Una palabra vale más que mil imágenes

domingo 30 de agosto de 2009

Agua




Como un naúfrago a punto de morir de sed, María bebe otro trago de agua mientras se tira de los padrastros del pulgar. Un poco más y se hará sangre, pero no puede dejar de hacerlo. No desde que recibió la llamada del entrenador. El viejo señor Domingo, que años atrás había llevado a las Sirenas del Caribe al primer puesto del campeonato local de natación. Pero desde que se casó con Mario, María no entró en contacto con más agua que la del grifo.

Ya no queda nada de sus piernas musculosas ni de sus brazos de nadadora Ya no queda nada de ella excepto él. Ya no es ella y el agua, es él y las crisis de ansiedad, él y los atracones nocturnos, él y la mujer gorda e inútil en que la ha convertido, él y los golpes. Cada vez más golpes. Mario, María y los golpes. Hoy, la función empezaría cuando le hablara de la llamada del entrenador.

Las palabras del señor Domingo aún retumban en la cabeza mojada de María. Le ha prometido una piscina de 25 metros de largo y un montón de alumnas. Sigues siendo una sirena y nosotros no lo hemos olvidado. Quiero que te encargues de la nueva promoción de las Sirenas. Eres la persona idónea, había dicho. Idónea, se repite ella una y otra vez. Y es que hace mucho tiempo que María no es la más idónea para nada.

Aún faltan unos minutos para que Mario vuelva a casa. María tiene el pulgar manchado de sangre, pero sigue tirando. No entiende por qué su estómago pesado y dolorido le pide más comida cuando los labios aún le saben a chocolate 100% cacao y Tortitas Come Sano. María respira profundamente. Al otro lado de la casa la cadena de música repite la canción de todos los días.

Sigue recto, hay un desvío. Tómalo hasta el final.
Si hemos hecho algo mal, amor, verás una señal.


María tararea entre dientes mientras su vista va de la puerta de la calle al teléfono inalámbrico. Sonríe ligera y nerviosa, mientras se dirige a la cocina. Solo necesita pensar en agua y escuchar su nana para recuperar el control. Solo entonces será capaz de tocarse las manos y esperar a la hora de la cena. Solo hasta que él llegue. Cierra los ojos y piensa en el agua, en el desvío. A través del ruido de las olas, el recuerdo de la llamada telefónica se mezcla con la voz tenue y grave de la canción.

Hay días en que valdría más no salir de la cama.
En solo un minuto vi mi vida cambiar.

Se moja los dedos mientras imagina el deslizar suave de la ducha sobre su piel. Intuye el movimiento sereno del agua a través de las tuberías, el tacto frío de la botella de plástico que guarda en la nevera. A veces, aguza el oído desde el desvío y siente que las burbujas del vaso que descansa en el aparador suben hasta la superficie. Y solo entonces, el desvío la lleva de vuelta al pasado y recuerda que hace solo unos pocos años, las sirenas ganaron la competición de largos, que la noche de la celebración ese chico de ojos miel y manos bonitas le propuso algo. Lo malo es que le puso condiciones y la llevó lejos de allí. Y lo peor es que ella aceptó con una sonrisa bobalicona en los labios.

Que solo era un juego te escuche, y volvimos a casa.
Si solo era un juego, pregunté, ¿dónde está la gracia?

Al cabo de unos meses empezó a echar de menos el envolver suave del agua, el contacto salado del mar en su boca, incluso las arrugas que le salían en los dedos cuando pasaba demasiado tiempo debajo. Extrañaba hasta el cloro que irritaba sus ojos en la piscina.

María no volvió a sonreír. Y las manos de Mario dejaron de ser bonitas para convertirse en un monstruo que se estrellaba contra su cara y lo volvía todo negro y morado. Dónde antes había agua ahora había solo negro. Y no quedaba más líquido que el que inundaba las cañerías o hervía en la placa de vitrocerámica.

Respira profundamente y huele a lluvia. Siempre intuye la tormenta horas antes de que lo inunde todo. Cierra los ojos y canturrea. La última estrofa está por llegar, aunque nunca logra recordarla entera.

Nos fuimos mar adentro, hasta dónde nadie alcanzaba a ver.
Con el agua al cuello, me volví te miré, y tú dijiste.
Te podría matar, y no se iba a enterar a nadie.
Cuando me pregunten yo diré que no llegaste nunca.

Y es que los dos últimos versos de la canción siempre la traen de vuelta a la realidad. Es cierto, ni el desvío más grande ni la lluvia más intensa podrán protegerla de él el día que se le vaya la mano más de la cuenta. Cuando menos te lo esperes. Con el agua al cuello, se estremece. No se iba a enterar nadie. Pero hasta que llegue ese momento, María se consuela abriendo la llave del grifo al máximo para desviarse. Al cabo de unos segundos, ya no escucha más que la presión del chorro blanco cayendo en la pila. Intenta retener los versos, pero su mente ya no los recuerda. El agua lava los canales de su cerebro y lo limpia todo.

Un portazo la saca del desvío y la coloca de un plumazo en tierra firme. Ya falta poco para la tormenta, se dice, habrá sido un rayo. María se roza los pulgares, sabe que no es la lluvia la que llama a su puerta, pero cree que si lo repite muchas veces igual se cumple.

- ¿Otra vez te has dejado abierto el grifo de la cocina? Se escucha el ruido desde la calle- Primero viene el relámpago. Los gritos de Mario devoran el último estribillo de la canción de María, que tararea pegada al fregadero.

Y todo el camino aquella extraña canción. Para ra Pa Pa.

María pega la oreja al chorro de agua y no contesta. Para ra Pa Pa. Gira la cabeza y su mirada ávida se topa con el paquete de Tortitas Come Sano.

- ¿Me has oído, jodida loca? ¡He dicho que cierres el grifo!

¡Ahora vienen los truenos. María cierra el grifo, si no será peor, pero no contesta. Sigue cantando entre dientes. Para ra Pa Pa. Mario se para delante de la puerta de la cocina. Para ra...

- ¿Es que no me estás oyendo?

Los ojos de María se refugian en el paquete de Tortitas Come Sano pero la voz del entrenador se cuela en sus pensamientos. Quieren que les entrenes tú. Quince sirenitas, la reina del mar y 25 metros de largo de agua. Poco a poco levanta la mirada, llena un vaso con agua del grifo y empieza a sorberlo lentamente.

- Es que estoy muy nerviosa hoy. ¿Te acuerdas del señor Domingo? ¿De mi entrenador? Me llamó esta mañana. Quería contarme que va a formar un nuevo equipo.

La voz de María suena cada vez más baja, se convierte en un susurro, apenas un tarareo. Los ojos miel la miran fríos mientras sus palabras se apagan. Las manos bonitas parecen cada vez más grandes.

- Y tú le habrás contado que ya no vives allí, ¿no?

- Iba a explicárselo. Quiero decir que se lo expliqué. Todo. Le hablé de nosotros, de ti. Sabe que he dejado de nadar.- María apura el vaso. El agua tensa las fibras de su cuerpo, pero no aparta la vista de los ojos de Mario.

Si, cariño, pero no te preocupes que no le conté todo, se dice. Se me olvidó decirle que me pegas por las noches cuando has tenido un mal día, que no me cortas el agua porque la necesitas para ducharte por las mañanas, que me lo has quitado todo menos el jodido reproductor de CD’s.

Mario da un paso al frente con las manos mirando a María. En un abrir y cerrar de ojos los monstruos la aprisionan, uno acaricia su pelo, el otro la sujeta por la cintura como si quisiera abrazarla, pero solo consigue quitarle el aire.

- Ese pájaro ha intentado meterte ideas raras en la cabeza, ¿eh?

- No lo entiendes, estuvimos hablando de los viejos tiempos, del equipo, del agua.

- No pasa nada. En un par de días se te habrá olvidado todo y volverás a ser la de siempre.

- De eso se trata... Dijo que quería que volviera a ser la de antes. Quiere que entrene a las nuevas Sirenas.

El gigante que tiene en el pelo ya no se desliza sigiloso, ahora sujeta su cabeza, la aprieta firme contra su hombro.

- Ya, y estás disgustada porque luego se cabreó contigo.

- ¿Por qué iba a cabrearse?- la voz de María vuelve a bajar. El vaso de cristal tintinea tembloroso entre sus dedos. Ya no le queda agua. Estira el brazo y lo coloca a tientas sobre el aparador.

- Sí, ¿qué te dijo el viejo cuando le dijiste que no?

Una gota de agua golpea en la ventana, luego otra y otra. En un instante, la tormenta entera se concentra entre las cuatro paredes de la cocina, Mario, María, el agua y los monstruos.

- Sabía que hoy iba a jarrear.- le dice a la solapa de la chaqueta de Mario.

- Te estoy hablando.

La lluvia repiquetea fuerte mientras María intenta librarse del gigante para encontrarse con la mirada de Mario. El tarareo también repiquetea en su cabeza. Para ra Pa Pa. Piensa en el grifo cerrado del fregadero, en el goteo de la ducha. Sigue recto, hay un desvío. Pero a pesar de la tormenta, le resulta imposible desviarse.

- Le dije que sí.

La tormenta se agita dentro y fuera de la casa. El sudor se cuela entre los dedos de Mario. La saliva se desliza por la comisura de sus labios cuando ríe con los dientes apretados y reprime una carcajada salvaje. El monstruo se vuelve húmedo, resbaladizo. Aprieta a María con sus tentáculos. Ya no la dejará escapar.

- Dijiste que no, cariño.

María quiere mirarle, intenta hablar, pero abre la boca y su lengua se topa con el tacto seco de la chaqueta de Mario. Dije que sí, se repite. Dije que sí. De pronto, el monstruo la libera. Los ojos miel la miran a los ojos.

- Dirás que no.- La boca mojada de Mario chorrea hasta la barbilla. Sonríe como la calma que precede a la tormenta.

- No lo entiendes, cariño. Es lo que necesitábamos, dejarnos llevar por la corriente. Nos iremos lejos. Los dos. Y todo volverá a ser como al principio.

- Dirás que no.- Mario casi está tarareando. - Dirás que no, dirás que no, jodida loca, olvídate de las putas ballenas del Caribe.- Se ríe al ritmo de la lluvia mientras canta. Se carcajea con las manos en la tripa, como si fuera a desparramarse por el aparador.– Yo mismo llamaré al viejo para contárselo mañana mismo. Le diré que estás gorda de chocolate y te hundirías en el agua.

- Le dije que sí.- susurra María, que recoge el vaso del aparador y contempla el espectáculo a través de él. La figura de Mario se vuelve deforme desde del cristal. El monstruo se levanta guiado por el recorrido de sus manos, cada vez más cerca, cada vez más grandes. Hasta que María siente un dolor agudo en la cara y todo se vuelve negro. Su nariz está sangrando, pero sigue en pie. Y todavía sujeta el vaso entre sus dedos.

- ¡Le dije que sí!- grita a los cuatro vientos, aúlla más alto que la lluvia. - ¡Le dije que sí!- brama mirando a los ojos del monstruo. Cada vez son más pequeñas. No como las de María, que se hacen grandes a través del cristal. Después se estrellan en la frente del monstruo y todo se vuelve negro para él.

Se sienta en el suelo, junto a su marido, se limpia la cara y grita más alto que la tormenta. Le aparta un mechón de la frente y se topa con la mirada vidriosa de los ojos miel. Ya no la ven, están inconscientes, pero aún respiran. María le palpa la herida con sus dedos. Ya no huelen a chocolate, no saben amargos. Ahora están húmedos, pegajosos, más salados que el agua del mar.

Agua. Eso es lo que necesito, se dice. Agua en todas sus formas. Agua y lo poco que quedara de sus brazos de nadadora. Confiamos en ti, repite el entrenador Domingo en su cabeza. Lo que bien se aprende, nunca se olvida. Él sí que nunca la traicionaría, se lo había prometido. Iba a devolverla al agua. Le había dado su palabra y ella había dicho que sí. Había dicho que sí. Por eso, mientras un escalofrío de excitación recorre su espalda, vuelve a encender el reproductor de CD’s.

Es la hora del desvío y, esta vez, lo necesita más que nunca. Por eso, aprieta los dientes y agarra a Mario por las axilas con sus músculos blandos. Y con sus brazos de sirena le arrastra cuidadosa, casi cariñosa. No vaya a ser que se despierte. Primero hasta el cuarto de baño y luego hasta la bañera.

Aún queda espacio entre las piernas de Mario para colocar el tapón en el desagüe. Después, abre el grifo. Poco a poco la sangre que mana de la sien de Mario se diluye con el agua. El grifo escupe cada vez con más presión. Pronto cubrirá más. Al final, solo quedará agua.

Mar adentro, y con el agua al cuello. Te miré y tú dijiste...

Vuelve a canturrear antes de salir por la puerta. Aún le queda tiempo para arrojar la tableta de chocolate y el paquete de tortitas a la bañera. Y, mientras las onzas se funden y la pasta de arroz se deshace, abre al máximo el grifo del lavabo, se aclara las manos, y hace lo propio con la llave del fregadero, el lavaplatos, la lavadora...

Fuera, las ultimas gotas de la tormenta caen al suelo. Para ra Pa Pa, tararean.


SOBRE ESTE RELATO:


  • ¡¡Dios mío, hay un muerto en mi blog!! Pero esta vez no he sido yo, se lo ha cargado Nacho Vegas en estos Días Extraños. Si alguien es responsable de este cadáver, son los versos del autor intelectual de este asesinato, así que habrá que agradecerle la deuda, ¿no?
  • Y, hablando de reconocer deudas, otra vez he vuelto a intentar hacer el retrato psicológico de esta buena mujer (porque yo estoy convencida de que es buena, con la misma inocencia de un niño que mata un bicho en el parque) como lo hace Stephen King: a través de un detalle significativo (en este caso el vaso de agua) y una metáfora producto de la mente descontrolada (el desvío). Está vez, ha sido El retrato de Rose Madder.
  • Por cierto, que las cursivas son una técnica muy efectiva para enfatizar. Me pregunto si no será trampa utilizarlas...
  • Escribir a partir de una canción puede ser un gran desbloqueo. Aunque la verdad es que en mi caso fue al revés, estaba escuchando El tiempo de las cerezas cuando la imagen de esta nadadora ahogando a su marido en la bañera se coló en mi cabeza.
  • Ánimo, María, que pronto te pondrás en forma y serás una sirena otra vez. Nada mejor que cargarse a un tal Mario para reencontrarse a una misma y retomar los hábitos que nos hacían felices. Dentro de unos meses, la muerte de ese capullo será solo una sombra borrosa en tu mente, “un misterio incluso para ti”.
  • Completamente solo, bajo un sol abrasador, grité al perderlo todo y no reconocí mi propia voz. Mi voz.
  • ¡Mi reino por una coca-cola light! Callejear por el casco antiguo de este pueblo le daría sed a cualquiera. Y eso que aquí hay poco más que agua, agua por todas partes. La de las piscis del edificio de San Antonio, la del mar, la de las mangueras con las que se ducha la gente para ahorrarse el baño... En fin, agua de toda clase de tipos, a excepción de la que va buscando uno.
  • Será gracias a las clases que ahora me atiza la necesidad de escribir, no de “hacer deberes”. Ya se acerca el mes de octubre. Me sigue tentando apuntarme al curso de Relato Fantástico, pero temo que acote demasiado poder escribir solo textos fantásticos. Pero no niego que es un reto y que me tienta cada vez más. Lo que sí que tengo claro, es que voy a partir de ahora voy a escribir textos de este género para practicar. Ya tengo dos ideas, dos imágenes pero aún no sé cómo las voy a enfocar.
  • En la imagen, el agua del puerto de Barcelona. Me hizo gracia porque unos peces pasaron nadando por allí en ese momento, pero en la foto no se aprecia.

Retazos II: Piedras



El hombre mira a su alrededor pero no encuentra a nadie. Ha buscado por todas partes, pero al final solo han quedado la piedra, la cuerda y él. Bueno, también está el puente, que le aguarda al otro lado de la calle y, al fondo, el río. Y, tras ellos, la nada, o eso espera. El hombre ahoga una lágrima esquiva. Se pregunta por qué lo hace. Si nadie puede verle, ¿qué importa que se deslice silenciosa hasta escurrirse por su barbilla? Agarra la cuerda y la convierte en soga. Pero, por más que se esfuerza, ya no recuerda dónde o cuándo aprendió a hacer nudos corredizos.

Camina silencioso y, silencioso, se despide de las calles, las esquinas y de esas farolas que ya nadie arreglaría jamás, por lo menos para él. Gira la cabeza en cada rincón oscuro esperanzado, o quizás temeroso, de toparse con otra cara. Pero allí no hay nadie. Y, al final, las mariposas que revolotean en su tripa cuando intuye algún sonido también se van. En el último cruce se yergue el puente, salpicado de frío y suciedad. Tal y como otros lo vieron antes de besar el agua, tal y como el hombre lo había visto por última vez, cuando se coló en el vacío de su cabeza y se hizo un hueco para quedarse. Y, así, un día tras otro, allí estaba el puente, la única salida entre sueños y vigilias, noches despejadas y mañanas de niebla.

Ahora le miraba por última vez con ojos acuosos y cuencas de piedra. La que lleva en sus manos pronto será una más del fondo. Pesa tanto que tiene los antebrazos doloridos y arañazos en la piel. No por mucho tiempo, se dice, ahora el agua lo curará todo. Con un suspiro coloca la piedra en el suelo y la ata al otro extremo de la cuerda. La soga ya está en su cuello, lista para hundirse en el río.

Cuando alza la vista distingue un bulto oscuro a unos cuantos metros. El hombre ahoga otra lágrima justo cuando pensaba que nunca lo iba a volver a hacer. Es una lágrima de risa, y eso que estaba seguro de que nunca más reiría. La figura oscura es otra piedra, una losa ligeramente más pequeña que la suya. Y la rodea una cuerda que termina en el cuello de una mujer.

Las dos piedras descansan en el suelo. Las sogas parece que se aflojan. El hombre y la mujer se miran. La lágrima de él provoca la sonrisa de ella. De un momento a otro parece que estallarán en una carcajada. Mientras, el puente les contempla reflexivo, con aguas mansas y oscuras.


SOBRE ESTOS OTROS RETAZOS:

  • ¡Todo Cullera está lleno de medusas!
  • Nunca pensé que estos retazos vieran la luz en el mes de agosto. Nunca escribo en estos periodos vacacionales en los que tengo que pasar las 24 horas del día (esto incluye las de cansancio, sueño e insomnio) con Ale Pero este año ha sido distinto, estas han sido las primeras vacaciones familiares de más de dos semanas que he pasado en diez años. Y, ya se sabe, cuando el tedio condena, la imaginación ordena.
  • La culpa de esto la tiene un cuadernito naranja del conejito Miffy que compré en un chino de por aquí (“por aquí es Cullera, aunque cuando suba estos textos al blog ya estaré en Madrid. Es que desde el Ciber de aquí me resultó imposible). Y, así, también por primera vez en diez años, volví a escribir a mano. Y, creo que lo echaba de menos.
  • Es curioso que Miffy haya sido más inspirador que la libreta de cuero curtido que me regaló Jorge hace años. Será porque en esas páginas puedo divagar y tachar a mi antojo.
  • Nunca escribiré un texto lo bastante bueno (o que me guste lo suficiente) como para quedarse a vivir en la agenda de cuero, así que ya he decidido lo que haré con ella: a partir de ahora la utilizaré para apuntar los libros que voy leyendo con su fecha correspondiente.
  • Curiosa, esta historia. Se me ocurrió viendo un capítulo de Los Simpson en el que ya no me acuerdo qué pasaba. El final salió así. Defiende que el ser humano no está hecho para vivir en soledad.

Retazos



I

Otra vez el chillido metálico del teléfono. Mortimer se revuelve entre las sábanas una mañana más. Y, una mañana más, se dice a sí mismo que debería haber llamado primero. Si no, el alarido nunca se callará. Y la voz aguda de Úrsula, tampoco.

- ¿Otra vez es el contestador el que paga los platos rotos? ¿Dónde te has metido, Mort? Ayer te estuve llamando toda la tarde. Y no me digas que no lo sabes porque has tenido que ver las perdidas en el móvil. Te doy hasta esta tarde, ¿te enteras? Te juro por mi madre que si no me devuelves la llamada no me vuelves a ver.

Mortimer se frota los ojos. Aún tiene legañas cuando agarra su extremo de la sábana y se da la vuelta para seguir durmiendo. Tengo que llamarla, reflexiona antes de que todo se vuelva negro de nuevo.

II

El auricular vuelve a temblar desde la mesilla mientras el sol brilla un poco más alto y se cuela en el somier. Mortimer se agita. Otra vez la misma canción, y justo cuando había recuperado el sueño. Úrsula chilla más y más alto.

- Mort, sé que estás ahí. Coge el teléfono o voy para allá. ¿Te crees que soy idiota? Sé un hombre y dime a la cara lo que tengas que decirme. Cobarde. Si no recuerdo mal, eras tú el que decía que teníamos algo, que a partir de ahora iríamos en serio.

Cobarde. Es la primera vez que una chica le llama cobarde. Cobarde, resuena en sus oídos. Pero el sol le deslumbra y cierra los ojos para esquivarlo.


III

Un minuto o tres días después el reflejo de la luz persiste en la ventana y la voz- despertador de Úrsula atrona de nuevo.

- ¿Sigues ahí? No, si encima te habrá pasado algo. No me extrañaría, con la cabeza loca que tienes. Me importa un comino lo que sea. El ultimátum sigue en pie. O me llamas hoy o no me vuelves a ver. Y, así de paso, me aseguro de que estás bien. Que no te lo mereces, cabrón, pero si no me preocupo yo por ti no lo va a hacer ninguna de esas, por mucho que te creas.

Mortimer respira profundamente, bosteza y estira el brazo para toparse con algo entre las sábanas.


IV

Hora de levantarse. Mort se retuerce por última vez. Desenvuelve la sábana de su rodilla sudorosa. Sus dedos buscan el recorrido de la espalda que duerme a su lado, sus cabellos enredados, su piel perfumada. Su cabeza busca la llamada de Úrsula. Ya falta poco. Sabe cuál es el siguiente paso. Pronto el teléfono volverá a sonar. Cuatro tonos y un despertador demasiado ocupado. Deje su mensaje después de oír la señal.

- Mort, me estoy empezando a preocupar en serio. El día menos pensado te va a pasar algo. Y ya vendrás llorando, ya, esperando que recoja lo poco que quede de ti. Si es que, en el fondo, sabes que soy la única que está ahí, la que de verdad te... Necesito comprobar que todo va bien. Llámame, ¿vale? Sabes que puedes contar conmigo para lo que sea.

Otra vez el pitido después de colgar y luego el silencio. Mort se frota los ojos con la mano que le queda libre. La otra se funde con el cuerpo suave que duerme a su lado. Se despereza tranquilo. Sabe que puede contar con Úrsula, que es la única que siempre estará ahí porque nunca le mentiría. Ella no. No es como las demás, por eso nunca dará el siguiente paso. Nunca se atrevería a presentarse allí, a llamar a su puerta. Al fin y al cabo, le conoce mejor que nadie, por eso soportaría ver la realidad con sus propios ojos. El teléfono vuelve a sonar cuando Mort abre el grifo de la ducha. Ya ni lo escucha.


SOBRE ESTOS RETAZOS:

  • Este es un intento de relato secuencial. Sí, ese aquel que quedó pendiente antes de mis tediosas vacaciones en Cullera (pueblo en el que, por cierto, solo hay una librería con cuatro libros y tres revistas).
  • Es una historia de desamor por parte de él y auto tortura por parte de ella. Se basa en la premisa de que ‘Ojos que no ven, corazón que no siente’. La cabeza nos juega malas pasadas a veces y se niega a procesar aquello que cree que no podemos soportar.
  • Este personaje que nos cae tan “bien” (y, nunca mejor dicho lo de “personaje”) debe su nombre a tres personajes literarios. En primer lugar a Mort Rainey, protagonista de “Ventana secreta. Secreto jardín”, una novela corta de Stephen King que me leí estos días. Es la historia de un escritor que pasa de ser víctima y verdugo en un segundo y escoge los nombres de sus personajes y lugares con la misma técnica que yo (a mí me da muy malos resultados porque la gente suele ofenderse cuando utilizas su nombre). Los otros tocayos de mi Mortimer son el propio “Mort”, personificación suplente de la muerte para Terry Pratchett, y el Mortimer de “Corazón de tinta”, una peli estupenda que vi ayer (26/08/09).

sábado 22 de agosto de 2009

Pues nada...


Pues esto tan bonito de aquí es la vista de Cullera desde el mirador del Santuario de San Antonio y así, cual monje (o monja), llevo veinte días dedicándome a la vida contemplativa. Estas tres semanas, he dejado las lecturas "semi profundas" de los últimos meses y me he traído lo que se suele llamar libros de verano: Stephen King, una adaptación sencillita del Bushido y El cuento número trece, que lo compré en la única (ya tiene delito) librería de este pueblo. No había mucho dónde elegir, la verdad.
A pesar de ello, hoy estaba muy contenta, porque en este periodo de reflexión me ha dado tiempo a hacer nuevos amigos literarios, contestar una entrevista y escribir dos amagos (últimamente esta palabrita está de moda) de relato. Yo los llamo retazos, y son el motivo por el que "estaba" y ya no "estoy" contenta. Y, es que, mi aspiración era subirlos hoy al blog para que su publicación coincidiera más o menos con las fechas en que fueron escritos. Sin embargo, por algún extraño motivo, el Open Office de este Cíber me impide copiar y pegar textos. Habráse visto... Tendré que esperar a Madrid :(
La semana que me queda, la dedicaré a escribir un relato de verdad... "Agua" se va a llamar. Hace mucho tiempo que no me mancho las manos de sangre y ya lo echo de menos...