Una palabra vale más que mil imágenes

sábado 27 de junio de 2009

¿Y ahora?


Hoy me voy a dar el lujo de ponerme cursi. Sí, voy a dejar a un lado las tendencias homicidas, las venganzas dignas de Edmond Dantés y los alter ego psicópatas (ACLARACIÓN: Todo esto es a nivel literario, nadie piense que estoy loca). Y lo repito. Voy a ser cursi y sincera: me da mucha, mucha pena que se acabe el taller. La verdad es que con el jaleo de los últimos meses, las clases me han ayudado a tener la mente ocupada. Es muy útil imaginar escenas eróticas o clínicas-residencia de psicópatas para esquivar los vaivenes de la rutina diaria.

Pero no es solo eso, es romper con la realidad y meterte durante unas pocas horas en la cabeza de un guerrero acróbata o un niño que piensa que hay un monstruo debajo del armario. Y así, desaparecer, ser la nada, estar encerrado en el mismo cuarto de siempre sin verlo. Porque en esos instantes, todo lo que hay alrededor se convierte en una aldea poblada de hombres lobo o un barco pirata.

¿Y ahora? Ahora toca vencer la desidia de encender la TV o leer algo ligerito antes que echarle imaginación y empezar a escribir. Lo que muchos llaman disciplina y que, paradójicamente, es imprescindible para cultivar la creatividad. Aunque, la verdad es que este año me ha costado mucho menos escribir. Ha habido bastantes momentos de bloqueo (algunos han durado hasta semanas) pero aunque parecen eternos al final siempre son pasajeros. Y otra vez, las palabras fluyen y las ideas aparecen de la nada.

Esta vez ha sido más fácil encender el portátil aún en esas semanas en las que no podía ir a clase, con lo cual he logrado ‘independizarme’ un poco y no escribir únicamente ‘para hacer los deberes’. Y, lo que más me ha gustado ha sido que en muchas ocasiones (cada vez más) han surgido ideas en mi cabeza que me impulsaban a sentarme a escribir, a contar una historia, aunque solo fuera para este blog o incluso solo para mí.

Por eso, aunque me imagino que en estos tres meses no escribiré ni la mitad que durante el curso, espero ¿un relato al mes? ¿o cada dos semanas? Igual poquito, sí, pero lento y seguro, que sirva para no perder el tino, que luego no hay quien lo recupere.

¿Y el año que viene? Por desgracia, depende en gran medida del jodido trabajo, pero es que hay que vivir, que nosotros aspiramos a ser escritores famosos de esos que venden bestseller en tapas duras y reediciones en bolsillo, nada de poetas malditos que mendigan en los cafés baratos, ¿ein? Pero espero, y digo ESPERO plenamente convencida, poder seguir. Y si no, siempre hay alternativas como el curso de los frikis, que escriben cuentos fantásticos los viernes de 20 a 22 horas o el ‘Mientras escribo’ de los sábados, que de ese si que no me escapo por motivos laborales.

Y si no, me reapuntaré al curso de Relato Breve si continúan las novelas de Corín Tellado de Ana, los cuentos erótico-macarras de Pepa, la pasión por los sabores de Noelia, las historias de amor nómadas de Esperanza, los personajes sin nombre que tan bien reflejan las pasiones humanas de Laura, los cortos cinematográfico-literarios de Elías, la parada de los monstruos de Javi y los ‘Cuentos de la Fortaleza’ de Juan (eso sin olvidarme de la voz suave y templada de Magdalena).

Y ya me callo, que me entra el dramatismo y la pena y no puede ser :D

Besos a todos!!

PD (En la imagen, las vistas de la terraza de Ana).

Nombres, Caras



LaraLaraLarita tiene un problema, nunca se acuerda del nombre de nadie. Hace todo lo que puede, pero no hay manera. Y no es por falta de atención, porque LaraLaraLarita no es de esas personas que se cruzan contigo por la calle y no se quedan con tu cara. Ella jamás olvida una cara. Sobre todo la de Compañero De Trabajo Que Tanto Le Gusta. Nunca ha hablado con él, pero podría estar horas mirándole. Eso sí, no le preguntes como se llama porque se lo inventará sobre la marcha.

Y lo mismo le pasa con Panadero De Mandil Blanco Que Vende Palmeras De Chocolate o Profesor De Mates Que Le Enseñó A Hacer Raíces Cuadradas. Con tanta perífrasis, a la pobre le dan ataques de agobio muy a menudo.

Como el que le entró esta mañana cuando Compañera Que Siempre Se Entera De Todo le contó que Jefe Que Obliga A La Gente A Ir Al Baile había organizado uno de esos bailes de Blancos y Negros para que todos los empleados se conocieran mejor.

Cuando LaraLaraLarita supo la noticia corrió a encargarle a Modista Del Barrio Amiga De La Familia un vestido precioso. Tan precioso o más que la vida misma porque no era ni blanco ni negro, ni siquiera gris, que siempre le había parecido un color sombrío. Su vestido era mitad blanco mitad negro, ceñido en la cadera y largo hasta los tobillos.

Tanto que casi se lo pisa al entrar al Hotel Del Baile De Blancos Y Negros. Se le va la mirada buscando a Compañero De Trabajo Que Tanto Le Gusta. Sin embargo, la primera persona conocida con la que se cruza es Compañera Que Siempre Se Entera De Todo. LaraLaraLarita se coloca el vestido y se acerca muy digna a hablar con ella:

- ¿Alguna novedad, Compañera Que Siempre Se Entera De Todo?

- Pues, poca cosa.- le contesta ella.

Pero al momento agarra a LaraLaraLarita del brazo, le tapa la oreja con la mano y empieza a cuchichear. LaraLaraLarita asiente todo el rato, aunque no le resulta fácil asimilar tanta información en tan poco tiempo.

Es que, verdaderamente, Compañera Que Siempre Se Entera De Todo siempre se entera de todo: que Chica Que Se Sienta En El Ordenador De Al Lado De LaraLaraLarita no ha podido venir porque su madre estaba enferma, que Chico Del Departamento De Recursos Humanos ni se lo ha planteado porque en realidad no le gusta la gente, que Compañero De Trabajo Que Tanto Le Gusta también estuvo a punto de quedarse en casa a causa de su problema...

- ¡Un momento! ¿Qué problema?- exclama al instante LaraLaraLarita.

- ¡Ah! Eso no te lo puedo decir.

- ¿Cómo qué no? Si tú siempre te enteras de todo.

- No he dicho que no lo sepa. He dicho que no te lo voy a contar.- responde muy ufana Compañera Que Siempre Se Entera De Todo.- Tienes que descubrirlo tú misma.- concluye. Y se larga misteriosa.

- ¡Vale, Chica Que No Comparte Los Secretos! No te preocupes, que ya me enteraré yo sola.- le grita LaraLaraLarita.

Y así, empieza a pasear por el salón de baile con la mitad blanca y la mitad negra que forman su vestido en pos de Compañero De Trabajo Que Tanto Le Gusta. En la pista, hay un montón de parejas que se mueven al ritmo de música electrónica.

Las mesas de comida también están abarrotadas, por allí andan Chica Que Se Ha Manchado El Vestido De Ponche, Chico Que Necesita Empapar El Alcohol En Algo De Comida Para No Emborracharse y - ¡Ay, madre!- Jefe Que Obliga A La Gente A Ir Al Baile. LaraLaraLarita se da la vuelta sobre sus pasos y huye de allí en una carrera blanca y negra que acaba en una terraza que se esconde detrás de una cortina.

LaraLaraLarita suspira cansada de estar en medio de tanto desconocido, de toparse con Jefe Que Obliga A La Gente A Ir Al Baile, harta de que Compañero De Trabajo Que Tanto Le Gusta no aparezca por ningún sitio. Se sienta en una sillita de jardín, apoya los codos en la mesa y se recuesta unos segundos. Quizá es mejor así, reflexiona. Al fin y al cabo, aunque le conociera, no podría recordar su nombre. Cierra los ojos unos instantes y cuando vuelve a abrirlos se encuentra de frente con su cara:

- ¿Tú eres LaraLaraLarita, no?- pregunta Compañero De Trabajo Que Tanto Le Gusta.

LaraLaraLarita le contesta casi con un grito. -¡Sí! Y tú eres Compañero de Trabajo Que... ese compañero que tanto...

- No te preocupes, no hace falta que disimules. No sabes quién soy.- Compañero De Trabajo Que Tanto Le Gusta se encoge de hombros.

- No, no es eso, es que no puedo recordarlo.

- Lo entiendo, a la gente suele pasarle. Me lo merezco por ser así.

- ¿Así como?- pregunta más que intrigada.

- Y no es mi culpa, ¿eh? De verdad que no puedo evitarlo.

- Pero, ¿qué es lo que te pasa?- LaraLaraLarita se teme lo peor.

- Es que no puedo recordar ninguna cara. No me quedo con ellas, eso es todo.- reconoce Chico Que No Puede Recordar Ninguna Cara.

- Pero, ¿cómo es posible?

- Pues, chica, ya ves. Intento memorizar detalladamente cada rasgo, pero es que en el fondo, todas me parecen iguales.

- Entonces, ¿cómo es que te has acordado de la mía?- dice LaraLaraLarita con un hilo de voz.

- Es que la tuya es distinta.- contesta Chico Que No Puede Recordar Ninguna Cara. Y al momento, se pone colorado hasta las orejas. El rostro de LaraLaraLarita también echa a arder.

- Pues yo podría ayudarte, ¿sabes?- aventura. – Es muy fácil, solo tienes que mirar fijamente los ojos de cada persona. Así.- La mirada de LaraLaraLarita se fija en la de Chico Que No Puede Recordar Ninguna Cara Y Que No Deja De Contemplar A LaraLaraLarita. - ¿Lo ves?- dice ella azorada. – Ese es el truco para que nunca se te olviden.

- A lo mejor tengo que practicar más.- señala Chico Que No Puede Recordar Ninguna Cara Y Que No Deja De Contemplar A LaraLaraLarita. – Si pudieras mirarme un rato seguro que cogería mucha práctica.- le sugiere, pero LaraLaraLarita gira la cabeza avergonzada.

- Si está chupado. Lo difícil son los nombres.- dice ella.

- ¡Qué va! Yo nunca olvido un nombre.

Y así, coge a LaraLaraLarita de la mano y ambos se cuelan detrás de la cortina.

- Ya verás. Mira, ese es el señor García. Por eso la empresa se llama García y Asociados. – le dice mientras señala a Jefe Que Obliga A La Gente A Ir Al Baile.- Y esa se llama Carolina, ¿no ves que lleva un colgante con su nombre?- le cuenta.

Y LaraLaraLarita comprueba que del cuello de Chica Que Se Ha Manchado El Vestido De Ponche cuelga una cadena de oro. - ¿Y el de Compañera Que Siempre Se Entera De Todo?- le pregunta ya por curiosidad.

- Eso deberías preguntárselo tú misma, ¿no crees?

- Bueno, es cierto. Oye y ¿cómo lo haces? Porque yo nunca me acuerdo de los nombres.

- Me resulta muy sencillo porque a cada persona siempre le pega el suyo. Cuando me presentan a alguien solo tengo que repetirlo mentalmente dos o tres veces para aprenderlo.

- Fascinante.- responde LaraLaraLarita. - ¿Tú crees que yo podría aprender?

- Claro. Te enseñaré a memorizar los nombres a cambio de que me ayudes a recordar las caras.

- Aunque voy a necesitar mucha práctica.- dice LaraLaraLarita con la mirada en el suelo y el rostro encendido.

- Podemos ensayar mientras te llevo a casa.- Chico Que No Puede Recordar Ninguna Cara Y Que No Deja De Contemplar A LaraLaraLarita le tiende su mano a la chica.

- Oye, por cierto, ¿Y tú cómo te llamas?- contesta la chica agarrándole bien fuerte.


SOBRE ESTE RELATO

  • Un relato sobre la pareja perfecta o un amor imposible, según se quiera mirar.
  • Y, sobre todo, un cuento para Laura, que se lo debíamos del otro día.
  • Como en el resto de las historias su 'yo literario' quedaba soltero, a mí me hacía ilusión buscarle un novio de estos simpáticos que te puedes llevar a cualquier sitio :D.
  • Responde a uno de los mitos de 'La semilla inmortal', de Jordi Balló y Xavier Pérez. AL fin y al cabo es el cuento de Cenicienta contado con otras palabras.
  • Por eso tiene un cierto tono infantil. Cosa rara dado que llevaba unas dos semanas leyendo los relatos eróticos de Anaïs Nin. Aunque un poco pueriles sí que son, la verdad sea dicha.
  • Justo ayer empecé 'Coraline', de Neil Gaiman, que podría encajar un poco más. He leído que este libro se engloba dentro del género 'infantil-siniestro'. Hasta ayer yo no tenía ni idea de lo que era esto, pero se lo han copiado a Tim Burton, seguro.
  • Con este texto termina lo fácil (ejem, por llamarlo de alguna manera) y empieza lo difícil: escribir sola. Es muy complicado cuando no hay presión.

sábado 20 de junio de 2009

Dentro de una canción (Por Elías Fernández )




El ruido de las fotocopias inundaba su cabeza. Antes lo hacían guitarras que trepaban su espina dorsal hasta el infinito como manadas de gacelas que trotan por la sabana. Sin embargo, ahora no quedaba rastro de las guitarras. Y el ruido de la oficina resultaba un mar ruidoso compuesto por los bostezos de la mañana y remezclado con las exigencias del subnormal de turno que rondase su mesa de trabajo.

Decidió aprovechar un descuido de su jefa para imprimir el último relato que había escrito. En realidad dentro de su carpeta tenía cientos de ellos pero aquella mañana se había sentido especialmente inspirada ante la rabia que en ella se había despertado. Había dentro miles de páginas sobre superhéroes malditos, bandidos disfrazados de payasos y serpientes hambrientas…

Entonces, lo descubrió. Su compañero fisgoneando todo lo que salía por la impresora. En ese momento le hubiese encantado emular a La Mamba Negra o a cualquier otra heroína tarantiniana y empezar a rebanar cabezas a golpe de katana. Le arrebató el escrito de un tirón y, furiosa, marchó rápida hasta el cuarto de baño.

Abrió el grifo y permaneció unos segundos delante del espejo contando mentalmente hasta diez. Pensó en que lo suyo hubiera sido haber hecho algo épico en ese momento, algo realmente valiente.

Justo entonces fue cuando de entre las sombras del cuarto de baño apareció él:

- Si ya no puede ir peor… Haz un último esfuerzo. Espera que sople el viento a favor.

Los dos se miraron a través del espejo y solo entonces dejó de escuchar en su cabeza el eco de las máquinas de la oficina. En solo un segundo comprendió que aún quedaba una forma de ser libres. Dentro de una canción.


SOBRE ESTE RELATO

  • Esta semana, que era la última que coincidíamos todos, organizamos una super clase-cena-copas en casa de Ana en la que nos echamos unas buenas risas. Y, como era un día especial, cada uno tenía que escribirle un relato al compañero que le tocara al azar. Una especie de 'amigo invisible literario'.
  • A mí me escribió este cuento Elías y me ha gustado tanto que tenía que colgarlo.
  • Me partí de la risa cuando lo leyó, una imagen un poco violenta, ¿¿no?? ¡¡Como mola!!
  • A partir de ahora, ¡todos los días voy a hacer algo épico! Creo que si todos nos propusiéramos eso cada mañana, el día a día sería más divertido :D. La frase hace referencia al mini discurso que dio Tarantino cuando recogió el único Óscar (creo que de seis nominaciones más) que se llevó la peli.
  • Por supuesto, en la imagen, la Mamba Negra. Creo que todos somos un poco ella, ¿quién no se ha vengado alguna vez? (o al menos lo ha deseado...)
  • Para que sea todo perfecto, luego le engancho otra foto de "él", alias Enrique Bunbury, Eric Zumpf o el gran autor de "El viento a favor".

Ana, Julio y Gaspar




El 5 de enero, exactamente a las 23:50, Ana y Julio se escondieron debajo de la mesa para pillar ‘in fraganti’ a los Sus Majestades los Reyes de Oriente. Este año Ana no sabe qué pedir. Ha hecho carta, sí, una conjunta con Julio, su marido. Como todos los años han pedido unos cuantos geranios, música ambiental y muchos huesos para Aisha, su perra. Pero a la hora de hacer la suya propia se ha quedado sin ideas. A lo mejor es porque, últimamente, parece que a Ana le falta algo. Antes, escribía sus pensamientos en un cuadernito de espiral para ordenar sus deseos, pero hace muchos meses que no encuentra tiempo para pararse a pensar.

Y, es que, a las 23:55 Ana todavía no sabe qué le dirá a Gaspar, que siempre ha sido su rey predilecto, por eso de que parece el mediano de los magos. Siempre en medio, Melchor, Gaspar y Baltasar, entre el viejo veterano y el favorito de los niños. Hoy por fin conocerá a su predilecto. Julio y ella llevan mucho tiempo deseándolo.

- De estas Navidades no pasa, que ya somos lo suficientemente maduros como para decirles nuestros deseos cara a cara.- se planta Ana en la cena de Nochebuena.- Nada de cartas impersonales ni de correos electrónicos, que a mí nunca me llegan las respuestas.

- Pues habrá que planearlo bien.- responde Julio resignado, sabe que cuando a Ana se le mete una cosa en la cabeza ya no hay forma de que salga de ahí.- Porque sus Majestades son muy astutas y no se andan con chiquitas.

Pero Ana sabe que aunque Julio se haga el duro le hace tanta ilusión ver a los Reyes Magos como a ella. Se lo pasaron pipa urdiendo el plan. Una mesa abarrotada de pastas de té y galletas de jengibre para acompañar los tres vasos de leche con Nesquik. Uno de los platos de Aisha lleno de agua para los camellos. Y ¡paf! Ana y Julio agazapados bajo los faldones listos para dar un buen susto a Sus Majestades cuando estén en pleno festín.

Ana está cada vez más nerviosa, ya son las 23:57, ríe entre dientes y aprieta su mejilla contra la de Julio. Se siente niña otra vez. Pero el caso es que sigue sin saber qué quiere. Ya son tantas Navidades venga a pedir y a pedir que al final lo mismo se queda muda delante de las barbas pelirrojas de Gaspar. A lo mejor es que, como siempre me lo traen todo, ya no tengo más que desear, reflexiona. Con Julio, Aisha, diez hermanos, la casa y el trabajo es que no tengo ni un hueco para decidir qué quiero, piensa Y es que otras veces, siempre ha sido así.


Queridos Reyes Magos: Este año quiero que el proyecto salga bien para que el jefe se relaje un poco, que con tanta reunión no podemos ni respirar.

O... A Sus Majestades de Oriente:
Esta vez, solo quiero que a mi hermano le salgan bien las cosas, que ahora dice que quiere ayudar a la gente y se mete a sacerdote. ¡Mira tú quién lo iba a decir!

Y otra vez: Carta especialmente dedicada a mi colega Gaspar:
Esto que quede solo entre tú y yo, pero últimamente pienso mucho en mamá y me apetecería leerme alguno de esos folletines de Corín Tellado que siempre me prestaba. Tú ya conoces mi biblioteca, ¿sabes si me falta alguno?

Y así toda una vida, hasta que de pronto, llegaron las Navidades del 2009 y Ana se encontró abrazada a su chico debajo de una mesa sin saber que pedirle a la vida. Tiiiiiiii, tiiiiiiii. El reloj digital de Julio da las 12 en punto de la noche. Ya es 6 de enero y mientras la alarma se cansa de sonar, la puerta del salón se abre sigilosa.

Ana acerca la mano al faldón de la mesa, mira a Julio y ambos asienten. No necesitan hablar para entenderse y ninguno de los dos resiste a la tentación de levantar un poquito la tela. Ambos se preguntan qué aspecto tendrán unas auténticas babuchas de rey mago.

- La verdad es que son muy orientales.- susurra Ana al oído de su marido.

- Y qué bonitos los bordados de oro y esa puntita respingona.- contesta Julio.

- ¡De jengibre, mis favoritas! - grita de pronto Gaspar. Y en un pis pas, una lluvia de migas de galleta se extiende por la seda roja de los zapatos reales. – Y tres raciones, y todo, como si la gente no supiera que nos repartimos las casas para ganar tiempo.

- ¿Oye, tú sabías que los Reyes Magos hablan solos?- pregunta Julio con un hilo de voz.

- Yo no, pero me encanta que le guste el tentempié.- contesta ella con una sonrisa de satisfacción.

- Y encima Nesquik, no Cola Cao de ese malo que hace grumos.- comentan las babuchas bermellón. – Por eso siempre me pido venir a casa de Ana, es la mejor anfitriona.- afirma Su Majestad.

Una lagrimita de felicidad se desliza por el carrillo izquierdo de la mujer. Julio la mira expectante.

- Bueno, ¿qué? ¿Nos lanzamos ya?- pregunta con la mano de su esposa entre las suyas.

- ¡AHORAAAAAAA!- grita ella a pleno pulmón.

Y haciendo acopio de todas sus fuerzas Ana y Julio levantan el faldón de la mesa y salen a la superficie de un salto. Gaspar les mira petrificado con la comisura de los labios manchada de chocolate y la túnica llena de jengibre.

- ¡Es que tengo que coger fuerzas para la noche!- acierta a excusarse con la boca llena.

- Hombre, claro. De esta casa no se va nadie con el estómago vacío.- le contesta Ana, aunque por culpa de los nervios le tiembla un poco la voz.

- Pero no lo sabes tú bien, amigo. No tiene rivales con el taboulé y la tortilla de patata.- continúa Julio, que agarra por el hombro a Gaspar, como si le conociera de toda la vida. – Pero lo que mejor se le da es la cocina de la escritura.- puntualiza. – Porque ella es escritora, ¿sabes?

- Cómo no lo voy a saber, si yo lo sé todo. Su regalo de este año tiene mucho que ver con eso.

Ana les observa hablar. Gira la cabeza de uno a otro, como en un partido de tenis, incapaz de articular palabra.

- Oye, oye, que estoy aquí, ¿eh? No habléis de mí como si nada. Y ¿cuál es ese regalo? Porque yo este año no me he pedido nada.

Gaspar se sacude las migas, se aclara la voz y se pone serio, muy serio, tan solemne como solo podría ponerse un rey venido del Lejano Oriente. Saca de entre los pliegues de su túnica una pequeña caja roja y dorada, a juego con los zapatos.

- Es que ese es precisamente tu regalo, la nada, el vacío. Este objeto representa todo tu tiempo y está listo para llenarse de cosas nuevas.- dice tendiéndole la caja. Ana la abre confundida.

- Es verdad.- dice. - No hay nada.

- Ahora tienes que meter dentro todas las cosas que te hacen feliz. Y no tiene fondo, le caben todos los cuentos que salgan de tu imaginación, mil paseos con Aisha, ramos de geranios y cenas infinitas con Julio.

- Y ahora ¿qué haremos con todo ese tiempo?- le pregunta Ana a su marido.- Hay tanto por elegir que a lo mejor me quedo parada tratando de escoger.

- No pasa nada.- responde Julio acariciándole el pelo.- Tú coge carrerilla el tiempo que necesites y al final encontrarás un compartimento para cada cosa.

- Recuerda que el tiempo es tuyo.- repite Gaspar.- La caja no tiene fecha de caducidad.

Ana se frota la barbilla pensativa. Al fin y al cabo, tiempo es lo que nunca tuve, reflexiona. Tiempo para Julio, para escribir, para cocinar. Tiempo para mí. Ana coge de la mano a Julio, que mira fijamente los pliegues de la túnica de Gaspar.

- ¿Y mi regalo?- se lanza a preguntar su marido. Y en éstas, el mago rebusca en los bolsillos de su traje y encuentra una caja igual que la de Ana pero de color verde brillante. Antes de que nadie se la ofrezca, Julio se la arrebata de las manos al rey para inspeccionar su interior.

- Hay tantas cosas que me apetece que hagamos. Mira este es el compartimento de los fines de semana. Aquí nos caben todas las visitas familiares.- le propone a su mujer.

- Y en este grande podemos meter los paseos diarios por el parque. - contesta ella mirando su caja.

- Tampoco te vayas a olvidar del taboulé, que se puede guardar en cualquier recoveco porque no se tarda nada en hacer. Hoy, por ejemplo.- a Julio le entra hambre con solo imaginárselo.


Pero Ana no puede pensar en comida ahora, acaba de encontrar un departamento muy pequeñito en la esquina izquierda de su caja. Tiene forma de rectángulo y está forrado de terciopelo rojo. Este es perfecto para escribir, se dice. Lo acaricia con sus dedos, cierra los ojos y empieza a imaginar todos los cuentos que guardará dentro. Gaspar la mira orgulloso, se acerca a ella en un descuido y le susurra:

- No le digas que te lo he dicho, pero Julio te ha comprado un cuaderno nuevo de espiral como regalo de Reyes.


SOBRE ESTE RELATO

  • Este va para Ana, la super anfitriona, con todo mi cariño :D
  • Y estos somos nosotros en la cena de fin de curso. Estas grandes promesas de la literatura contemporánea...
  • Para darle a este cuento el tono adecuado, utilicé la B.S.O. de la versión de Charlie y la fábrica de chocolate de Tim Burton.

No todos los hombres son como Erik Zumpf




Enrique me despide como todos los días. Con un beso de labios cerrados en la boca. Con preámbulos que nunca llegan a nada. Con manos sudorosas y miradas largas, de esas que duran tanto tiempo sin hablar que ya no sabes ni qué cara poner. No sabe lo del concierto. Le dije la misma mentira que a mamá, que me quedaba a dormir en casa de Elena, que era la noche de las chicas. Y tanto que lo iba a ser. Después de ocho horas de cola en la puerta de las tiendas Tipo tenía que salir bien. Esta noche, queremos llevarnos puestas todas las gotas de sudor de Erik Zumpf.

En cuanto Enrique decide otra vez que no está preparado para enrrollarse conmigo subo las escaleras de casa de tres en tres y me cambio los vaqueros por una minifalda con los bajos descosidos, unas sandalias de tacón con tachuelas en los tobillos, un sujetador negro con relleno y una camiseta blanca de licra. Toda la ropa que él no soporta que lleve. No necesitas ir tan corta para que se note que tienes las piernas bonitas. A ver si te van a decir algo cuando no esté yo para defenderte. Cree que con todas esas retahílas se me va a olvidar que todavía no ha tenido valor para subir a casa cuando papá y mamá se van de fin de semana.

Mientras termino de hacerme la raya de los ojos suena la llamada perdida de Elena. Die Hassliebe, el mejor single del último disco de Zumpf y el politono más chulo de la hisotira. Meto el pintalabios rojo en el bolso y salgo corriendo. Casi tropiezo con los tacones por los nervios de ver a Erik en persona. Elena lleva unos pantalones rotos y un top muy corto para que se le vea el piercing del ombligo. No tardamos nada en llegar, pero la espera es interminable. Casi tres horas bajo la carpa de las Ventas delante de un buen montón de fans impacientes.

- Ojalá Enrique fuera tan apasionado como Erik.- suspiro cuando están a punto de abrirse las puertas. – Me mira como si fuera de cristal y casi no se atreve ni a tocarme.

- Todavía no habéis...- pregunta Elena haciendo un gesto significativo con la mano.

- No hija, no, a este paso llegaré virgen a los diecisiete. – digo. – Si casi no mueve la boca cuando me da un beso.

- Pues él se lo pierde, tía.

Elena me agarra fuerte del brazo y el tiempo se detiene. No cabe ni un alma en las Ventas. Mi amiga se cuela a golpe de codazos entre recovecos de minis de cerveza que nos manchan la ropa, tíos tres cabezas más altos que nosotras y chicas con tan poca ropa que nos empapan con el sudor de su piel.

Erik Zumpf sale al escenario entre luces verdes y un humo del que nubla la mente. Botas camperas y vaqueros negros, muy, muy ceñidos. Lleva chupa pero se le ha pasado ponerse la camiseta de debajo. Atraviesa la niebla y agarra el micrófono como un dios. Empieza a cantar con voz grave, desgarrada. Estira las manos como si pudiera tocarnos.

Después se coloca el micro en la cintura y se agacha para mirar a su público. Pero lo único que yo veo es el enorme bulto que se marca en sus pantalones. Zumpf se pone en pie, se quita la cazadora y coloca los brazos en cruz. Elena me aprieta la mano.

- Tía, que va a hacerlo.- creo que me grita, porque el ruido de las guitarras es ensordecedor.
Las luces se apagan, un redoble de batería y un chillido agudo se extiende por las Ventas. Zumpf se ha arrojado del escenario. Extiendo el brazo para intentar tocarle en medio de la avalancha, pero está lejos, muy lejos.

Elena me grita, tira de mi mano, pero ya no la alcanzo, la masa se interpone entre nosotras. Y a él, ni le veo. En el centro de la arena se ve un bulto oscuro. La multitud le aclama, pero yo no llego a tocarle. Ni siquiera le grito, solo quiero saber dónde está Elena, por qué el capullo de mi novio detesta los conciertos y qué coño hacen esos dos seguretas que me apartan de un codazo contra un mini de cerveza.

Los hombres rodean a Zumpf, un dios que ahora tiene que agarrarse a dos armarios de cuatro puertas para mantenerse en pie, que todavía lleva el micro dentro de los pantalones. El humo lo cubre y los guardias se esfuman. Zumpf coge su chupa de cuero, presenta a su banda a gritos entre el alemán y el castellano y hace una reverencia.

El espectáculo llega a su fin. Pero antes, Erik, el dios, el cantante, el colgado, el Hassliebe, se dirige a un segureta que resurge de la oscuridad y le susurra algo al oído. Luego señala tres puntos estratégicos del escenario. Uno de ellos se acerca bastante a mi posición. Otra reverencia, dos golpes de pecho, a la altura de corazón, os quiero, parece que fuera a decir. Un par de gracias con acento alemán, varios Danke schön.

Y se hace la luz en las Ventas. Las puertas se abren al fondo de la arena y la gente abuchea la falta de bises. En los laterales hay pequeñas salidas de emergencia. Me escabullo por una de ellas y saco el móvil para llamar a Elena. No hay cobertura. La llamo a gritos, cuando un guardia de seguridad me agarra fuerte del brazo.

- Es usted muy afortunada, el señor Zumpf la ha elegido para visitar su camerino.- dice él con su acento alemán. Sí, claro, y luego me llevará a casa en limusina. – El artista es muy selectivo con este tipo de, ejem, visitas así que tenga cuidado de no contradecirle.

Y me lleva por un pasillo a medio iluminar en el que tampoco hay cobertura. Como me ponga una mano encima otra vez, grito y salgo corriendo todo lo rápido que me permitan mis sandalias de tachuelas. Pero antes de que dé media vuelta, se para delante de una puerta de madera desgastada con una estrella de metal. Gira la llave y me invita a pasar. Dos chicas me cortan el paso antes de que pueda entrar, salen cogidas de la mano, sudorosas. Ocultan una media sonrisa mirando al suelo.

Es cierto, él está al fondo, con los pantalones negros, la cremallera abierta y una bata de seda del mismo color. Se pone en pie. Metro noventa de músculos, pelo sudoroso y restos de maquillaje oscuro bajo sus ojos. El rockero, el artista, la fantasía. Erik justo delante de mí, tendiéndome una mano.

Elena no se lo iba a creer. Y Enrique nunca me lo perdonaría. Ahogué una risa al pensar en él. Esto le pasaba por indeciso, por cobarde. Ojalá supiera dónde estoy. Así aprendería a enfrentarse a las cosas y a comportarse como un hombre. Claro que yo nunca se lo contaría. Por un segundo, me le imaginé de esa guisa, como el cantante, el rebelde. Él que nunca me dejaba en casa más tarde de lo que mandaba mi madre, el que no iba ni a dar un paseo en época de exámenes. Él nunca podría.

Despacio, cojo la mano de Erik. Él toma la mía, la lleva a su cremallera y la aprieta contra el bulto cálido que sale de sus pantalones. Hago presión con mis dedos, empiezo a recorrer su pene suavemente, de arriba abajo. Cada vez se hace más grande. Me paro en la punta, lo acaricio con gestos temblorosos, no sé qué debo hacer, cómo seguir.

Con la otra mano, me desabrocho el botón de la falda, la cremallera, la dejo caer hasta mis tobillos. Erik no habla, ni siquiera me mira a los ojos. – Nein.- es lo único que dice, y lo hace mirando su propio miembro. Sujeta mis manos por las muñecas y vuelve a colocarlas en su pene, me hace frotar con tanta fuerza que parece que va a empezar a arder.

Apoya su brazo en mi hombro y me pone de rodillas en el suelo. Aprieta mi cabeza contra sus pantalones, pero me resisto y le miro. – ¡Aber, aber!- grita cada vez más excitado. Inclino un poco la cabeza. Su pene me mira a la cara más que el propio Zumpf, apenas lamo la punta, con mucho cuidado. Poco a poco se introduce en mi boca y mi lengua lo recorre en círculos concéntricos.

Él jadea cada vez más fuerte. Presiono un poquito con mis dientes y Erik grita tan fuerte como en el escenario.- Aber, aber!- vuelve a decir. No sé qué coño significa eso, solo sé que estoy en el camerino de Erik Zumpf y que cuando se canse de este juego seguro que me hará el amor salvajemente y besará todas las partes de mi cuerpo con los labios abiertos y su lengua de cantante. Los besos con la boca cerrada son para críos.

Mis labios se pasean cada vez más deprisa por su pene erecto, sigo haciendo cosquillas con mis dientes. Hasta que siento un sabor agridulce en el paladar, como unas gotas de leche amarga que se cuelan en mi garganta. Se corre en mi boca con tanta fuerza que me trago todo el esperma. Me aparto de un salto, la boca me sabe mal, me limpio con la mano y se me queda pegajosa.

Zumpf me tumba en el suelo, me arranca las bragas, separa mis rodillas y, todavía goteando, hunde la cabeza en mi vagina. Me hace cosquillas en las piernas con su pelo. Separa los labios con sus dedos y aprieta mi clítorix. Me agito excitada, todo mi cuerpo se remueve de placer cuando empieza a lamerlo lentamente, luego más deprisa, después otra vez lento, hasta que su saliva se mezcla con mi flujo. Nada de besos de mentira, de labios apretados.

Después coge su propio pene y sin alzar la vista para mirarme a los ojos lo introduce en mi vagina. Grito de placer, de dolor, qué sé yo, lo hunde una y otra vez, como un arma de metal que me destroza. Me araña por dentro, dura y rígida. Siento una punzada de dolor y otra. Un líquido espeso se desliza por mis piernas. Intento apartar a Zumpf y compruebo que estoy sangrando.

Le digo que pare, pero él no me entiende, no me escucha. Sigue subiendo y bajando, frotando mi vagina irritada. Cada vez duele más. Le digo que lo deje una y otra vez hasta que clavo mis uñas en su cara y, en un descuido, le aparto con todas mis fuerzas y consigo escabullirme de su abrazo. Aquí no hay labios inmóviles, como los de Enrique, ni besos cerrados. Ni siquiera hay besos, porque el cantante, el rockero, el dios, el colgado no me ha mirado ni una sola vez. Ni siquiera cuando salgo corriendo del camerino sin mirar atrás, con las piernas pegajosas y la falda en la mano.

- Rein?- grita.- ¿Eres virggen?- pero ya ni me ve. Solo se coloca la polla en los pantalones y se atusa el pelo.

Mi primer impulso es llamar a Elena. El segundo, contárselo a Enrique. Al principio se enfadará, pero si me ve llorar me acunará con besos cerrados, casi sin mover los labios. Sin gemidos, sin aspavientos, pero sangre ni dolor. No todos los hombres son como Erik Zumpf.


SOBRE ESTE RELATO

  • Y esto es lo que va a pasar esta noche en el concierto...
  • La verdad es que no lo escribí oyendo a Bunbury. Lo hice entre ratos de silencio combinados con el nuevo CD de Guns'Roses y la banda sonora de La Reina de los Condenados (una peli horrible, por cierto).
  • Fue muy muy divertido escribirlo. De ahí que me tire dos páginas divagando y no entre al trapo hasta la tercera.
  • Enrique y Erik comparten nombre porque representan las dos caras de la moneda. En el término medio está la virtud.
  • En fin, está visto que este no es mi género, pero ya practicaré (escribiendo más relatos, quiero decir :D).

Y MÁS COMENTARIOS (CON RESACA DE CONCIERTO)

  • Anoche, Erik Zumpf salió a cantar con la cremallera del pantalón abierta. A las dos o tres canciones se dio cuenta del problema y le puso solución.
  • Nada más verle me entró la risa pensando en el relato. Es que sonaba muy distinto con la voz de Juan...
  • Tocó 'El viento a favor' (otra vez me entró la risa) y la grabé en vídeo.
  • Mi tobillo aguantó como un campeón, no se quejó ni una vez en toda la noche.
  • Y Bunbury estaba muy, muy.... interesante :D.
  • Y, hablando de esto, el caso es que cuando lo escribí yo pretendía desmitificar al ídolo. Es decir, que la chica se diera cuenta de que el rockero es un capullo y que más le vale irse con su novio el indeciso a ser la puta de un colgado, pero al final, la lívido es la lívido...

martes 16 de junio de 2009

Pues vaya papeleta...


Menuda gracia. Sí, amigos blogueros, dentro de poco me convertiré en la momia de Boris Karloff (a lo mejor debería dedicarle un relato y todo). O quizá no tanto. Lo mismo es que soy tan victimista como la prota de mi anterior relato (aunque a mí que nadie me deje sola, por favor, que me entra el agobio) y lo que realmente me ocurre es que tengo un esguince leve en el tobillo derecho. La parte buena es que solo voy vendada hasta la rodilla, así que todavía se me puede mirar a la cara cuando hablo. La mala es que es una lesión de repetición (anda, mira, un ripio), exactamente la misma que me hice hace casi un año. El jueves 18, día de nuestra esperada cena, se cumplirá el primer aniversario de la primera torcedura.

Todo ocurrió el viernes a las 19:30 horas, cuando decidí bajar al Día a comprar la leche calzada con mis espectaculares botas camperas. La torcedura fue monumental, y eso que no me caí. Me quedé de pie, como los guerreros :D pero me dolió mucho más que la vez anterior. Esta peripecia anuló mi concierto de Jazz del viernes, mi habitual descenso a los infiernos de los sábados por la noche, el cine con Ale del lunes, el cursillo de Defensa Personal del sábado 27 y puso en entredicho mi asistencia al concierto de Bunbury (al que al final iré, por cierto, incluso con permiso médico).

Desde entonces, mi vida se ha vuelto aún más sedentaria que antes. Dedico mi tiempo a ver Óperas Primas mexicanas rodadas sin segundas tomas, a leer los relatos pornográficos de Anaïs Nin, a escuchar Foo Fighters en el iTunes y a hacer los test frikis del Facebook.

Aunque no todo es taaaaaan rooollloooo... Otro de los motivos de este post improvisado es que hoy he escrito el relato del 'amigo invisible' que tenemos que llevar este jueves. La verdad es que es bastante cándido y nada crítico. Creo que a la persona a la que va dedicado le va a gustar mucho, o eso espero. Y como no puedo subirlo todavía porque se rompería la magia pues he dedicido marcarme un post autobiográfico para que la tarde no se me haga tan larga con tanto mariachi.

La misión de mañana es escribir un cuento de tintes más eróticos. No creo que llegue a ser erótico del todo, pero por lo menos espero meterle algo de caña. Por la mañana, si el pie me lo permite, iré a comprar la botella de vodka negro y la pintura para arreglar las Nike. Así tendré la tarde libre para escribir. Y el caso es que ya tengo alguna idea... Esta noche le daré unas cuantas vueltas, pero intuyo que el texto se basará en el concierto del sábado.

Y si no, me convierto en la momia de Boris Karloff y ya está. Que esas seguro que no tienen problemas de ningún tipo.

lunes 8 de junio de 2009

Déjame sola




Eso es, déjame sola. Verás cuando te enteres de que he resbalado en el plato de la ducha y mi espalda está arqueada en una postura imposible, con una rodilla doblada y un tobillo torcido. En algún momento esto tenía que pasar, tanto trabajo, trabajo, trabajo. Y yo siempre aquí, abandonada, con el baño empantanado y este dolor de cabeza crónico que me retumba en los oídos.

Pero tú déjame sola y vete un día más a la oficina. Hoy te iba muy bien el traje gris que llevabas, a juego con el día lluvioso que hace. Así que coge la puerta, echa la llave y déjame sola, que menudo susto te vas a llevar como esta noche no haya conseguido levantarme de aquí. Si no me encuentras cuando cruces la puerta del dormitorio, si te das cuenta de que en la cocina no estamos ni la cena ni yo.

En estas pensaba esta mañana cuando apoyé el pie en la alfombrilla mal pegada de la ducha y me escurrí, cuando el frío de los azulejos se coló en mi columna vertebral, mi nuca se quedó fría en el suelo y la vista se me llenó de estrellitas luminosas. Seguro que, aunque no lo recuerdo, perdí el conocimiento durante unos segundos, quizá hasta varios minutos.

Ahora, tendida en el suelo frío, el halógeno del techo me deslumbra y ahogo una risa nerviosa. Qué distintos se ven los desperfectos del baño desde aquí. La taza del váter me mira rota, partida en diagonal. La luz se refleja en los ganchos de la pared, que llevan meses pendientes de un solo tornillo y amenazan con caer. Las anillas separadas de la cortina de la ducha se agitan solas. Y la mancha del bidé que no salió a la primera pasada de la bayeta parece cada vez más grande.

Pero por lo menos hoy me libro de aguantar al doctor. Con tal de no escuchar a tu propia esposa eres capaz de regalarle nuestro sueldo a un matasanos para que me escuche un par de horas a la semana. Debería darte vergüenza. Porque prefiero estar aquí tirada, sufriendo de dolor entre la vida y la muerte, antes que aguantar sus monsergas un día más.

Si estuviera aquí empezaría a martillearme con sus parábolas de colegio católico, que el vaso nunca está medio vacío, que si lloras porque es de noche no se ven las estrellas. Qué sé yo de proverbios y moralinas. Y cuando se le acaban las historias empieza con los consejitos. Haz cosas, sal de casa, mantén la cabeza ocupada. A él le parece todo muy fácil, pero bastante tengo yo con pasarme la vida sola, entre sofocos y desmayos, porque a mi marido no se le excusa ir a trabajar todos los días.

Cada vez hace más frío aquí. La humedad se me mete en los golpes. Seguro que tengo todo el cuerpo lleno de moretones y el tobillo malo todo hinchado, demasiado grande para cualquiera de mis zapatos. Tendré que llamar al traumatólogo para que venga a casa a curarme y me prescriba reposo absoluto, seguro. No quiero ni intentar incorporarme, si me levanto todo mi cuerpo gritará. Pienso en los hematomas contra el suelo, en el peso de mi cuerpo en la rodilla aplastada, en la espalda dolorida.

Y mientras tú, nada. Si me he caído por tu culpa, porque todavía me resonaba en la cabeza tu discursito de todos los días. Que si me levanto a las seis de la mañana, que si trabajo once horas seguidas y como en un tupper delante del ordenador. Todos los lunes, el cuento de siempre. Las horas extras, cariño, que por lo menos las cobro y así sacamos unos ahorritos a fin de mes, para pagarte el tratamiento, para irnos de vacaciones este verano.

Eso es, miénteme, busca excusas y déjame sola ¿qué pastillas ni vacaciones? Yo no necesito nada de eso, solo que pienses menos en la oficina y más en mí, que cada vez me duele más la cabeza y tengo menos ganas de cocinar. Encima, tú déjame sola y yo haciéndote la comida. Yo también tengo hambre y nadie descongela platos preparados para mí. Y tengo que hacerlo cada día yo solita y combinarlos con las latas de conservas para que el señor oficinista no se canse de comer todos los días lo mismo.

Así quisiera comer yo, todos los días a mesa puesta, como tú. Ya sé que no son gran cosa pero ahora mismo no me importaría comerme uno de esos que tú te cenas con tanto asco. Debo llevar horas y horas aquí, y tú sin volver, como siempre, con el culo bien pegado a tu silla de ejecutivo. Me moriré de hambre aquí si tengo que esperarte, como un preso, como un naúfrago en una isla desierta. Pero tú no te preocupes, déjame sola.

Siento un hormigueo en la rodilla, como si se fuera a quebrar, como si alguien la apretara con fuerza entre sus dedos. Intento ladearme un poco para aliviar la presión. Me recuesto sobre un costado. Seguro que ahí abajo toda la piel está morada y los huesos sobresalen. Pero llevo demasiado tiempo en la misma postura. Con tanta humedad, me entrará un reuma insoportable.

Mi cuerpo se revuelve en el plato de la ducha, aún resbala. Una mujer sin fuerzas como yo volverá caer si intenta levantarse y las lesiones se agravarán. La rodilla me dolerá para siempre y terminaré mis días en una silla de ruedas. Y a ver entonces quien te arregla el baño y te hace la comidita por las noches.

Pero tengo tanta hambre, si tan solo pudiera soportar el dolor hasta colocarme a cuatro patas, podría apoyarme en la pierna buena y cojear hasta la cocina. Si, sé que el dolor será horrible, que los hematomas chillarán en mis carnes, pero es que ahora también me duele el estómago.

Coloco una mano en el suelo, la otra, intento incorporarme, pero llevo tantas horas sin comer que no tengo fuerzas. Un poco más. Así, en la pierna buena, que la mala, pobrecilla, ya no puede más. Ahí, ahí, los pies bien apoyados y de un momento a otro apretaré los dientes para esquivar el dolor y echaré a andar a la pata coja. Desnuda y sola en el cuarto de baño.

A la de una, a la de dos y... El tormento es insoportable. Otra vez, una, dos y... un tintineo de llaves lejanas se escucha al otro lado de la casa. Luego un ruido metálico y una puerta que se abre. Los golpes, las molestias se agudizan a cada paso que te acercas. Ya era hora de que un día aparecieras a comer. Ahora sabrás lo que pasa cuando te vas, lo que me haces cada vez que me abandonas.

Me dejo caer, pero despacio, no vaya a lesionarme otra vez. Con mucho cuidado, doblo la rodilla. Un millón de agujas se clavan en ella cuando la muevo. No me importa. Estiro la pierna. Mira, mira la hinchazón de mi tobillo. Y los moretones. Mira lo que me has hecho. Míralo todo, que los pasos se han parado y tus ojos se clavan en mi cuerpo desnudo, tirado en el suelo.

Lo que me imaginaba, eso es, No esperaba otra reacción. Sí, llévate las manos a la cabeza y cierra los ojos para no ver la realidad. No te agaches, no hace falta que finjas que te importa, que vas a ayudarme. Deja de torcer la cara y mírame. Algún día reconocerás lo que me has hecho y asumirás tu culpa, mientras tanto déjame sola, como siempre.


SOBRE ESTE RELATO

  • Pues si te has caído, ¿por qué no intentas levantarte hasta la segunda página del relato?
  • No sé cómo se llama exactamente la patología de mi protagonista. Yo la definiría como victimismo.
  • Aunque aquí sale otra fuente por defecto, hoy decidí cambiar la tipografía de mis textos. Como parece ser que 'Times New Roman' está muy trillada, a partir de ahora escribiré en 'Baskerville Old Face', que es mucho más bonita.
  • ¿Las influencias de este texto? Pues la ducha de 'Psicosis' y la bañera de 'Lo que la verdad esconde'. Aunque solo me inspiré en las imágenes, la temática no tiene nada que ver. Además, lo mío no es más que un plato de ducha de lo más cutre.
  • La idea se me ocurrió ayer por la mañana, pero, curiosamente, ayer, mientras esperaba a Teresa en Sol compré en los puestos de libros de El Corte Inglés 'Música de cañerías', una selección de relatos de Charles Bukowski que tiene un precioso cuarto de baño en su portada.
  • Aprovecho la ocasión para hacerme una auto-promesa. Quedan tres clases de relato: hoy, el esperado encuentro en casa de Ana del jueves que viene y la clase del día 25, que dedicaremos a comentar los libros de lectura. Pues bien, el día de casa de Ana, me temo que tendré que afrontar mi destino y escribir, por fin, un relato erótico. Pero que no se parezca mucho a Bukowski, por favor. Por eso esta semana voy a aparcar la novela que me estoy leyendo y a coger ideas de los relatos de 'Delta de Venus' (Anäis Nin).

jueves 4 de junio de 2009

Porfiria




Amanece rojo en Rivadelago. La luna brilló llena toda la noche y las moscas se levantan atraídas por el sabor salado de la sangre. El hijo de los MacArthur yace en el suelo con los ojos abiertos y marcas en la yugular. La bestia ha devorado sus piernas hasta las rodillas y ha teñido de rojo sus ropas. Las campanas tañen de luto y la multitud enfurecida sale a la calle. Los que encabezan la marcha aprietan los dientes y amenazan con hachas y escopetas. Los demás, miran de un lado a otro agitando rastrillos y azadones que les ganan en altura.

- El hombre lobo ha comido carne humana. ¡Venganza para la casa de los McArthur!- gritan.

La curandera se cuela entre la multitud. Esquiva las antorchas protegida por una capa gris que dejó de ser plateada hace mucho tiempo. El juez Sayer la espera en el Palacio de Justicia, la cabaña más antigua del lugar. Una habitación con unos cuantos muebles de madera y una pequeña puerta que descansa escondida en la esquina más oscura. El hombre aprieta los puños sentado en una mesa. Ni siquiera levanta la cabeza cuando la ve.

- Esta noche vuestro hijo ha traspasado todos los límites. ¡No ha dejado ni los restos de ese pobre muchacho!.- le grita la anciana.

- Ese McArthur no era más que un borracho. ¿A quién se le ocurre cruzar la frontera del pueblo con luna llena?- Sayer golpea la mesa con la palma de sus manos y se pone en pie.

- El ungüento de amapolas ya no consigue sedarle, en dos meses habrá acabado con todo el pueblo, a no ser que estéis dispuesto a escuchar lo que he venido a deciros.- la curandera se coloca frente a él, alza la cabeza para mirarle a los ojos. Los tiene enrojecidos.

- ¡Bah! Al fin y al cabo, nunca funcionó, ¿qué nuevas supercherías traes hoy?

- He hablado con el médico de la ciudad. Dice que lo que le ocurre a vuestro hijo tiene cura. Porfiria, lo llamó.

- ¿Por quién?

- Porfiria, mi señor. El chico no es un asesino, ni siquiera un hombre lobo, pero está muy enfermo.
- ¿Enfermo, dices?

- El médico dice que el sedante de flores y la plata fundida son inútiles, que hay que trasladarle a la ciudad para que empiece un tratamiento. Necesita hospitalizarle para hacer unas cuantas pruebas, pero al cabo de unos meses dice que mejorará.

El juez Sayer cruza los brazos y empieza a pasear por la habitación mientras la madera cruje bajo sus botas. Después, lleva la mano a su muñeca derecha, la aprieta entre sus dedos y esboza una sonrisa turbia.

- No voy a ingresar a Scotty por mucho que digan esos médicos de ciudad. Nuestra vida está aquí en el pueblo.

- Pero no podéis permitir que el muchacho salga por las noches a cometer esas carnicerías.

- Entonces tendrás que inventarte otra cosa para que duerma las noches de luna llena.

- La enfermedad está muy avanzada, dentro de poco ningún remedio podrá detenerle. - sentencia la curandera. Pero ya nadie la oye porque solo se escucha el sonido del pueblo enfurecido, su paso rápido y firme, sus gritos de odio y venganza.

- Primero fueron nuestros pastos, luego nuestras ovejas y ahora nosotros. ¡Muerte a la bestia!- amenazan. La curandera se asoma por la ventana. A lo lejos, ya se avista el fuego de las antorchas.

- Excelencia, los médicos me lo explicaron muy bien, todos los síntomas encajan: espalda torcida, caminar a cuatro patas, alergia a la luz y esos dientes extremadamente afilados.- asegura en tono casi suplicante. - Podemos ayudarle.

- Te lo repito, vieja, no voy a ingresar a mi pequeño solo porque anoche se le fuera un poco la mano.- el juez se acerca tanto a la anciana que ésta siente su aliento en la cara. Sayer la rodea con su brazo, cierra los dedos sobre su hombro con tanta fuerza que la curandera tiene que apretar los dientes para soportar el dolor. La manga derecha de la chaqueta del juez está manchada de algo oscuro.

- Vuestras ropas, mi señor. Algo os ha salpicado. ¿O es que tenéis una herida?- señala con un hilo de voz.

- Otra vez, bruja, quieres saber más de la cuenta.- le susurra al oído mientras olisquea el manto de la mujer- ¿Es que no ves que esos locos de ciudad te han lavado el cerebro con sus falsas teorías?

- Lo único que veo, es que debería irme. El sol está cayendo ya.- dice la curandera suplicante mientras mira deseosa la puerta de atrás.

- ¡El pueblo no sucumbirá ante la bestia! ¡Justicia!- vociferan los campesinos, que golpean con mazas y antorchas la puerta del Palacio

Pero sus gritos ya no son los únicos. En el suelo de madera del Palacio retumba un aullido que sale de las mazmorras. Otra vez la luna brilla roja en Rivadelago. Luego otro alarido y otro y otro. Después el silencio, un chirrido metálico de bisagras y un portazo.

-Esta noche Scotty se ha despertado antes de tiempo y creo que alguien olvidó cerrar la celda anoche.- dice el juez, que rodea los hombros de la curandera con más fuerza y le clava las uñas en el brazo. La voz le raspa la garganta, se vuelve cada vez más ronca. Sayer suelta a la anciana se agarra la muñeca herida y ahoga un aullido. La sangre resbala entre sus dedos. Tiene los ojos rojos y la espalda cada vez más torcida.

- Por última vez, excelencia, las cosas no tienen porque ser así. El pueblo, las mujeres, los niños...- ruega la curandera.

- La Asamblea está a punto de comenzar, bruja, creo que deberías irte a por más flores, ¡ya!- las palabras del juez rugen contra las paredes de madera mientras éste cae de rodillas, apoya las manos en el suelo y le aúlla a la luna a través de la ventana. – Ahora pagaréis todos por ese borracho.- le escupe al suelo intentando incorporarse.

La curandera huye por la puerta de atrás. No vuelve la cabeza cuando el portón principal cae al suelo y el crepitar de las antorchas lo inunda todo. Los aullidos del juez casi no se diferencian de los alaridos de los campesinos.

La luna llena la mira alta y roja, desde un cielo negro y sin estrellas. Pero la mujer ya no ve nada, solo unas cuantas amapolas que flanquean el camino que lleva a la frontera del pueblo. Sus pies resbalan en el barro, esquivan los charcos, intentan no hundirse, pero la humedad ya le ha calado hasta los huesos. La curandera solo escucha el sonido de su respiración.

Vuelve la cabeza y sus ojos se incendian. El pueblo la mira oscuro desde el otro lado del sendero. Solo se ve la luz del fuego que devora el Palacio de Justicia. Todos enfermos, reflexiona. Los médicos de la ciudad sí que saben lo que se dicen. Por- firia. Por- firia, se dice. Nada de hombres lobo, eso sí que son supercherías. Esas muertes se habrían evitado si me hubieran hecho caso.

Los pasos de la bruja suenan fuertes, cada vez más profundos, se arrastran al ritmo de sus propios pies. La anciana se para en medio del camino. Por un segundo ha dejado de escuchar los latidos de su corazón, pero en el bosque no se oye nada.

Sigue andando, clap, clap, clap, sus pies chocan con los charcos en medio del barro y las pisadas vuelven a deslizarse detrás de ella. Esta vez tiene claro que no son las suyas. La anciana aprieta el paso. Ya no le importa hundirse, ni siquiera siente el lodo que salpica sus rodillas, ni escucha su propio aliento. Un aullido resuena en todo el bosque cuando la curandera empieza a correr.

Ya lo siente tras de sí, una mole enorme de huellas pesadas que retumban al chocar contra el suelo. La bestia aúlla, siente el olor a carne humana de la curandera y se relame. La anciana corre, pero pierde terreno, a lo lejos ve la frontera del pueblo. Ya casi no puede respirar. Están enfermos, se dice una y otra vez. No pueden hacerme daño. Ellos son los que necesitan ayuda. No pueden herirme. Por- firia, Por- firia, repite para sí.


SOBRE ESTE RELATO
  • El sábado pasado, en el cumpleaños de Lucía, nos echamos unas buenas risas jugando a 'Lobo', 'Lobos', 'Hombres lobo' o algo así. Bueno, la verdad es que no me acuerdo de como se llamaba el juego pero hay que asumir el rol de la carta que te toque: el alcalde (mi juez Sayer), la bruja (mi curandera), el cazador (este no sale porque se me complicaba demasiado la trama) y la vidente (que en mi relato nunca llegó a hacer acto de presencia porque se confundía con la bruja). Jugamos tres o cuatro veces y, curiosamente, los hombres lobo se hicieron con el pueblo en todas las partidas.
  • El título de mi historia no es muy allá, pero no podía llamarlo 'Lobo' o 'Lobos' porque ese título ya me lo habían cogido :D.
  • Con todas las veces que había aparecido la figura del lobo en los relatos de clase, no podía quedarme con las ganas de sacar uno (o dos) yo también.
  • 'Porfiria' representa la lucha entre la ciencia y las creencias populares. Dado el desenlace, cada uno que entienda lo que quiera.
  • Por cierto que Scott se llamaba el protagonista de 'Teenwolf', una de estas pelis que nos marcaron de niños.
  • Y este es, después de semanas, mi relato fantástico. Yupi.
  • ¡¡¡¡¡¡Cómo me mola mi cartel!!!!! Me encantó esa peli.