
Giro a la izquierda y reduzco a cuarta. La interestatal se acaba y mi pobre Cherokee mancha sus ruedas en el camino de cabras que conduce al Lago Hurón. Y todo porque mi mujer quiere cenar lomo de ciervo grillado. Y encima me pide la jodida salsa de arándanos que no encontré hasta el tercer super. Grillado terminaré yo después de salir a cazar un puto viernes por la tarde solo porque Marie quiere cumplir con su jodida tradición familiar y ya no sabe qué inventarse para sacarme del 'RoastBeer' de la esquina. Será que le hago daño a alguien por estar en el bar. Menos mal que llené la petaca de Four Roses antes de irme de excursión.
Lo decidió esta mañana, cuando más cómodo estaba yo en el sofá y más me apetecía bajar a tomarme una cerveza bien fría. Ahí está Marie, siempre con sus ideas locas para joderlo todo cuando menos te lo esperas. Coge el coche, la mierda de escopeta de su padre, que no podría ni matarme a mí aunque me disparara en la sien, y vete al prado a cazar como un cavernícola maltratado.
El chico siempre le sirve de escudo. La muy bruja sabe que tengo debilidad por el chaval. Algún día será un tío grande, no como su padre. Eso si su madre no lo convierte en una niña con tanta mariconada de dibujos animados. ¡Y qué coño sabrá el crío de comer ciervos y grillar carne! “Dani quiere que aprendas a cazar porque el abuelo también lo hacía. Ya sabes lo competitivos que son a esta edad”. Pero qué mal mientas, Marie, no sé como me hiciste el lío para echarme el lazo, porque no engañarías ni a una ancianita con esa verborrea.
El caso es que al final siempre consigue tocar mi lado sensible. Por eso cuando entré en el tercer supermercado, aparte de comprar la maldita salsa de arándanos le cogí una semiautomática de juguete al chaval. Eso sí que es para hombres y no los peluches de los TeleTubbies. Si no se lo inculcamos de pequeño, el día menos pensado empezará a pintarse los labios y se colgará del brazo a alguno de los coleguitas del cole. De eso debía saber mucho el chaval que me vendió la pistola. Con todo el aceite que perdía no me extraña que tuviera la cara llena de granos. Le temblaba la mano cuando me despachó la puta salsa y el arma.
- Ni que fuera de verdad, chaval.- le dije.
- No, señor. Que la disfrute, señor. Quiero decir la salsa, señor.- me respondió con un par de gallos. O le estaba cambiando la voz o se asustó un poco cuando vio bajar del Cherokee a un tipo barrigudo con una camisa de cuadros, aliento de Four Roses y una escopeta a la espalda.
- Es que la caza mola, chaval.- le dije apuntándole con la pistola de juguete.- La carne de ciervo les pone húmedas. Seguro que si cazaras podrías ligarte a la chica más guapa del Hurón.
- Lo tendré en cuenta, señor. Que cace usted bien.- me contestó mirando fijamente la caja registradora.
- Lo mismo te digo, chico, lo mismo te digo.- Y ahí le dejé a lo mejor pensando en cornamentas y armas sin cañón, o a lo mejor no.
Paso de la cuarta y vuelvo a la quinta, el camino, porque ni un tonto llamaría carretera a este senderucho mal asfaltado, está oscuro. Incluso más oscuro que mis ideas, pero no hay curvas y yendo todo recto puedo pisarle a fondo sin problema. Aunque tampoco tengo intención de adelantar porque prisa, lo que se dice prisa, tengo bastante poca. Ojalá pudiera saltarme el ciervo y cenar en el bar, sin salsa de arándanos pero con una buena cerveza.
La quinta flojea entre tanta piedra y tan poco asfalto, pego un trago de bourbon y acelero para no tener que reducir. Paso de largo una señal sin iluminar. No sé de qué coño avisaba pero seguro que si fuera algo importante estaría a la vista de todos. Tomo una curva muy abierta, nada del otro jueves, las ruedas del Cherokee ni siquiera la sienten.
Otra curva y de pronto un chasquido se extiende por el parabrisas. Un bulto oscuro se lanza contra el cristal y todo se vuelve negro. ¡Joder!, la luna se ha roto y los cristales me salpican en las manos. Giro el volante de izquierda a derecha una y otra vez rezando a dios sabe quién para no empotrarme contra los árboles que salen del arcén. Freno bruscamente para sacudirme la mierda que se me ha caído encima pero solo consigo que el cuerpo se deslice hasta el capó de mi puto Cherokee. El parabrisas está lleno de sangre. Un corte diagonal lo atraviesa de lado a lado.
¡Me cago en la grillada de Marie y su puta vieja! Casi me estrello contra un árbol y echo a perder el todo terreno por una mierda de capricho. ¡Qué coño! Hasta yo podía haberme matado y dejado huérfano al crío. Y todo por una mierda de cena. Pobre Dani, menuda infancia le iba a esperar con la maravillosa influencia de la loca de su madre.
La cabeza me da vueltas cuando abro la puerta para bajarme del coche. Esto no lo arregla ni la petaca entera de bourbon. El puto parabrisas se hará añicos de un momento a otro, aunque el tipo remilgado que me vendió el coche me juró y perjuró que los cristales laminados no se deshacen como los de antes. Miro el corte, la sangre, me imagino como resbalaría el limpia con el parabrisas empapado de esa mierda y me cago en la puta Marie.
Me acerco despacio con resaca de accidente para comprobar que coño se ha lanzado contra mi jeep, y hasta que punto sigue con vida, y ahogo una risa nerviosa. Grilladito y con salsa, pero no de arándanos. Bajo mis botas, entre sangre y barro, un cadáver de ciervo. No podía ser otra cosa. No lo querías bien jugoso y en su salsa, zorra. Tu capricho casi me cuesta la puta vida, ¿te enteras?
Así visto de cerca da hasta pena, más que ciervo, cervatillo, como los de las pelis de Dani. Sin cuernos ni nada, casi un afortunado, no todos pueden decir lo mismo. Le toco el morro, aún está caliente, húmedo, pero el bicho está muerto del todo. Le acerco la petaca, si queda algo de vida en ese animal flacucho el bourbon le hará reaccionar, pero es inútil.
Pienso en la pala que compré para el maletero, en todas las veces que me ha hecho falta para apartar la nieve del camino y en las pocas que me he acordado de llevarla. En el Four Roses, que chamuscaría al ciervo en el abrir y cerrar de ojos de una cerilla. Pero sería un desperdicio volver a casa sin petaca y sin el jodido bambi. Pienso en la puta Marie en su esnobismo, y en que por mis santos cojones, o los suyos, esta noche cenará carne de ciervo grillado en su salsa.
Casi tengo que despegarlo del suelo para cogerlo. El muy puto pesa un quintal por muy delgado que parezca. Es más fácil arrastrarlo por el suelo hasta el maletero. Y si se llena de barro, ya se encargará su excelencia culinaria de limpiarlo para que no desentone con la mantelería.
Lo agarro por el cuello y por el culo para subirlo a bordo, ahora todo el coche apestará a ciervo muerto, pero cuando papá sale de caza, nunca vuelve con las manos vacías y tampoco necesita una mierda de escopeta pasada de rosca.
Arranco en segunda, solo el Cherokee puede hacerlo, solo en los llanos. En menos de cincuenta metros estoy en quinta y en menos de lo que palma un ciervo meto al bicho en una bolsa de basura y lo lanzo al suelo de la cocina a los pies de la gran cocinera. Marie, la cocinera, Marie la tocapelotas.
- Voy a tener agujetas en los brazos por lo menos un mes.- le digo. Marie aplaude y se lanza a mi cuello. Huele a perfume.
- Sabía que lo harías, ¿y la salsa?- pregunta no vaya a ser que el puto ciervo se quede soso y nuestra cena no esté a la altura de su familia. Pongo en la encimera el bote de la salsa y me quedo con la semiautomática en la mano.
- Como te has portado tan bien, está noche podrás elegir el postre.- dice Marie, la cariñosa, tiene tantas caras como letras el abecedario, seguro que hasta más. Y, joder, cómo huele a perfume. Creo que esperaré a mañana para inventarme algo que justifique la luna rota.
- Lo que hay que hacer para tenerte contenta.- le digo después de darle un cachete en el culo.- Descuartizo al cadáver y me voy al salón a jugar con el chico, nena.
Dani espera en el salón con cara de asombro. Como todos los críos, con esos ojos demasiado grandes y la boca siempre tan abierta, será por eso de que las cosas siempre son nuevas para ellos. ¡Bang! La semiautomática le vuelve loco, se lanza desde el sofá para abatir a su viejo padre, que hace el muerto con orgullo, que cae en el suelo grillado en su salsa. Eso es, hijo, olvídate de la cocina y los Teletubbies. Dani grita como un loco:
- ¡Estás muerto, papi!
- Papá se hace viejo, hijo. Tiene achaques.
- Papá está
chacoso. Pero Dani le protegerá con su pistola.
La voz chillona de Marie nos llama para cenar. La verdad es que el puto ciervo grillado huele jodidamente bien. Aunque no es para menos, con lo que me costó limpiarle la sangre coagulada de la herida.
La fuente está en el centro de la mesa. No sé cómo coño voy a ser capaz de comerme a un bicho al que he mirado a los ojos y ofrecido bourbon después de embestir con mi todo terreno. Ahí está, bien empapadito en sangre de arándanos, en su puta salsa, el barro del asfalto. Marie sirve primero a Dani, que ya tiene la servilleta bien amarrada al cuello. Es capaz de matarme si le digo la verdad, se convertiría otra vez en Marie, el altavoz, la gritona del vecindario. Luego me sirve a mí. Miro el trozo de carne como si tuviera ojos, cada vez lo veo más rojo, más ciervo. Y, ¿qué coño les cuento ahora? ¿Qué somos vegetarianos? ¿Qué esta mañana se pasó de moda el puto grillado?
- Papá cazo el ciervo esta mañana, ¿sabes Dani? Con la escopeta del abuelo.- alardea Marie cogiendo carrerilla para contárselo a toda su familia de esnobs. Casi puedo verlo. “Queridos todos, mi marido se ha inventado un nuevo tipo de caza que consiste en atropellar animales”.
- ¿Y no tuviste miedo, papi?
- Papá nunca tiene miedo, hijo, eso son cosas de débiles.
- ¿Entonces por qué no te comes el filete?- me pregunta el jodido crío. Debimos haber tenido uno más tonto, joder.
- Vamos, cariño, tú primero. Haz los honores.- Marie sonríe mientras habla, pero tiene los dientes apretados, la mandíbula tensa.
¡Mierda! Juro que no puedo comérmelo, joder. Cojo el cuchillo con desgana y empiezo a partir la carne, listo para la función, con la chicha del puto bambi empapada en mermelada bajo mis cubiertos. Algo cruje bajo el cuchillo.
- Papá, esta carne pincha.- Los dientes de Dani tiran con fuerza del trozo de carne pegado a su tenedor.
Lo que faltaba, el crío se me ha adelantado, ahora ya si que no hay vuelta atrás, ahora volverá Marie, el altavoz. Mi mujer mastica la carne un par de segundos. Pero solo un par, uno y dos, porque al tercero escupe el jodido cacho de ciervo con todas sus fuerzas. Ni hecho aposta, porque cae casi en mi cara.
- Pero, ¿qué coño has hecho esta vez? ¡Esta carne tiene cristales!
- ¡Y yo qué sé! Casi me cuesta la vida traer ese puto bicho. Pero no te preocupes, que a la próxima vas tú solita y ya verás qué bien.
- Se suponía que tenías que hacerlo con el arma de mi padre. Y tú... ¡has torturado a ese pobre animal!
- ¡Qué coño, torturado! Ese bicho se ha estrellado contra el parabrisas y me ha destrozado el coche. Deberías estar contenta de que no me haya pasado nada.
- Eso es lo único que te importa, ¿no? El maldito coche.
- Y si es así qué, ¿eh? Mejor el coche que el puto grillado de arándanos.
- ¡Bang! ¡Bang! El ciervo se ha muerto porque papá es
chacoso.
- Sí, hijo, papá se ha hecho viejo y no ha cumplido con la tradición familiar. Ven aquí.- le dice. Ahora se convertirá en Marie, la chantajista emocional durante horas. - Menos mal que tú no te pareces a él.
Y en eso, le doy la razón. Dani me mira otra vez con los ojos muy grandes, me apunta con el arma hasta que no puedo soportar más su cara de decepción y deslizo los ojos al suelo para toparme con el trozo de filete. Seguro que algún día él conseguirá cazar el puto ciervo. Seguro que el ‘RoastBeer’ sigue abierto.
SOBRE ESTE RELATO- Ala, los comentarios mañana, que hoy me muero de sueño. Zzzzzzzzzz......
SOBRE ESTE RELATO- Ahora sí... Verdaderamente, este texto no tiene mucho sentido. No pretende mostrar un cambio, ni un conflicto, ni aleccionar a nadie (jolín, es que estamos de vacaciones y ahora somos un poco más libres). Solo pretende reflejar una realidad familiar tan deprimente que puede llegar a ser graciosa y absurda.
- He tratado de retratar un personaje 'Bukowsky'. Es decir, borracho, vividor, vago, malhablado. Aunque el mío es mucho más light que los que he tenido el placer de conocer en los cuentos de 'Música de cañerías'. Todavía no comprendo cómo puede enganchar un libro así y, lo que es peor, como algunos de esos tipos pueden resultar simpáticos dentro de su peculiaridad.
- En cierta manera, su destino es el eterno retorno, de bronca en bronca y tiro porque me toca.
- ¡Qué largo me ha salido! Y eso que no cuenta casi nada... Mi intención era escribir un folio o folio y medio, por eso de no perder el tino de la escritura, pero me cuesta mucho entrar en materia y me encantan los preámbulos, para qué mentir.
- En la imagen, unas costillas de ciervo bien crudas, sin salsa o aderezo alguno.
- Ahora que he terminado los cuentos de Bukowsky y finiquitado (después de meses y meses de retraso) los de Buzzati (me quedo con sus textos fantásticos), vuelvo a las novelas. La primera de ellas: Blade Runner, una deuda que tengo conmigo misma desde hace mucho tiempo.