar el fuego o aliviar el dolor de la quemadura que tendría al día siguiente. Soplé con ella, pero solo conseguí que el fuego trepara hasta su rodilla. Empecé a rodarla contra el suelo. Si había funcionado con el kevlar, también tenía que hacerlo con ella
Mientras, el semáforo se había puesto en verde. Esta vez, nadie pitaba. Varios conductores nos miraban escondidos detrás de sus volantes, pero la mayoría había bajado del coche para ver mejor y dar algún que otro consejo. ¿No hay un parque de bomberos aquí cerca? o ¡Echadle agua a esas chicas!
Y precisamente, como agua de mayo, el guapo del gimnasio se acercó a rociarnos botella de litro y medio en mano hasta que el fuego se extinguió. Solo quedó una quemadura roja en las medias rotas de la loca de la rolo bola. Teniendo en cuenta que todavía se le notaba el moretón que le había hecho el día anterior, me dije que ya era suficiente por esa semana.
El guapo del gimnasio vertió una parte del líquido que quedaba en la tabla de madera e hizo otro tanto con mis cariocas traicioneras. No me atrevía a mirar al frente cuando me ayudó a levantarme del suelo. Esperaba ver un convoy de smarts enfadados, mono volúmenes amenazantes y deportivos deseosos de comerse el asfalto con nosotras debajo, pero no fue así. Nos contemplaban apoyados en sus capós incapaces de decir nada.
Cuando el semáforo se puso verde otra vez, uno de los conductores empezó a aplaudir desde la tercera fila. Poco a poco, el sonido de los aplausos se extendió hasta los primeros coches. Suspiré y le tendí una mano a mi adversaria. Después, nos miramos durante un par de segundos y asentimos. Por una vez, estábamos de acuerdo.
- Tu por la derecha y yo por la izquierda.- sugirió.
- ¿Y el centro?- pregunté.
- A medias- Mi nueva compañera me tendió una mano. La estreché con fuerza.
- Tengo que presentarte a los colegas malabares de Azca.- le dije. – Te van a encantar.
Y así, carril contra carril y a ganancia compartida el del centro, nos llenamos los bolsillos de calderilla y algún que otro billete de diez.
- ¿Y si nos damos una comilona con esto y pensamos en el próximo número? Con un poco de práctica, puedo aprender a controlar el fuego.- le dije. Pero me di cuenta de que hablaba sola, porque a mi nueva compañera le había faltado tiempo para irse a hablar con el guapo del gimnasio.
- Oye, ¿le decimos que se una al grupo?- me susurró al oído.
- ¡Eso ni se te ocurra!- Salí corriendo detrás de ella mientras los coches metían primera y arrancaban de una vez por todas.
SOBRE ESTE RELATO
- Este relato está basado en las dos chicas que hacen malabares en el cruce de Cuzco (redondeando, Plaza de Castilla). Parece que se llevan bien, pero yo creo que en realidad se odian. Siempre con esas sonrisas falsas que proyectan a los coches... Les hubiera tirado una foto con el móvil para ilustrar mejor la historia, pero creo que vulneraría sus derechos de imagen. ¡Lástima! Habrá que conformarse con las gemelas siamesas de Big Fish (mi alter ego burtoniano según esa fuente de conocimiento popular llamada Feisbuc, o algo así).
- No me convence demasiado porque lo veo algo superficial. La gente de clase escribe sobre temas muy trascendentales y yo no sé si estoy preparada para afrontar tamaños conflictos.
- Este cuento se basa en la premisa 'Si no puedes con tu enemigo, únete a él'. También es una pequeña apología de la competitividad, que puede ser sana y enriquecedora a muchos niveles. Eso sí, siempre y cuando nuestra ira no termine incendiando al contrincante. Todo el mundo necesita a su némesis.
- Es el segundo que escribí esta semana. Lo terminé el mismo viernes, antes de ir a clase, como en los viejos tiempos. Por si no me atrevía a llevar a clase el del fan de Marilyn Manson. Pero al final, me tiré de la moto y leí en público. He debido dar una imagen cojonuda a mis nuevos compis...
- Y a mis colegas... Jorge ha definido mi literatura como 'ochentera depravada'. ¿Qué querrá decir con eso?
- En clase todo fue guay. Como siempre, la gente es encantadora. Y el profe, en mi humilde opinión, insuperable. En dos minutos desmontó mi cuento y creó una versión reducida (que no extendida) mejorada y con mucha más fuerza. Estoy deseando que llegue el viernes para leer las historias de la mitad de la clase a la que no le dio tiempo a leer.
- Literariamente hablando, también he sido buena esta semana. He visto 'La naranja mecánica' (después de taaantos años) para compararla con el libro (me quedo con éste, por cierto) y me he terminado 'Molloy' que, a pesar de que deprimiría a las ovejas, merece ser leído. Para que no sea todo tan denso, aproveché la noche de ayer, que no salí porque me entró la pereza, para devorar dos tomos de mi cómic manga adolescente-vampiresco. Esta semana haré un post comentando mis exquisitas y variadas lecturas.
- Ahora voy con 'Esperando a Godot', siguiendo el sendero existencialista de Beckett, el cuento de Asimov que cogí hace mil años y tendré que volver a empezar, y, ¡por fin!, 'La mujer de la arena', de Kobo Abe.

5 comentarios:
Creo que conozco a esas chicas o a otras parecidas. Las he visto en en el Puente de Toledo. Antes se ponían los domingos en el Paseo de la Virgen del Puerto. Supongo que van cambiando de semáforo.
El relato está bien, aunque necesita que lo pulas un poco. Personalmente no me gusta el "happy end".
Me alegra que estés contenta con el grupo de este año y con el profe. Ya te dije que me dabas envidia.
Yo empiezo mañana con el mío. A ver qué tal.
Buena suerte en tu aventura virtual! Ya me irás contando.
Por cierto, te vi el domingo por Virgen del Puerto. Te metí una pitada porque iba al volante, pero no te diste cuenta. El de coche de delante, en cambio, sí que se dio por aludido y me puso una cara de cabreo que no veas...
Ya revisaré el relato, sí. Ahora que has dicho lo del happy end... quizá habría estado mejor un desenlace un poco más agresivo. Lo meditaré :D
Sí, tampoco me convence mucho el final.
¿"Ochentera depravada"? Mmm, me gusta.
¿No hay sexo? Así no conseguimos nada, eh!? :)
Me temo que coincido con la concurrencia y este relato es algo más flojo que el anterior (Después del subidón del otro día te bajamos a la tierra en un momentito...) Más que el final a mi me han 'rechinado' algo los personajes (el pobre chico apenas si se perfila) En otros relatos te he visto más 'Stephen King' ahondando en ellos, dándoles más personalidad y creo que es algo que haces "mu' de bien"
Entre bucles y botones a ver si voy sacando algo de tiempo para leerte :)
Oye... no voy a poner sexo siempre, que luego me os malacostumbrais, ein??
¡Un placer que me leas!
Por cierto... viene tu cumple dentro de poco, ¿me invitarás a algo, no?? :D
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