
Mamá llama a la puerta de mi habitación desde esa silla de ruedas que rechina por toda la casa, que se esconde por los rincones y escucha conversaciones telefónicas, que la conduce a mi cuarto y la lleva de regreso al suyo cuando se siente enferma y decide que esperará a mi padre, “sí, tu padre sí que es una bellísima persona”, tumbada en una cama con sábanas deshilachadas y olor a medicinas. Todavía tengo la cuchilla en la mano. El vaso con la dosis doble de sedantes lo he dejado encima de la cómoda.
Clac, clac, clac. A veces golpea mi puert con una cachaba de madera, pero casi siempre prefiere sus puños porque pegan más fuerte o retumban más en mi cabeza. Y si no abro a la segunda, insiste a dos manos, una con el bastón y la otra con sus nudillos huesudos.
- ¡Mariana, abre, que ya tengo los nervios bastante destrozados!
Y Mariana no responde, porque mamá sabe que detesto ese nombre desde antes de nacer, porque seguro que me lo puso porque yo lo odiaba y es la única que me grita ¡Mariana!, una y otra vez, ¡Mariana!, con el mismo timbre de voz a las tres de la tarde que a las cinco de la mañana.
- ¡Mari!- Y otro clac, clac, clac, que ya no sé si son golpes, puñetazos, palmas o bofetadas.
- Aquí tienes, mamá. Pero no te tocaba hasta las cinco - Antes de abrir la puerta, guardo la cuchilla en el bolsillo de mis vaqueros. Ella recoge el vaso con manos temblorosas.
- Sabe raro.- masculla con las encías, porque se niega a colocarse una dentadura postiza en condiciones.
- Que no, mamá, que son los de siempre. Se te está atrofiando el paladar con los años.
- ¡Qué años, malcriada! Delante de tu padre no me contestas así. Te falta tiempo para bajar la cabecita y mirar al suelo con tu cara de niña buena, y luego tratas a tu madre como a un trapo.
- A cada uno lo que se merece.- contesto gélida, más que eso, congelada. Tú también le pones ojitos de cordero degollado en cuanto entra por la puerta, que a mí ni me miráis a la cara cuando estáis juntos.
Porque todas las tardes es igual. Mi padre vuelve de la oficina y se frota preocupado su bigote gris cuando ella le dice que ha pasado un mal día sin dejar de mirarme. Entonces, hunde sus dedos en la melena blanca de mamá para consolarla. Luego le acaricia las manos como si fueran de cristal y se lamenta una y otra vez de que esté enferma. Será porque ahora ya no pueden encerrarse como cuando yo era niña. Entonces, solía pegar el oído para escuchar las risas y los ruidos que se colaban desde el otro lado de la puerta.
Conmigo mi padre habla aparte, solo cuando ella está dormida. Cuando me escondo en sus brazos anchos y respiro su olor a Barón Dandy, olvido que vivo con una loca huesuda y sin dientes adicta a los somníferos. A veces, mi padre también me toca el pelo, pero solo por encima, como si me peinara. En cambio, cuando lo hace con mamá, su mano desaparece bajo su cabellera rala.
- Mari, solo hasta que me jubile.- me recuerda una y otra vez. – Después yo la cuidaré y tú podrás irte de aquí.
- Pero, ¿adónde iba a ir yo sin ti?- le digo siempre con la mirada.
Mamá me saca de mis pensamientos. S ríe como una hiena y apura el vaso con la lengua, la dosis doble de sedantes no tardará en hacer efecto. No sé porque me he tomado tantas molestias. Con lo aprensiva que es, habría bastado con darle un vaso de agua y decirle que lleva somníferos disueltos para hacerla dormir. Y callar. Pero un día especial como hoy, bien merece todos los honores. Arroja el vaso a la moqueta cuando termina de beber.
- Mariana, recógelo, que se me ha caído. Tu padre está a punto de llegar y no querrás que encuentre un vaso en medio del pasillo, ¿no?- otra vez esa risilla floja, traicionera pero cada vez más floja, más leve, dentro de nada no se reirá ni en sueños.
Llevo la mano al bolsillo de los vaqueros y compruebo que la cuchilla sigue ahí. Después, me agacho para recuperar el cristal. Cuando estoy en el suelo, mamá me da unas palmaditas en la espalda con los nudillos. Se me clavan como puñales.
- Tranquila, yo me ocupo.- le aseguro.
En un par de pasos me desprendo de las garras y llego a la cocina, rumbo al fregadero para enjabonar y aclarar, aclarar y enjabonar, enjabonar y aclarar el vaso de los sedantes antes de meterlo en el lavavajillas. Limpio como una patena, ni a una marmota dormiría ya. Los ronquidos de mamá empiezan a sonar en el tercer enjuague, persistentes, cada vez más largos, más propios de una leona que de una mujer impedida.
La encuentro a medio camino entre los dormitorios y la cocina con la cabeza muerta, ladeada contra el mango de la silla. La lengua a medio asomar entre unos labios entreabiertos, brillantes de saliva. Sí que te quiere papá, sí. Ahora soy yo la que palmea sus omóplatos, su columna, sin carne, casi sin piel. En media horita le tienes aquí, mamá.
Empujo la silla hasta su cuarto, ahora soy yo la que ríe como una hiena. Ahí está bien, sí, al pie de la cama que será mía a partir de hoy. Hoy no la cogeré en brazos para meterla dentro. Sus uñas de bruja no se hundirán en mis hombros. Solo es pellejo y huesos, pero pesa como una condenada.
Rescato la cuchilla del fondo de mis vaqueros y me acerco a mamá. Hasta dormida parece que aprieta los puños, lista para atacar. A lo mejor se despierta en cualquier momento. A lo mejor, debería comprobar lo profundamente dormida que está antes de empezar. Despacio, acerco la cuchilla a sus nudillos. Dejo que resbale entre el corazón y el anular, el anular y el meñique. Luego, la paseo un por el pulgar, el índice. Se le tiñen los dedos de rojo, pero no sangra mucho. No hay de dónde sacar en estas venas viejas. No pasará lo mismo con las mías.
Miro el reloj. Papá está a punto de llegar. Tengo el tiempo justo para meterme en la cama de sábanas desgastadas y dejar caer la cuchilla por mi muñeca. Basta con un par de cortes horizontales. Un dolor agudo me atraviesa la mano. Ahora yo soy la hiena, la leona, mamá. La de las caricias en el pelo y el Barón Dandy. La sangre se desliza por las sábanas, o eso creo, porque la vista se me empieza a nublar. Con la mano buena, coloco la cuchilla entre los nudillos cortados de mamá. Ella sigue inmóvil cuando escucho el sonido de la puerta de la calle.
SOBRE ESTE RELATO
- Pues llevaba unos días analizando la posibilidad de escribir un relatillo más amoroso de lo que acostumbro, pero se me ocurrió esta idea y me pareció que tenía más gancho.
- Se basa en el célebre complejo de Electra.
- Responde a la propuesta de la semana pasada, que consistía en escribir un principio (un buen principio) de cuatro líneas. Este tiene cuatro y media, aunque estas no presentan todo conflicto del relato. Para ello, he necesitado la otra línea y media más que compone el primer párrafo.
- Me toca leerlo la semana que viene, a ver qué tal...
- Otra vez estoy parca en comentarios, ¿por qué será?

5 comentarios:
Siento comunicarte que no es un buen principio. Corrígela. La primera frase es demasiado larga. Además aportas demasiados datos. Simplifica. Aparte de una rima consonante: rincones y conversaciones.
Abusando de la confianza, mira cómo queda tu texto con unos pequeños cambios
"Mamá llama a la puerta de mi habitación. Seguro que está sentada en su silla de ruedas. He oído como rechinaba. A Mamá le gusta esconderse por los rincones y escuchar cómo hablamos por teléfono los demás. Salvo cuando se siente enferma y decide que esperará a mi padre, “sí, tu padre sí que es una bellísima persona”. Entonces se tumba en una cama con sábanas deshilachadas y olor a medicinas. Todavía tengo la cuchilla en la mano. El vaso con la dosis doble de sedantes lo he dejado encima de la cómoda."
Ya lo sé, pero es que había que escribir una primera frase de cuatro líneas. Para una vez que cumplo la propuesta...
Anda que... pobre Doña Miriam! :D
Me ha recordado un poco a Cortázar y su Casa Tomada. Una atmósfera muy lograda.
Ja,ja!!! Cualquier parecido con la realidad siempre es puura coincidencia :D
Cuando lo leí, mi profe dijo (después de darme unas cuantas recomendaciones para mejorarlo): Arancha, un relato simplemente atroz...
Yo creo que en mi clase se piensan que soy un poco psicópata :d
Sí, estoy de acuerdo con Juan, creo que las frases cortas son, en general, mejores.
Como en todos tus relatos, tienes una atmósfera muy conseguida. Como en muchos, no acabo de enterarme de lo que pasa al final.
No es malo ser psicópata, siempre que sea en plan platónico.
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