Una palabra vale más que mil imágenes

miércoles 30 de septiembre de 2009

Mermelada


D.R. pasó toda la noche soñando con mermelada. Se relamía en sueños pensando en su textura dulce y pegajosa. Imaginaba el crujir suave del azúcar entre sus dientes y sonreía. A las seis de la mañana, cuando unas apetitosas tostadas se colaban en su cabeza, sonó el despertador. D.R. se incorporó de un salto en la cama. Había rumores de que esas máquinas ya no solo leían el pensamiento, sino también los sueños. El delito por tenencia de comida orgánica no acarreaba la muerte, como las relaciones físicas o el consumo de alcohol, pero significaba cadena perpetua.

Se frotó los ojos durante unos segundos. No tardarían demasiado en descubrir que D.R. escondía un tarro de mermelada de fresa en el armario más alto de su cocina. Todavía lo veía todo rosa fuxia, rosa mermelada de fresa, y en menos de una hora tenía que volver a la fábrica. Pero no le importaba lo que pasara hoy, ni que ese día fuera el último. Solo quería tostadas para desayunar. Y no esa mierda de suero inyectable.

Después, llegaría como un día cualquiera y se ensuciaría las manos de grasa entre metales inflamables, sopletes incandescentes, bombas de hidrógeno, protones foto voltaicos. Dejaría la mente en blanco cuando tuviera que mirar a la cara a esos androides estúpidos y con un poco de suerte nadie sabría nunca que había encontrado comida de verdad entre los restos de una hoguera.

Rápidamente, se deslizó hasta el cuarto de baño y dejó que las asquerosas manos androides que salían del espejo y del lavabo le afeitaran, le lavaran los dientes. Lo que los robots les habían vendido como ayudas no eran más que formas de control. D.R. siempre lo supo. Cuando el resto de la humanidad quiso darse cuenta, ya era demasiado tarde. Y ahora ya no eran más que los esclavos de esas fábricas. Los prisioneros de esas máquinas descerebradas.

Cuando las manos terminaron de vestirle fue a la cocina y apagó el cuadro de mandos que colgaba de la pared. A oscuras, solo distinguía el jadeo de su respiración y el temblor de sus manos. Pensó en el olor empalagoso de la mermelada, en su tacto gelatinoso y sintió que se le humedecían los labios.

Se sentó en el suelo de la esquina más escondida con el bote de cristal entre sus dedos. La tapa de plástico emitió un sonido vacío al girar. Algo parecido a un plof. Las fosas nasales de D.R. se dilataron y aspiraron profundamente el aroma de la mermelada. Y su nariz se llenó de hierba fresca, de frutas silvestres, de campo. Y de azúcar, sobre todo, azúcar. Hundió la mano hasta el fondo del bote y, por una vez, se alegró de que, por culpa de las ampollas de suero, ya no quedaran cucharillas de postre.

Primero, se chupó los dedos uno a uno y se empapó los labios hasta que se le quedaron pegados de fresa. Cuando volvió a abrirlos, lamió compulsivamente el borde del tarro de cristal. Al cabo de un rato, inclinó el bote, aún quedaba más mermelada dentro, así que decidió que se la bebería como si se tratara de un delicioso batido de frutas. Después, su lengua apuró los restos que quedaban en el cristal redondo, en la tapa en su boca y hasta en su barbilla. Finalmente, se limpió los dedos en la camisa blanca y aspiró el olor impregnado en la tela.

Cuando D.R. se levantó del suelo la cabeza le daba vueltas. Se apoyó en la pared de la cocina, que parecía girar a su alrededor. Alzó la cabeza hasta el techo negro de la habitación y sintió que el azúcar corría por todas sus venas, que revivía cada fibra de su cuerpo. Rosa fuxia, rosa fresa en medio de tanta oscuridad. Y, por primera vez desde el advenimiento de los androides, se sintió vivo, lleno de energía.

Aspiró una vez más el aroma dulce de su camisa manchada y deseó tener un androide frente a frente. Imaginó que le arrojaba el frasco de cristal en sus narices metálicas, en su cara inexpresiva. Y quiso encender el cuadro de mandos, asomarse al balcón con el frasco entre sus dedos y gritarle al mundo que estaba ebrio de azúcar, de confitura casera, de las flores del campo y el murmullo del viento. Ebrio de humanidad.

Un ruido seco golpeó contra su puerta. La cabeza de D.R se quedó en silencio. Los restos de azúcar aún tintineaban por su piel, pero se le había erizado el vello de los brazos. Le habían oído. Cómo podía haber sido tan estúpido.

Otro ruido, aún mayor, se coló en todos los rincones de su casa. Después, el sonido de un motor recién arrancado y el chirrido de una sierra mordiendo la madera. En unos pocos segundos, la casa de D.R. se llenó de sombras plateadas y pisadas metálicas. Al cabo de un minuto, un resplandor se extendió por toda la habitación. D.R. se dio la vuelta y se topó con el rostro del androide que acababa de accionar el cuadro de mandos. Una de sus manos terminaba en una sierra mecánica. Dejó caer el bote de mermelada sin darse cuenta.

El robot se agachó a recoger uno de los restos de cristal, el más grande. D.R. miró deseoso la puerta de la calle. Antes de que se le ocurriera echar a correr, advirtió que nueve sombras grises con brazos de ametralladora apuntaban a su cabeza.

- Por eso el reglamento prohíbe la comida orgánica.- señaló el androide mientras olisqueaba el trozo de cristal. – Estimula tanto las fibras humanas que todo se vuelve caos. -dijo. Era la quinta detención del día. Borrachos, parejas copulando en el parque, obreros rebeldes... Ya empezaba a estar harto de tanto organismo vivo.

- Vosotros sois el caos.- susurró D.R. al cuello de su camisa.

- Te he oído, humano. Tus pensamientos gritan tanto que se escuchan al otro lado de la ciudad. - contestó enfadado. Esas ideas locas de sentimientos y sentidos llevaban todo el día resonando en su cabeza.

- De todas maneras nunca me habrían concedido un juicio.

- Conoces la pena por... esto.- afirmó el robot con voz mecánica. Escrutó el bote con su mirada opaca. Lo examinó con sus manos para descubrir el poder de ese cristal. El humano parecía dispuesto a perder su libertad por él.

- Suenas una puta grabación.- contestó D.R. Los dedos de aluminio apretaron ligeramente los gatillos. Solo se escuchó un click. Dispararían a la señal. Un solo gesto y todo habría terminado. Muerte por insubordinación. Un solo gesto y se acabarían las briznas de hierba, las bocanadas de aire puro. La cárcel no sería un destino mejor, pero al menos le quedarían sus recuerdos.

- Preparados para prenderle.- el androide alzó el brazo. La luz del fluorescente se reflejó en la sierra mecánica. Unas cuantas manos esposa la rodearon en un instante.

Cada fibra azucarada de D.R temblaba en su interior. Se dispuso a extender las manos hacia los robots y pasar el resto de sus días entre cuatro paredes metálicas sin ventanas. Pero antes, bajó la cabeza y aspiró una vez más el olor a fresas de su camisa. Las cuencas vacías del androide se abrieron como platos.

- ¿Qué es eso?- el robot acercó su nariz a la mancha de mermelada.- Yo no huelo nada.Vuestra obsesión por los sentidos nos ha regalado esta guerra.- dijo. D.R. se echó a reír.

- No hueles nada, pedazo de lata, porque no tienes nariz. No eres más que una asquerosa máquina artificial.- El androide acercó la sierra al rostro de D.R., que emitió una sonora carcajada. – ¿Qué te importa matarme aquí mismo? Nunca estarás vivo.

El robot bajó el arma, olisqueó una vez más la camiseta y fijó sus cuencas negras en las pupilas de D.R. Otro igual. Vivo, decía. ¿Y para qué? ¿Para ser como ellos? Locos, enfermizos, esclavos de sus instintos y sensaciones...

- Quitadle la camisa.-ordenó.

- ¡Y una mierda!- D.R. se agachó y tomó un trozo de cristal entre sus dedos manchados. Antes de que le diera tiempo a arrojárselo al androide, nueve brazos metralleta le acribillaron a balazos.

- ¡Y ahora todos fuera de aquí! – gritó el androide. En un instante, las sombras plateadas se evaporaron y el cuerpo ensangrentado de D.R. se quedó a solas con el robot.

- Ahora ya no queda nada vivo en esta habitación. Ni siquiera tú, humano.- El androide se agachó y empapó sus dedos con la sangre de D.R. No sabía si estaba caliente o fría. Se la llevó a sus labios cerrados, luego a su nariz sin fosas nasales. Nervioso, se limpió la mano en la pechera del uniforme. – Morir por una camisa manchada, estúpido humano...

Dio media vuelta para abandonar la cocina y se topó con el frasco quebrado de cristal. Estaba lleno de manchas. No eran exactamente rojas. Parecían más intensas, brillaban de un color que el androide no había visto jamás. Acercó su mano, pero la mermelada resbaló entre sus dedos antiadherentes. La palpó con sus labios cerrados, pero no sintió nada. Intentó olerla una vez más, pero sus fosas nasales no procesaron el olor a fresa.

- Cómo se puede dar la vida por esto- gritó a la nada o, más bien, lo intentó, porque en aquel momento le pareció que su voz sonaba como una grabación. – Cómo se puede morir así.- volvió a gritar, pero su tono no se alteraba.

Aspiró el aroma del bote manchado hasta que el cristal arañó el metal de su nariz. Lo intentó con fragmentos más pequeños, con manchas más grandes, hasta con la camisa ensangrentada de D.R., que le miraba con sus ojos muertos desde el suelo.

- Todo esto es culpa tuya. De todos los humanos.- el androide cogió el bote de mermelada y lo arrojó contra la pared de la nevera. Millones de cristales saltaron por la cocina de D.R mientras el robot alzaba un brazo teléfono.- Pásame con la central.- ordenó a la voz que sonaba al otro lado.- A partir de mañana el consumo de comida orgánica también supondrá la muerte, sobre todo el de mermelada de fresa.


SOBRE ESTE RELATO
  • La foto es un lienzo de Photoshop coloreado de rosa. Casualmente, la semana pasada vimos el significado de los colores en clase de Diseño Gráfico. El rosa es la feminidad, la ausencia de maldad, la vitalidad. En este cuento, significa la semilla de la rebelión.
  • Porque hace muchos, muchos años, yo fui una mancha rosa entre camisas blancas. Cuando mi madre pintaba las paredes de mi cuarto y me vestía color chicle. Al cabo de los años, me convertí en una mancha negra. La semilla de la rebeldía...
  • ¿Mermelada? ¿Azúcar? ¿Tostadas? ¿Tanto se me nota que estoy a dieta? Extralimitar estos conceptos me ayuda a no darles demasiada importancia.
  • Este relato es hijo de los relatos de Bradbury. Sí, sí, es cierto, me encanta plagiarle. Lo sé.
  • También han influido '1984' y 'V de Vendetta'. Y los cuentos de Asimov, creo. Cuando me lea alguno lo confirmaré, pero me los imagino como este texto (salvando las distancias, por supuesto). De la influencia de Nacho Vegas me he liberado ya.
  • ¡Se me olvidaba! Este relato se me ocurrió este verano viendo un capítulo de los Simpson en el que Homer va a trabajar con una camisa rosa porque se le destiñe la ropa de ese color. Era un puntito de color en un mar de ropa blanca, ¡impoluta!
  • En esencia, es un intento de Ciencia-Ficción de esa minimalista, en la que no hace falta explayarse en detalles tecnológicos para contar una buena historia. Me siento muy cómoda escribiendo en este registro.
  • También se basa en la importancia de satisfacer las necesidades primarias: comida, sueño... que tantos ratitos de felicidad nos dan al cabo del día.
  • Para que no haya errores de esos de "¿Cuál es el punto de vista del narrador?" o "¿Sobre quién está puesto el foco?". Pues ¡sobre el tarro de mermelada!, ¿vale? Único testigo de todos los sucesos que desencadena su presencia.
  • D.R. debe su nombre a Drill: el extraterrestre protagonista de 'Hora Cero'. Un relato de Bradbury que no voy a desvelar y recomiendo encarecidamente. Aunque también había un tal D.L. en la primera temporada de 'Héroes', que es una de mis series favoritas.
  • La frase que más me gusta de este relato es : Tus pensamientos gritan tanto que se escuchan al otro lado de la ciudad.
  • Justo después del atracón de azúcar de D.R. (¡oh, casualidad!) ha empezado a sonar la pista 9 de la B.S.O. de Batman Begins, una de mis predilectas para escribir. Como era el track más cañero, a mi chico le han entrado ganas de salir al balcón y gritar a los cuatro vientos que se rebelaba contra su destino.
  • D.R. tenía que morir gritando ¡Malditos bastardos! porque ayer vi la nueva peli de Tarantino y me gustó mucho. Al final lo he dejado pasar porque no me encajaba bien y me parecía un exceso de frikismo.
  • Buscando fotos rosas en la Wikipedia, me he encontrado con una rosa azul preciosa, uno de mis símbolos preferidos.
  • Últimamente estoy inspirada. A ver si me dura.
  • Este viernes empieza el taller. Ya tengo ganas (y nervios).

martes 22 de septiembre de 2009

La gitana




Las gentes de Norteña me llaman diablo. Hace solo unos días que llegué y ya ha corrido la voz de que soy el contrabandista más fiero del lugar. No les falta razón, pero ni el más taimado de los forajidos puede trabajar solo. Por eso, he pasado las últimas semanas buscando mano de obra en la taberna del puerto. Todo vale en este pueblo: ladrones, asesinos, piratas, malhechores. La pobreza los crió y ellos se juntaron en “La Sirena ensartada”, aunque dudo mucho que alguno de ellos sea adecuado para mí.

El infierno del contrabando no es cosa de risa, aunque el vaivén de las caderas de la gitana que baila en la taberna tampoco. La verdadera sirena ensartada. Por algo es la esposa del dueño de ese tugurio. Una diosa en un mar de almas sucias. Gracias a ella, este embarcadero de ratas y podredumbre es un poco más soportable.

Pero no hay mucho donde elegir. Las gentes de Norteña roban para comer, matan por un plato caliente y un vaso de vino, pero no tienen madera de asesinos. Lo hacen por dinero, no por placer. Les falta sangre fría y les sobran escrúpulos para formar parte de ese infierno de contrabando. Se mueven por impulsos y me dejarían tirado a la mínima de cambio.

Solo tengo que pasear por sus mesas para calar cada una de sus almas sucias. Ninguno de ellos es mucho más profundo que el gordo tabernero. Me basta con mirarles a los ojos y leer en su mente. En la de la esa vieja que se quita años con una dentadura postiza y un marido joven que hurga en su cartera cuando nadie le ve. La de ese pequeño que extiende una mano de dedos sucios y un bote de metal con tres monedas mientras su hermano mete mano en el bolso de los más crédulos. Almas sucias.

Aspiro una bocanada de humo. La gitana se bambolea una noche más, antes de que ese tabernero barrigudo intente endosarme una cerveza de Malta en lugar de mi habitual aguardiente.

-¡Tabernero!- mi voz grave, ronca precede un sonido de cristales rotos. La mesa de madera reposa en el suelo. – Esto no es lo que he pedido.- le susurro al oído mientras se agacha a recoger el estropicio. La gitana le mira, me mira. Contonea la cintura y estira un brazo lleno de pulseras brillantes y una alianza dorada que le aprieta demasiado el dedo. A la señal, las guitarras flamencas vuelven a tocar como si nada. Parece que sus ojos negros son más oscuros que otros días. Creo que el espectáculo le divierte.

El tabernero se levanta del suelo y se cruza entre nuestras miradas. Se muerde la comisura de los labios con dientes negros y gruñe como un perro.

– Es la tercera jarra en un mes.- Pronto empezará a babear, pero no será en el cuello de mi camisa. Me aparto sin quitarle la vista de encima.

– Esto no es lo que he pedido, viejo.

– El aguardiente es demasiado caro para estos tiempos. Tendrás que conformarte con la cerveza o buscarte otro nido de víboras para formar equipo.- Le miro más profundo y se aparta.

– He dicho que quiero un vaso de aguardiente de esa botella que guardas debajo de la barra. Ahora.- Solo un gesto, mi mano se acerca al bulto que sobresale del bolsillo de mi chaqueta. Mis dedos se cierran en torno al cañón que apunta al viejo. El tabernero cierra los puños me da la espalda y se aleja. Alma débil.

Al cabo de un rato vuelve con un vaso sucio rebosante de licor. Me lo pone delante de la cara y se mancha los dedos cuando lo coloca de un golpe en mi mesa.

- Es la última vez, miserable. Esta botella es solo mía.- me increpa. Le agarro del brazo antes de que se vaya.

- Cuídate mucho de mí, viejo. El día menos pensado te toparás conmigo en el callejón más oscuro de este pútrido pueblo y no habrá víbora que te defienda.- Mi aliento de aguardiente se derrama en su rostro mientras mis dedos se aferran al arma que espera en mi bolsillo.

La gitana baja del escenario y se acerca a su marido. Le roza la barbilla con sus uñas puntiagudas y me mira traviesa. Las guitarras españolas la acompañan desde el escenario. Entona canciones del amor y del abismo con su voz de sirena ensartada. Asoma una pierna morena entre los pliegues de la falda y se desliza la blusa a la altura del hombro. Mis labios no lo pueden evitar y se abren en una sonrisa turbia. A este paso, pronto seré más baboso que ese perro tabernero. La gitana se inclina hasta rozarme con el escote de esa blusa.

- Diablo.- me dice al oído antes de pasar la mano por los cabellos ralos de su marido y volver a sus tonadas de mujeres hermosas y hombres condenados de amor.

- Es solo mía- repite el tabernero en un intento de advertencia.- Solo mía.- me dice dándome la espalda. Ni puede apartar la vista de ella ni soporta mirarme a la cara. Mis dedos abandonan el arma en el fondo de la chaqueta. El viejo no lo merece. Ese cadáver zafio y vulgar a mis pies ensuciaría mi reputación.

Ya es casi medianoche y aquí no hay ni un alma. Solo quedan unos cuantos corsarios. Entran pisando con patas de palo y matan para rendir pleitesía al rey y embolsarse, con suerte, dos o tres monedas de oro. Ninguno es lo bastante bueno para llevármelo conmigo, ni siquiera el mercenario que comparte cerveza con su próxima víctima. La pobreza los crió. Almas sucias, débiles.

Ya es más de medianoche. Ya no suenan las guitarras. La gitana se cubre con un chal de lentejuelas y baja del escenario. Al pie de la tarima la espera su perro guardián. Él me mira por encima del hombro y aprieta fuerte el brazo moreno de la sirena. Seguro que está pensando que el aguardiente, como las otras cosas buenas de la vida, es solo para él. No temas, perro viejo, que aunque ellos son demasiado malos la diosa es demasiado buena para venir conmigo. A pesar de que clave su mirada negra en mi corazón negro y se agite para escapar del abrazo del tabernero.

No puedes venir conmigo, gitana, no sabes lo que es vivir en el infierno. Me mira y la miro por última vez. Hasta mañana, pequeña. Su cola de pez intenta escurrirse del anzuelo que la ensarta antes de perderse en la noche. Después, el brillo dorado de su alianza se apaga en la oscuridad.

Aspiro una bocanada de humo en la esquina del callejón. Me miro las manos negras, sucias de hollín, ascuas, carbón, qué sé yo. Aspiro otra bocanada de humo mientras las almas perdidas de Norteña descansan. Cuanto antes salga el sol, antes volverá a caer.

Me apoyo en la esquina del callejón y los minutos se deslizan hasta el crepúsculo. La gitana se bambolea una noche más. Esta noche viste de negro. El escenario se llena otra vez de acordes flamencos y canciones del averno. El brillo de la alianza llega hasta mi mesa. Y es lo único, porque esta noche ni la cerveza ni el aguardiente ni el tabernero han hecho acto de presencia.

Me mira y la miro desde la tarima. Pero con aguardiente o sin él, ya es hora de encontrar un alma digna en este tugurio. Mi infierno está cada vez más lleno de almas pobres. Pero una noche no hay más que ansia de dinero en “La sirena ensartada”. Los corsarios ya están borrachos de ron. Dentro de poco se enzarzarán en una pelea sin sentido y terminarán matándose el uno al otro. El joven se fundirá en putas la fortuna de la anciana. Los niños morirán en la horca cuando el policía al que intentan robar les descubra. El mercenario se disparará un tiro por error al limpiar el rifle. Norteña solo alberga almas perdidas.

Aspiro una bocanada de humo y una botella de aguardiente golpea contra mi mesa. Alzo la cabeza para insultar a ese gordo maleducado y me encuentro con los ojos de la diosa. Otra vez brillan oscuro. La miro, me mira. El pobre tabernero no volverá a servir. No necesito leer su mente para saberlo. No la de ella.

- Diablo.- susurra. – A partir de esta noche, esta botella es toda tuya. – Y desliza las manos por sus caderas. Esta noche su dedo brilla distinto. Luce dos alianzas. Otra vez pones la sonrisa turbia en mis labios, gitana.

La sirena alza una copa y brinda por los muertos. Ahoga una lágrima mientras mira al público de frente y me esquiva de reojo. Las almas perdidas del bar la miran con deseo, la codician casi más que el ansia de riqueza que les ha llevado a ese lugar. La sirena ensartada sube de nuevo al escenario. Un alma digna de matar por placer. Demasiado buena y demasiado mala para hacer negocios con el diablo y terminar en el peor de los infiernos.

Aspiro una bocanada de humo y subo al escenario a cobrar el botín. El aguardiente me abrasa la garganta cuando mi pistola clava un tiro en el corazón negro de la gitana. Al pie de la tarima, las almas sucias de Norteña gimen por ella. Pero la diosa es mía.

- ¿Diablo?- susurra. La envuelvo con mis brazos y desciendo con ella. En el escenario solo queda un rastro de azufre.


SOBRE ESTE RELATO

  • Bueno, ya tocaba escribir algo un poco en condiciones, que llevaba mucho tiempo parada en todos los sentidos, creo (chiste malo).
  • Al igual que el anterior, este cuento se me ocurrió en la playa. Fue con otra de las canciones de Nacho Vegas, Montenegra, aunque también tiene matices de Serie Negra y del Romancero gitano de Lorca. Una mañana tomando el sol, se encendió esta idea que no ha visto la luz hasta varias semanas después.
  • Y donde dice "sirena ensartada", léase Sirena varada.
  • La foto la pondré mañana, porque son las mil de la mañana y no tengo muchas ganas de buscarla ahora, la verdad.
  • He elegido escribir este relato hoy porque esta mañana me he quedado sin mi curso de Avid por un estúpido problema burocrático. Si el destino dispone que tenga más tiempo libre y menos horas de clase, ¿quién soy yo para desafiarle?
  • Y la verdad es que me mola bastante, cosa rara en mí. Aunque ya lo revisaré con calma porque tiene mil fallos.
  • Ha sido todo un logro terminarlo dado que han intentado interrumpir mi ritual de Banda Sonora, luz de lamparita de IKEA, vela perfumada y barrita de incienso. Salta a la vista que han fracasado.
  • Por el contrario, que me escriban mensajes cuando estoy inscribiendo me ayuda a inspirarme. Una cosa por la otra.
  • Me pregunto si tanta serie de vampiros (True Blood), manga de vampiros (Vampire Knight) y libro de vampiros (Soy leyenda) me está volviendo un poco monotemática y todavía más macabra :D.
  • Por último, y no por ello menos importante, no me puedo ir a dormir sin contar que este es el primer intento de mi nueva cabecera. Hoy me sobró un ratito en clase y me he puesto a recopilar imágenes de espinos, alambres de idem y similares. La tipografía es de Pesadilla antes de Navidad. Lo malo que no la he recortado bien y sobresale un poquito. Al fin y al cabo, solo es una prueba.

miércoles 16 de septiembre de 2009

Historias de amor y cuentos de vampiros



Ya he terminado dos libros de mi ejército de ocho (o nueve, ya ni se sabe).
  • El primero, "Soy Leyenda", me ha sorprendido gratamente. Vi la peli con Laura en el cine, aunque no recordaba más que el principio y el final (no sé porque, pero esto me pasa muy a menudo), y he de decir que no se parece en nada al libro. En nada, nada, de verdad. Es de los finitos, breve y minimalista en batallas y sentimientos, pero refleja a la perfección la angustia existencial del último hombre vivo sobre la tierra y su lucha por eliminar a los monstruos que han destruido todo el mundo que conocía. Y encima, un buen día descubre que se ha acostumbrado tanto a estar solo que ya no desea la compañía humana.

  • El segundo, "Un grito de amor desde el centro del mundo". Es un melodrama japonés en toda regla. Se trata de un best-seller apto para todos los paladares, excepto para el mío, que asume y disfruta con los suicidios rituales y las muertes épicas, pero rechina cuando se topa con niñas de dieciseis años gravemente enfermas y chavales de diecisiete que esparcen sus cenizas con lágrimas en los ojos. Lo peor son esas charlas filosóficas de medianoche. Si cambiamos la isla y el castillo por el parque de Atenas y los bancos de piedra de Velázquez...

Ahora creo que optaré por reencontrarme con los cuentos de mi viejo amigo Ray Bradbury. Le abandoné en Semana Santa cuando terminé "La feria de las tinieblas" y ya le estoy echando de menos.

sábado 5 de septiembre de 2009

Antología Déjame Salir




Hoy tengo que ponerme seria, muy seria, o más bien solemne. Y tengo que reconocer que muy orgullosa (no puedo mentir en mi propio blog, ¡si es casi como mi diario!, público, pero diario, al fin y al cabo...). Y es que:

El 10 de agosto salió a la venta la antología de relatos de terror Déjame Salir. Una recopilación de las 23 historias que salieron de las cabecitas de los finalistas del certamen de relatos de terror de la Editorial Círculo Rojo, donde he de decir que la gente es verdaderamente encantadora :D. Así que a partir de ahora, el 23 será un número mágico.

Si queréis comprar el libro (os querré siempre :D) podéis hacerlo en estas librerías. La portada es realmente chula. La imagen es la ganadora del certamen de fotografía de la editorial. También se puede comprar por Internet a través del correo info@editorialcirculorojo.com.

Y si aún dudáis de que esta obra es una obra maestra y sus autores unos grandes podéis conocer todos los detalles del libro en el dossier.

Imperfecta Simetría




Mi colega, y compañero de páginas en la antología 'Déjame Salir', Darío Vilas y su amigo Rafa Rubio acaban de publicar 'Imperfecta Simetría' en la Editorial Círculo Rojo. Se trata de una antología de relatos que transcurren en la isla Simetría, un lugar que sus creadores califican como "decadente", "morboso", terrorífico", "absurdo"...

Y en el que todo puede pasar. Si deseáis saber más... pinchad en los enlaces. Y si os animáis a comprar el libro, podéis hacerlo aqui.

Y si no me creéis, mirad el dossier de prensa...

8 libros y 9 meses por delante...

Unas cosas comienzan y otras terminan. Sin conflicto, sin desenlace ni moraleja. Ojalá la vida fuera de relato. Mientras tanto, siempre queda el consuelo de los libros. Estos son los próximos ocho miembros de mi ejército:

  1. Un grito de amor desde el centro del mundo. De Kioichi Katayama
  2. Soy Leyenda. De Richard Matheson
  3. El hombre ilustrado. De Ray Bradbury
  4. The Ring. De Koji Suzuki
  5. La naranja mecánica. De Anthony Burguess
  6. La mujer de la arena. De Kobo Abe
  7. Un trabajo muy sucio. De Christopher Moore
  8. Cuentos completos I y II. De Isaac Asimov