
D.R. pasó toda la noche soñando con mermelada. Se relamía en sueños pensando en su textura dulce y pegajosa. Imaginaba el crujir suave del azúcar entre sus dientes y sonreía. A las seis de la mañana, cuando unas apetitosas tostadas se colaban en su cabeza, sonó el despertador. D.R. se incorporó de un salto en la cama. Había rumores de que esas máquinas ya no solo leían el pensamiento, sino también los sueños. El delito por tenencia de comida orgánica no acarreaba la muerte, como las relaciones físicas o el consumo de alcohol, pero significaba cadena perpetua.
Se frotó los ojos durante unos segundos. No tardarían demasiado en descubrir que D.R. escondía un tarro de mermelada de fresa en el armario más alto de su cocina. Todavía lo veía todo rosa fuxia, rosa mermelada de fresa, y en menos de una hora tenía que volver a la fábrica. Pero no le importaba lo que pasara hoy, ni que ese día fuera el último. Solo quería tostadas para desayunar. Y no esa mierda de suero inyectable.
Después, llegaría como un día cualquiera y se ensuciaría las manos de grasa entre metales inflamables, sopletes incandescentes, bombas de hidrógeno, protones foto voltaicos. Dejaría la mente en blanco cuando tuviera que mirar a la cara a esos androides estúpidos y con un poco de suerte nadie sabría nunca que había encontrado comida de verdad entre los restos de una hoguera.
Rápidamente, se deslizó hasta el cuarto de baño y dejó que las asquerosas manos androides que salían del espejo y del lavabo le afeitaran, le lavaran los dientes. Lo que los robots les habían vendido como ayudas no eran más que formas de control. D.R. siempre lo supo. Cuando el resto de la humanidad quiso darse cuenta, ya era demasiado tarde. Y ahora ya no eran más que los esclavos de esas fábricas. Los prisioneros de esas máquinas descerebradas.
Cuando las manos terminaron de vestirle fue a la cocina y apagó el cuadro de mandos que colgaba de la pared. A oscuras, solo distinguía el jadeo de su respiración y el temblor de sus manos. Pensó en el olor empalagoso de la mermelada, en su tacto gelatinoso y sintió que se le humedecían los labios.
Se sentó en el suelo de la esquina más escondida con el bote de cristal entre sus dedos. La tapa de plástico emitió un sonido vacío al girar. Algo parecido a un plof. Las fosas nasales de D.R. se dilataron y aspiraron profundamente el aroma de la mermelada. Y su nariz se llenó de hierba fresca, de frutas silvestres, de campo. Y de azúcar, sobre todo, azúcar. Hundió la mano hasta el fondo del bote y, por una vez, se alegró de que, por culpa de las ampollas de suero, ya no quedaran cucharillas de postre.
Primero, se chupó los dedos uno a uno y se empapó los labios hasta que se le quedaron pegados de fresa. Cuando volvió a abrirlos, lamió compulsivamente el borde del tarro de cristal. Al cabo de un rato, inclinó el bote, aún quedaba más mermelada dentro, así que decidió que se la bebería como si se tratara de un delicioso batido de frutas. Después, su lengua apuró los restos que quedaban en el cristal redondo, en la tapa en su boca y hasta en su barbilla. Finalmente, se limpió los dedos en la camisa blanca y aspiró el olor impregnado en la tela.
Cuando D.R. se levantó del suelo la cabeza le daba vueltas. Se apoyó en la pared de la cocina, que parecía girar a su alrededor. Alzó la cabeza hasta el techo negro de la habitación y sintió que el azúcar corría por todas sus venas, que revivía cada fibra de su cuerpo. Rosa fuxia, rosa fresa en medio de tanta oscuridad. Y, por primera vez desde el advenimiento de los androides, se sintió vivo, lleno de energía.
Aspiró una vez más el aroma dulce de su camisa manchada y deseó tener un androide frente a frente. Imaginó que le arrojaba el frasco de cristal en sus narices metálicas, en su cara inexpresiva. Y quiso encender el cuadro de mandos, asomarse al balcón con el frasco entre sus dedos y gritarle al mundo que estaba ebrio de azúcar, de confitura casera, de las flores del campo y el murmullo del viento. Ebrio de humanidad.
Un ruido seco golpeó contra su puerta. La cabeza de D.R se quedó en silencio. Los restos de azúcar aún tintineaban por su piel, pero se le había erizado el vello de los brazos. Le habían oído. Cómo podía haber sido tan estúpido.
Otro ruido, aún mayor, se coló en todos los rincones de su casa. Después, el sonido de un motor recién arrancado y el chirrido de una sierra mordiendo la madera. En unos pocos segundos, la casa de D.R. se llenó de sombras plateadas y pisadas metálicas. Al cabo de un minuto, un resplandor se extendió por toda la habitación. D.R. se dio la vuelta y se topó con el rostro del androide que acababa de accionar el cuadro de mandos. Una de sus manos terminaba en una sierra mecánica. Dejó caer el bote de mermelada sin darse cuenta.
El robot se agachó a recoger uno de los restos de cristal, el más grande. D.R. miró deseoso la puerta de la calle. Antes de que se le ocurriera echar a correr, advirtió que nueve sombras grises con brazos de ametralladora apuntaban a su cabeza.
- Por eso el reglamento prohíbe la comida orgánica.- señaló el androide mientras olisqueaba el trozo de cristal. – Estimula tanto las fibras humanas que todo se vuelve caos. -dijo. Era la quinta detención del día. Borrachos, parejas copulando en el parque, obreros rebeldes... Ya empezaba a estar harto de tanto organismo vivo.
- Vosotros sois el caos.- susurró D.R. al cuello de su camisa.
- Te he oído, humano. Tus pensamientos gritan tanto que se escuchan al otro lado de la ciudad. - contestó enfadado. Esas ideas locas de sentimientos y sentidos llevaban todo el día resonando en su cabeza.
- De todas maneras nunca me habrían concedido un juicio.
- Conoces la pena por... esto.- afirmó el robot con voz mecánica. Escrutó el bote con su mirada opaca. Lo examinó con sus manos para descubrir el poder de ese cristal. El humano parecía dispuesto a perder su libertad por él.
- Suenas una puta grabación.- contestó D.R. Los dedos de aluminio apretaron ligeramente los gatillos. Solo se escuchó un click. Dispararían a la señal. Un solo gesto y todo habría terminado. Muerte por insubordinación. Un solo gesto y se acabarían las briznas de hierba, las bocanadas de aire puro. La cárcel no sería un destino mejor, pero al menos le quedarían sus recuerdos.
- Preparados para prenderle.- el androide alzó el brazo. La luz del fluorescente se reflejó en la sierra mecánica. Unas cuantas manos esposa la rodearon en un instante.
Cada fibra azucarada de D.R temblaba en su interior. Se dispuso a extender las manos hacia los robots y pasar el resto de sus días entre cuatro paredes metálicas sin ventanas. Pero antes, bajó la cabeza y aspiró una vez más el olor a fresas de su camisa. Las cuencas vacías del androide se abrieron como platos.
- ¿Qué es eso?- el robot acercó su nariz a la mancha de mermelada.- Yo no huelo nada.Vuestra obsesión por los sentidos nos ha regalado esta guerra.- dijo. D.R. se echó a reír.
- No hueles nada, pedazo de lata, porque no tienes nariz. No eres más que una asquerosa máquina artificial.- El androide acercó la sierra al rostro de D.R., que emitió una sonora carcajada. – ¿Qué te importa matarme aquí mismo? Nunca estarás vivo.
El robot bajó el arma, olisqueó una vez más la camiseta y fijó sus cuencas negras en las pupilas de D.R. Otro igual. Vivo, decía. ¿Y para qué? ¿Para ser como ellos? Locos, enfermizos, esclavos de sus instintos y sensaciones...
- Quitadle la camisa.-ordenó.
- ¡Y una mierda!- D.R. se agachó y tomó un trozo de cristal entre sus dedos manchados. Antes de que le diera tiempo a arrojárselo al androide, nueve brazos metralleta le acribillaron a balazos.
- ¡Y ahora todos fuera de aquí! – gritó el androide. En un instante, las sombras plateadas se evaporaron y el cuerpo ensangrentado de D.R. se quedó a solas con el robot.
- Ahora ya no queda nada vivo en esta habitación. Ni siquiera tú, humano.- El androide se agachó y empapó sus dedos con la sangre de D.R. No sabía si estaba caliente o fría. Se la llevó a sus labios cerrados, luego a su nariz sin fosas nasales. Nervioso, se limpió la mano en la pechera del uniforme. – Morir por una camisa manchada, estúpido humano...
Dio media vuelta para abandonar la cocina y se topó con el frasco quebrado de cristal. Estaba lleno de manchas. No eran exactamente rojas. Parecían más intensas, brillaban de un color que el androide no había visto jamás. Acercó su mano, pero la mermelada resbaló entre sus dedos antiadherentes. La palpó con sus labios cerrados, pero no sintió nada. Intentó olerla una vez más, pero sus fosas nasales no procesaron el olor a fresa.
- Cómo se puede dar la vida por esto- gritó a la nada o, más bien, lo intentó, porque en aquel momento le pareció que su voz sonaba como una grabación. – Cómo se puede morir así.- volvió a gritar, pero su tono no se alteraba.
Aspiró el aroma del bote manchado hasta que el cristal arañó el metal de su nariz. Lo intentó con fragmentos más pequeños, con manchas más grandes, hasta con la camisa ensangrentada de D.R., que le miraba con sus ojos muertos desde el suelo.
- Todo esto es culpa tuya. De todos los humanos.- el androide cogió el bote de mermelada y lo arrojó contra la pared de la nevera. Millones de cristales saltaron por la cocina de D.R mientras el robot alzaba un brazo teléfono.- Pásame con la central.- ordenó a la voz que sonaba al otro lado.- A partir de mañana el consumo de comida orgánica también supondrá la muerte, sobre todo el de mermelada de fresa.
SOBRE ESTE RELATO
- La foto es un lienzo de Photoshop coloreado de rosa. Casualmente, la semana pasada vimos el significado de los colores en clase de Diseño Gráfico. El rosa es la feminidad, la ausencia de maldad, la vitalidad. En este cuento, significa la semilla de la rebelión.
- Porque hace muchos, muchos años, yo fui una mancha rosa entre camisas blancas. Cuando mi madre pintaba las paredes de mi cuarto y me vestía color chicle. Al cabo de los años, me convertí en una mancha negra. La semilla de la rebeldía...
- ¿Mermelada? ¿Azúcar? ¿Tostadas? ¿Tanto se me nota que estoy a dieta? Extralimitar estos conceptos me ayuda a no darles demasiada importancia.
- Este relato es hijo de los relatos de Bradbury. Sí, sí, es cierto, me encanta plagiarle. Lo sé.
- También han influido '1984' y 'V de Vendetta'. Y los cuentos de Asimov, creo. Cuando me lea alguno lo confirmaré, pero me los imagino como este texto (salvando las distancias, por supuesto). De la influencia de Nacho Vegas me he liberado ya.
- ¡Se me olvidaba! Este relato se me ocurrió este verano viendo un capítulo de los Simpson en el que Homer va a trabajar con una camisa rosa porque se le destiñe la ropa de ese color. Era un puntito de color en un mar de ropa blanca, ¡impoluta!
- En esencia, es un intento de Ciencia-Ficción de esa minimalista, en la que no hace falta explayarse en detalles tecnológicos para contar una buena historia. Me siento muy cómoda escribiendo en este registro.
- También se basa en la importancia de satisfacer las necesidades primarias: comida, sueño... que tantos ratitos de felicidad nos dan al cabo del día.
- Para que no haya errores de esos de "¿Cuál es el punto de vista del narrador?" o "¿Sobre quién está puesto el foco?". Pues ¡sobre el tarro de mermelada!, ¿vale? Único testigo de todos los sucesos que desencadena su presencia.
- D.R. debe su nombre a Drill: el extraterrestre protagonista de 'Hora Cero'. Un relato de Bradbury que no voy a desvelar y recomiendo encarecidamente. Aunque también había un tal D.L. en la primera temporada de 'Héroes', que es una de mis series favoritas.
- La frase que más me gusta de este relato es : Tus pensamientos gritan tanto que se escuchan al otro lado de la ciudad.
- Justo después del atracón de azúcar de D.R. (¡oh, casualidad!) ha empezado a sonar la pista 9 de la B.S.O. de Batman Begins, una de mis predilectas para escribir. Como era el track más cañero, a mi chico le han entrado ganas de salir al balcón y gritar a los cuatro vientos que se rebelaba contra su destino.
- D.R. tenía que morir gritando ¡Malditos bastardos! porque ayer vi la nueva peli de Tarantino y me gustó mucho. Al final lo he dejado pasar porque no me encajaba bien y me parecía un exceso de frikismo.
- Buscando fotos rosas en la Wikipedia, me he encontrado con una rosa azul preciosa, uno de mis símbolos preferidos.
- Últimamente estoy inspirada. A ver si me dura.
- Este viernes empieza el taller. Ya tengo ganas (y nervios).



