
Enrique me despide como todos los días. Con un beso de labios cerrados en la boca. Con preámbulos que nunca llegan a nada. Con manos sudorosas y miradas largas, de esas que duran tanto tiempo sin hablar que ya no sabes ni qué cara poner. No sabe lo del concierto. Le dije la misma mentira que a mamá, que me quedaba a dormir en casa de Elena, que era la noche de las chicas. Y tanto que lo iba a ser. Después de ocho horas de cola en la puerta de las tiendas Tipo tenía que salir bien. Esta noche, queremos llevarnos puestas todas las gotas de sudor de Erik Zumpf.
En cuanto Enrique decide otra vez que no está preparado para enrrollarse conmigo subo las escaleras de casa de tres en tres y me cambio los vaqueros por una minifalda con los bajos descosidos, unas sandalias de tacón con tachuelas en los tobillos, un sujetador negro con relleno y una camiseta blanca de licra. Toda la ropa que él no soporta que lleve. No necesitas ir tan corta para que se note que tienes las piernas bonitas. A ver si te van a decir algo cuando no esté yo para defenderte. Cree que con todas esas retahílas se me va a olvidar que todavía no ha tenido valor para subir a casa cuando papá y mamá se van de fin de semana.
Mientras termino de hacerme la raya de los ojos suena la llamada perdida de Elena. Die
Hassliebe, el mejor single del último disco de Zumpf y el politono más chulo de la hisotira. Meto el pintalabios rojo en el bolso y salgo corriendo. Casi tropiezo con los tacones por los nervios de ver a Erik en persona. Elena lleva unos pantalones rotos y un top muy corto para que se le vea el piercing del ombligo. No tardamos nada en llegar, pero la espera es interminable. Casi tres horas bajo la carpa de las Ventas delante de un buen montón de fans impacientes.
- Ojalá Enrique fuera tan apasionado como Erik.- suspiro cuando están a punto de abrirse las puertas. – Me mira como si fuera de cristal y casi no se atreve ni a tocarme.
- Todavía no habéis...- pregunta Elena haciendo un gesto significativo con la mano.
- No hija, no, a este paso llegaré virgen a los diecisiete. – digo. – Si casi no mueve la boca cuando me da un beso.
- Pues él se lo pierde, tía.
Elena me agarra fuerte del brazo y el tiempo se detiene. No cabe ni un alma en las Ventas. Mi amiga se cuela a golpe de codazos entre recovecos de minis de cerveza que nos manchan la ropa, tíos tres cabezas más altos que nosotras y chicas con tan poca ropa que nos empapan con el sudor de su piel.
Erik Zumpf sale al escenario entre luces verdes y un humo del que nubla la mente. Botas camperas y vaqueros negros, muy, muy ceñidos. Lleva chupa pero se le ha pasado ponerse la camiseta de debajo. Atraviesa la niebla y agarra el micrófono como un dios. Empieza a cantar con voz grave, desgarrada. Estira las manos como si pudiera tocarnos.
Después se coloca el micro en la cintura y se agacha para mirar a su público. Pero lo único que yo veo es el enorme bulto que se marca en sus pantalones. Zumpf se pone en pie, se quita la cazadora y coloca los brazos en cruz. Elena me aprieta la mano.
- Tía, que va a hacerlo.- creo que me grita, porque el ruido de las guitarras es ensordecedor.
Las luces se apagan, un redoble de batería y un chillido agudo se extiende por las Ventas. Zumpf se ha arrojado del escenario. Extiendo el brazo para intentar tocarle en medio de la avalancha, pero está lejos, muy lejos.
Elena me grita, tira de mi mano, pero ya no la alcanzo, la masa se interpone entre nosotras. Y a él, ni le veo. En el centro de la arena se ve un bulto oscuro. La multitud le aclama, pero yo no llego a tocarle. Ni siquiera le grito, solo quiero saber dónde está Elena, por qué el capullo de mi novio detesta los conciertos y qué coño hacen esos dos seguretas que me apartan de un codazo contra un mini de cerveza.
Los hombres rodean a Zumpf, un dios que ahora tiene que agarrarse a dos armarios de cuatro puertas para mantenerse en pie, que todavía lleva el micro dentro de los pantalones. El humo lo cubre y los guardias se esfuman. Zumpf coge su chupa de cuero, presenta a su banda a gritos entre el alemán y el castellano y hace una reverencia.
El espectáculo llega a su fin. Pero antes, Erik, el dios, el cantante, el colgado, el
Hassliebe, se dirige a un segureta que resurge de la oscuridad y le susurra algo al oído. Luego señala tres puntos estratégicos del escenario. Uno de ellos se acerca bastante a mi posición. Otra reverencia, dos golpes de pecho, a la altura de corazón, os quiero, parece que fuera a decir. Un par de gracias con acento alemán, varios
Danke schön.
Y se hace la luz en las Ventas. Las puertas se abren al fondo de la arena y la gente abuchea la falta de bises. En los laterales hay pequeñas salidas de emergencia. Me escabullo por una de ellas y saco el móvil para llamar a Elena. No hay cobertura. La llamo a gritos, cuando un guardia de seguridad me agarra fuerte del brazo.
- Es usted muy afortunada, el señor Zumpf la ha elegido para visitar su camerino.- dice él con su acento alemán. Sí, claro, y luego me llevará a casa en limusina. – El artista es muy selectivo con este tipo de, ejem, visitas así que tenga cuidado de no contradecirle.
Y me lleva por un pasillo a medio iluminar en el que tampoco hay cobertura. Como me ponga una mano encima otra vez, grito y salgo corriendo todo lo rápido que me permitan mis sandalias de tachuelas. Pero antes de que dé media vuelta, se para delante de una puerta de madera desgastada con una estrella de metal. Gira la llave y me invita a pasar. Dos chicas me cortan el paso antes de que pueda entrar, salen cogidas de la mano, sudorosas. Ocultan una media sonrisa mirando al suelo.
Es cierto, él está al fondo, con los pantalones negros, la cremallera abierta y una bata de seda del mismo color. Se pone en pie. Metro noventa de músculos, pelo sudoroso y restos de maquillaje oscuro bajo sus ojos. El rockero, el artista, la fantasía. Erik justo delante de mí, tendiéndome una mano.
Elena no se lo iba a creer. Y Enrique nunca me lo perdonaría. Ahogué una risa al pensar en él. Esto le pasaba por indeciso, por cobarde. Ojalá supiera dónde estoy. Así aprendería a enfrentarse a las cosas y a comportarse como un hombre. Claro que yo nunca se lo contaría. Por un segundo, me le imaginé de esa guisa, como el cantante, el rebelde. Él que nunca me dejaba en casa más tarde de lo que mandaba mi madre, el que no iba ni a dar un paseo en época de exámenes. Él nunca podría.
Despacio, cojo la mano de Erik. Él toma la mía, la lleva a su cremallera y la aprieta contra el bulto cálido que sale de sus pantalones. Hago presión con mis dedos, empiezo a recorrer su pene suavemente, de arriba abajo. Cada vez se hace más grande. Me paro en la punta, lo acaricio con gestos temblorosos, no sé qué debo hacer, cómo seguir.
Con la otra mano, me desabrocho el botón de la falda, la cremallera, la dejo caer hasta mis tobillos. Erik no habla, ni siquiera me mira a los ojos. –
Nein.- es lo único que dice, y lo hace mirando su propio miembro. Sujeta mis manos por las muñecas y vuelve a colocarlas en su pene, me hace frotar con tanta fuerza que parece que va a empezar a arder.
Apoya su brazo en mi hombro y me pone de rodillas en el suelo. Aprieta mi cabeza contra sus pantalones, pero me resisto y le miro. – ¡
Aber, aber!- grita cada vez más excitado. Inclino un poco la cabeza. Su pene me mira a la cara más que el propio Zumpf, apenas lamo la punta, con mucho cuidado. Poco a poco se introduce en mi boca y mi lengua lo recorre en círculos concéntricos.
Él jadea cada vez más fuerte. Presiono un poquito con mis dientes y Erik grita tan fuerte como en el escenario.-
Aber, aber!- vuelve a decir. No sé qué coño significa eso, solo sé que estoy en el camerino de Erik Zumpf y que cuando se canse de este juego seguro que me hará el amor salvajemente y besará todas las partes de mi cuerpo con los labios abiertos y su lengua de cantante. Los besos con la boca cerrada son para críos.
Mis labios se pasean cada vez más deprisa por su pene erecto, sigo haciendo cosquillas con mis dientes. Hasta que siento un sabor agridulce en el paladar, como unas gotas de leche amarga que se cuelan en mi garganta. Se corre en mi boca con tanta fuerza que me trago todo el esperma. Me aparto de un salto, la boca me sabe mal, me limpio con la mano y se me queda pegajosa.
Zumpf me tumba en el suelo, me arranca las bragas, separa mis rodillas y, todavía goteando, hunde la cabeza en mi vagina. Me hace cosquillas en las piernas con su pelo. Separa los labios con sus dedos y aprieta mi clítorix. Me agito excitada, todo mi cuerpo se remueve de placer cuando empieza a lamerlo lentamente, luego más deprisa, después otra vez lento, hasta que su saliva se mezcla con mi flujo. Nada de besos de mentira, de labios apretados.
Después coge su propio pene y sin alzar la vista para mirarme a los ojos lo introduce en mi vagina. Grito de placer, de dolor, qué sé yo, lo hunde una y otra vez, como un arma de metal que me destroza. Me araña por dentro, dura y rígida. Siento una punzada de dolor y otra. Un líquido espeso se desliza por mis piernas. Intento apartar a Zumpf y compruebo que estoy sangrando.
Le digo que pare, pero él no me entiende, no me escucha. Sigue subiendo y bajando, frotando mi vagina irritada. Cada vez duele más. Le digo que lo deje una y otra vez hasta que clavo mis uñas en su cara y, en un descuido, le aparto con todas mis fuerzas y consigo escabullirme de su abrazo. Aquí no hay labios inmóviles, como los de Enrique, ni besos cerrados. Ni siquiera hay besos, porque el cantante, el rockero, el dios, el colgado no me ha mirado ni una sola vez. Ni siquiera cuando salgo corriendo del camerino sin mirar atrás, con las piernas pegajosas y la falda en la mano.
-
Rein?- grita.- ¿Eres
virggen?- pero ya ni me ve. Solo se coloca la polla en los pantalones y se atusa el pelo.
Mi primer impulso es llamar a Elena. El segundo, contárselo a Enrique. Al principio se enfadará, pero si me ve llorar me acunará con besos cerrados, casi sin mover los labios. Sin gemidos, sin aspavientos, pero sangre ni dolor. No todos los hombres son como Erik Zumpf.
SOBRE ESTE RELATO- Y esto es lo que va a pasar esta noche en el concierto...
- La verdad es que no lo escribí oyendo a Bunbury. Lo hice entre ratos de silencio combinados con el nuevo CD de Guns'Roses y la banda sonora de La Reina de los Condenados (una peli horrible, por cierto).
- Fue muy muy divertido escribirlo. De ahí que me tire dos páginas divagando y no entre al trapo hasta la tercera.
- Enrique y Erik comparten nombre porque representan las dos caras de la moneda. En el término medio está la virtud.
- En fin, está visto que este no es mi género, pero ya practicaré (escribiendo más relatos, quiero decir :D).
Y MÁS COMENTARIOS (CON RESACA DE CONCIERTO)- Anoche, Erik Zumpf salió a cantar con la cremallera del pantalón abierta. A las dos o tres canciones se dio cuenta del problema y le puso solución.
- Nada más verle me entró la risa pensando en el relato. Es que sonaba muy distinto con la voz de Juan...
- Tocó 'El viento a favor' (otra vez me entró la risa) y la grabé en vídeo.
- Mi tobillo aguantó como un campeón, no se quejó ni una vez en toda la noche.
- Y Bunbury estaba muy, muy.... interesante :D.
- Y, hablando de esto, el caso es que cuando lo escribí yo pretendía desmitificar al ídolo. Es decir, que la chica se diera cuenta de que el rockero es un capullo y que más le vale irse con su novio el indeciso a ser la puta de un colgado, pero al final, la lívido es la lívido...