Una palabra vale más que mil imágenes

lunes 26 de octubre de 2009

Siddhartha y el valor del yo


El pasado sábado me terminé 'Siddhartha', la lectura perfecta para un día de sol espléndido en el que me quedé haciendo tiempo un ratito a la hora de comer. La verdad es que me ha gustado mucho este libro. Es ágil, agradable de leer y, sobre todo, relajante. Lo mismo, hasta es posible alcanzar el Nirvana entre sus líneas :D.

Es una lectura muy simbólica de la que cada persona sacaría una conclusión distinta. La mía es la importancia del 'yo'. Algo que va más allá de las circunstancias personales, los convencionalismos sociales, el tiempo o la edad. El verdadero yo ha de encontrarse a sí mismo entre todos estos cercos y limitaciones. Y, aunque con el paso de los años vamos cambiando, prevalece más allá de las distintas épocas de la vida o de la gente que nos vamos encontrando en el camino (sea un barquero, una mercader o una cortesana). Esos somos nosotros, la parte que siempre está ahí y nada ni nadie nos puede arrebatar. No hay que olvidar que debemos cuidarla mucho.

Por cierto, hablando de cortesanas... no puedo entender que un libro tan espiritual tenga una visión tan machista de la mujer. Pero esa es otra historia...

Fue una gran recomendación, no cabe duda :D

Mamá




Mamá llama a la puerta de mi habitación desde esa silla de ruedas que rechina por toda la casa, que se esconde por los rincones y escucha conversaciones telefónicas, que la conduce a mi cuarto y la lleva de regreso al suyo cuando se siente enferma y decide que esperará a mi padre, “sí, tu padre sí que es una bellísima persona”, tumbada en una cama con sábanas deshilachadas y olor a medicinas. Todavía tengo la cuchilla en la mano. El vaso con la dosis doble de sedantes lo he dejado encima de la cómoda.

Clac, clac, clac. A veces golpea mi puert con una cachaba de madera, pero casi siempre prefiere sus puños porque pegan más fuerte o retumban más en mi cabeza. Y si no abro a la segunda, insiste a dos manos, una con el bastón y la otra con sus nudillos huesudos.

- ¡Mariana, abre, que ya tengo los nervios bastante destrozados!

Y Mariana no responde, porque mamá sabe que detesto ese nombre desde antes de nacer, porque seguro que me lo puso porque yo lo odiaba y es la única que me grita ¡Mariana!, una y otra vez, ¡Mariana!, con el mismo timbre de voz a las tres de la tarde que a las cinco de la mañana.

- ¡Mari!- Y otro clac, clac, clac, que ya no sé si son golpes, puñetazos, palmas o bofetadas.
- Aquí tienes, mamá. Pero no te tocaba hasta las cinco - Antes de abrir la puerta, guardo la cuchilla en el bolsillo de mis vaqueros. Ella recoge el vaso con manos temblorosas.
- Sabe raro.- masculla con las encías, porque se niega a colocarse una dentadura postiza en condiciones.
- Que no, mamá, que son los de siempre. Se te está atrofiando el paladar con los años.
- ¡Qué años, malcriada! Delante de tu padre no me contestas así. Te falta tiempo para bajar la cabecita y mirar al suelo con tu cara de niña buena, y luego tratas a tu madre como a un trapo.
- A cada uno lo que se merece.- contesto gélida, más que eso, congelada. Tú también le pones ojitos de cordero degollado en cuanto entra por la puerta, que a mí ni me miráis a la cara cuando estáis juntos.

Porque todas las tardes es igual. Mi padre vuelve de la oficina y se frota preocupado su bigote gris cuando ella le dice que ha pasado un mal día sin dejar de mirarme. Entonces, hunde sus dedos en la melena blanca de mamá para consolarla. Luego le acaricia las manos como si fueran de cristal y se lamenta una y otra vez de que esté enferma. Será porque ahora ya no pueden encerrarse como cuando yo era niña. Entonces, solía pegar el oído para escuchar las risas y los ruidos que se colaban desde el otro lado de la puerta.

Conmigo mi padre habla aparte, solo cuando ella está dormida. Cuando me escondo en sus brazos anchos y respiro su olor a Barón Dandy, olvido que vivo con una loca huesuda y sin dientes adicta a los somníferos. A veces, mi padre también me toca el pelo, pero solo por encima, como si me peinara. En cambio, cuando lo hace con mamá, su mano desaparece bajo su cabellera rala.

- Mari, solo hasta que me jubile.- me recuerda una y otra vez. – Después yo la cuidaré y tú podrás irte de aquí.
- Pero, ¿adónde iba a ir yo sin ti?- le digo siempre con la mirada.

Mamá me saca de mis pensamientos. S ríe como una hiena y apura el vaso con la lengua, la dosis doble de sedantes no tardará en hacer efecto. No sé porque me he tomado tantas molestias. Con lo aprensiva que es, habría bastado con darle un vaso de agua y decirle que lleva somníferos disueltos para hacerla dormir. Y callar. Pero un día especial como hoy, bien merece todos los honores. Arroja el vaso a la moqueta cuando termina de beber.

- Mariana, recógelo, que se me ha caído. Tu padre está a punto de llegar y no querrás que encuentre un vaso en medio del pasillo, ¿no?- otra vez esa risilla floja, traicionera pero cada vez más floja, más leve, dentro de nada no se reirá ni en sueños.

Llevo la mano al bolsillo de los vaqueros y compruebo que la cuchilla sigue ahí. Después, me agacho para recuperar el cristal. Cuando estoy en el suelo, mamá me da unas palmaditas en la espalda con los nudillos. Se me clavan como puñales.

- Tranquila, yo me ocupo.- le aseguro.

En un par de pasos me desprendo de las garras y llego a la cocina, rumbo al fregadero para enjabonar y aclarar, aclarar y enjabonar, enjabonar y aclarar el vaso de los sedantes antes de meterlo en el lavavajillas. Limpio como una patena, ni a una marmota dormiría ya. Los ronquidos de mamá empiezan a sonar en el tercer enjuague, persistentes, cada vez más largos, más propios de una leona que de una mujer impedida.

La encuentro a medio camino entre los dormitorios y la cocina con la cabeza muerta, ladeada contra el mango de la silla. La lengua a medio asomar entre unos labios entreabiertos, brillantes de saliva. Sí que te quiere papá, sí. Ahora soy yo la que palmea sus omóplatos, su columna, sin carne, casi sin piel. En media horita le tienes aquí, mamá.

Empujo la silla hasta su cuarto, ahora soy yo la que ríe como una hiena. Ahí está bien, sí, al pie de la cama que será mía a partir de hoy. Hoy no la cogeré en brazos para meterla dentro. Sus uñas de bruja no se hundirán en mis hombros. Solo es pellejo y huesos, pero pesa como una condenada.

Rescato la cuchilla del fondo de mis vaqueros y me acerco a mamá. Hasta dormida parece que aprieta los puños, lista para atacar. A lo mejor se despierta en cualquier momento. A lo mejor, debería comprobar lo profundamente dormida que está antes de empezar. Despacio, acerco la cuchilla a sus nudillos. Dejo que resbale entre el corazón y el anular, el anular y el meñique. Luego, la paseo un por el pulgar, el índice. Se le tiñen los dedos de rojo, pero no sangra mucho. No hay de dónde sacar en estas venas viejas. No pasará lo mismo con las mías.

Miro el reloj. Papá está a punto de llegar. Tengo el tiempo justo para meterme en la cama de sábanas desgastadas y dejar caer la cuchilla por mi muñeca. Basta con un par de cortes horizontales. Un dolor agudo me atraviesa la mano. Ahora yo soy la hiena, la leona, mamá. La de las caricias en el pelo y el Barón Dandy. La sangre se desliza por las sábanas, o eso creo, porque la vista se me empieza a nublar. Con la mano buena, coloco la cuchilla entre los nudillos cortados de mamá. Ella sigue inmóvil cuando escucho el sonido de la puerta de la calle.


SOBRE ESTE RELATO

  • Pues llevaba unos días analizando la posibilidad de escribir un relatillo más amoroso de lo que acostumbro, pero se me ocurrió esta idea y me pareció que tenía más gancho.
  • Se basa en el célebre complejo de Electra.
  • Responde a la propuesta de la semana pasada, que consistía en escribir un principio (un buen principio) de cuatro líneas. Este tiene cuatro y media, aunque estas no presentan todo conflicto del relato. Para ello, he necesitado la otra línea y media más que compone el primer párrafo.
  • Me toca leerlo la semana que viene, a ver qué tal...
  • Otra vez estoy parca en comentarios, ¿por qué será?

domingo 18 de octubre de 2009

La mujer de la arena



Nueva incursión en la literatura japonesa, esta vez de la mano de Kobo Abe. No cabe duda de que su criatura, ‘La mujer de la arena’, es un libro que no pasa indiferente. Personalmente, me ha gustado mucho. la trama tiene mucha fuerza y, aunque es un poco estática, engancha. ¿Cómo? No sé, magia. La que tienen los buenos libros, supongo. Vamos, que el libro fluye como la arena :D. Aunque a mí siempre me mantienen en vilo los escritores nipones. Les encuentro un toque hipnótico único.

Nikki Jupei es un entomólogo bastante gris que queda atrapado en un pueblo cuyo principal modo de vida se basa en la arena que, por cierto, creo que simboliza el transcurrir del tiempo. Así, Nikki vive prisionero de una viuda de unos treinta años con la que de vez en cuando comparte sexo, sudor, arena y mucho trabajo. Eso y cavar, cavar, cavar, cavar, como los siete enanitos. Ambos viven en una casa subterránea con unas murallas de arena que han de contener diariamente para no perecer sepultados. El caso es que el pobre entomólogo se las ve y se las desea para escapar del pueblo y de la mujer que le da cobijo, que es, a su vez, su víctima y verdugo. Al final, ya se sabe, no hay peor tiranía que la que se acata por voluntad propia...

Ya no cuento más. Muchas dosis de existencialismo y desconcierto mezcladas con claustrofobia y desencanto kafkiano.

Creación


Z-407 acaricia el chip de su mano izquierda y espera a que pase algo, tal y como le dijo aquel hombre que ocurriría, justo antes de introducirle ese sistema pirata en sus circuitos. El robot se apoya en un árbol y extiende sus dedos metálicos para examinar su mano. Hace rato que siente un hormigueo en el chip, pero lo analiza con visión de rayos X y no encuentra nada. Después, se sienta en el suelo y vuelve a esperar.

A veces tarda un poco en hacer efecto, le había explicado aquel hombre, una unidad auténtica de mecánico del siglo veinte. Z-407 aprieta sus labios metálicos. Siempre se me olvida, se dice, no se puede hablar de unidades cuando se trata de humanos. Quedaban tan pocos que había sido una suerte dar con uno de ellos, ser su elegido. Le había prometido que el chip le convertiría en un nuevo prototipo único en su línea. Distinto a todos los demás de la fábrica. Dijo que solo era cuestión de esperar un rato.

El robot suspira con sus pulmones de metal. Ese mecánico olvidó establecer unas coordenadas temporales que determinaran la activación del proceso. También podía haberle dado un manual de instrucciones, en lugar de dejarle solo en la encrucijada del árbol.

Se levanta para estirar las piernas. No sabe cuanto tiempo lleva esperando, pero sus articulaciones chirrían por todas partes. En unos cuantos pasos, se encuentra de nuevo en el camino. Todo recto, rumbo a la fábrica. Quizá podría esperar allí y alzarse como un nuevo robot. Quien sabe que poderes tendría: visión congelante, brazos convertibles, hiper velocidad... Eso si es que ese maldito chip empezaba a hacer efecto ya.

Línea recta, rumbo a la fábrica, lo más lógico, sí. Fija su mirada sin párpados en el camino ¿Adónde ir si no? Con la duda, parece que aumenta el hormigueo. Para asegurarse, Z-407 introduce en su sistema las coordenadas del camino junto con la dirección de la fábrica, la posición del árbol y las variables meteorológicas. De paso, se auto escanea las zonas entumecidas y se realiza un chequeo médico completo con el láser interno.

Bzzzzzrrrrrrr. Los oídos sin orejas de Z-407 detectan un zumbido tenue y constante, parece que proviene del chip. El robot agita la mano para librarse de él. Nadie le explicó nada sobre zumbidos inesperados y hormigueos. Bzzzzzrrrrrrr. Otra vez.

En un instante, su la mirada se llena de códigos binarios y ecuaciones de sexto grado. Opción fábrica: Autorizada. Recomendada. El reconocimiento médico también ha terminado. Estado general: bueno. Pero no óptimo. El sistema ha encontrado un elemento desconocido. El Bzzzzzrrrrrrr, Bzzzzzrrrrrrr se repite cada vez más fuerte. El robot abre los dedos para examinar el chip, pero estos se mueven como si fueran a atacarle.

Alarga su brazo extensible todo lo que el muelle da de sí para apartarlos de su cara. Y al mirar la mano, los dedos y el chip vibrante, su mirada sin pupilas se topa con el borde del camino. Bzzzzzrrrrrrr. Alrededor de éste solo hay unos cuantos matojos, otros tantos árboles sin hojas y unas manchas rojas entre la hierba.

Z-407 imagina que son flores, pero ¿de qué tipo? En un instante, el sistema le coloca en la mirada un informe. Género Salix arbuscula, la mayoría de los humanos lo conoce como sauce. Arbustos de Quercus coccifera o Coscoja. Papaver rhoeas, también llamadas Amapolas. Así que eso eran, amapolas. El color rojo se cuela en su mirada. Y, en un instante, los ojos se le llenan de flores. Quiero verlas, decide.

Bzzzzzrrrrrrr. Sus dedos inquietos señalan las amapolas. El zumbido se convierte en un pitido agudo cuando sus piernas empiezan a andar hacia el campo de flores. BZZZZZRRRRRRR. Caminan entre trompicones, tropiezos y chirridos. Inseguras, imparables.

Sistema llamando a central. Alarma en Z-407. Opción fábrica: Desestimada. El robot ya no controla sus piernas. Quiero que pare el zumbido, desea. BZZZZZRRRRRRR. No quiero la fábrica, ni el sendero. Ni las Papaver rhoeas. Quiero tocar las amapolas.

A Z- 407 le arde la mano, tiene los ojos llenos de letras y mensajes escritos en un código que ya no comprende. Lo más probable es que el sistema no soporte semejante alteración. Quiero amapolas, repite. No quiero caminos, ni hierbas, ni sauces. Quiero las flores. No es lógico, ni encaja con las estadísticas, pero Z-407 no puede detenerse.

Y, ¿dónde estaba ese mecánico para responder sus dudas? Había esperado y esperado para convertirse en un robot con facultades que ningún otro había tenido nunca, pero no podía crearle sin un manual de instrucciones, unas directrices.

Una Papaver rhoea, vulgarmente conocida como amapola, crece a los pies oxidados de Z-407. El robot se agacha, la roza con sus dedos y siente que sus pétalos son suaves, casi resbaladizos. Sistema llamando a central. Insumisión en Z-407. Incidencia: Itinerario alternativo. Causa: Posible chip informático.

Una vez más, la cara se le llena de cifras, códigos binarios y ecuaciones. No puedo observar la amapola entre tanto número, piensa. Pero la quiero.Y estira los dedos y la coloca en la palma de su mano, fría por el metal, cálida por el chip.

Después, inspira profundamente y siente que el aroma de la flor se cuela en sus circuitos. Las alarmas se disparan por última vez. Incidencia: Fallo del sistema. Causa: elemento hostil. Buscando posibles soluciones. Las fosas artificiales de Z-407 absorben el olor de la amapola hasta que los mensajes se borran de su mente y su vista deja de estar nublada. Alarma en el sistema. Hibernación activada. El chip brilla en su mano. Amenaza en el sistema. Elemento hostil. El hormigueo se convierte en una agradable corriente eléctrica que se extiende por todos sus cables. Sistema desconecta..do. El chip deja de brillar. Poco a poco empieza a enfriarse.

Z-407 se mira las manos. La flor todavía descansa en ellas pero ya han dejado de temblar. Sigue siendo hermosa. Ahora el zumbido es solo un murmullo, como el vuelo de la avispa que se ha posado en la flor. A lo mejor también hay avispas en este campo, se dice el robot. Incluso moscas, seguro. Podría ir a buscarlas, o podría volver al árbol y sentarme a esperar al mecánico, que volverá más tarde o más temprano. Al fin y al cabo, aún tiene que preguntarle por qué está ahí o qué debe hacer a partir de ahora. Sí, puede sentarse a esperar a que el viejo le explique el sentido de todo lo que ha pasado. Pero, a su alrededor hay tantas cosas por ver, que lo deja para más adelante. La amapola se la lleva consigo.


SOBRE ESTE RELATO

  • Hoy estaré parca, casi telegráfica, en mis comentarios. Tengo que escribir un e-mail. Es importante.
  • Z-407 es parte de la matrícula de mi coche. Los dígitos que faltan me los reservo, que ya se sabe que en Internet hay muy poca privacidad de datos.
  • El robot es zurdo, como su creadora, que soy yo. ¡Uníos, zurdos de todos los confines, el mundo es nuestro!
  • Esta es la historia de una Play 3 pirateada.
  • Una versión de 'Esperando a Godot' en futurista.
  • Un vampiro con alma humana... un inmortal con pasiones mortales...
  • Una fábula sobre la capacidad de decisión.
  • Pero, sobre todo, una metáfora de la creación del mundo, en concreto, del Génesis: Dios es el mecánico. Z-407 es el hombre, la única especie con alma intelectiva, capacidad de decisión y, lo más guay, poder para revelarse contra su propio destino. Los demás robots, son el resto de las especies. La crueldad del relato radica en que Dios dota a sus creaciones de armas tan poderosas como traicioneras sin ninguna explicación.
  • La idea me encantaba, el relato no me gusta nada. Al final ha resultado ser uno de esos cuentos de 'cada cual que entienda lo que quiera'. Ocupaba casi tres folios. He reducido bastante y ha ganado un poco, pero sigue sin convencerme.
  • Me he dado el lujo de escribirlo porque sabía que esta semana no me tocaba leer en clase. Y, últimamente me está costando mucho escribir. Creo que es porque tengo que readaptarme a escribir para ser leída, o mejor dicho, para leer en voz alta.
  • Por eso necesitaba dejar volar un poco la imaginación. Así que, rectifico. Sï que me gusta, pero como reflexión personal, no como un relato que pueda llegar al lector.
  • Asimov y sus cuentos tienen parte de culpa. Me puso el listón demasiado alto y este es el resultado.
  • Al igual que la foto, la amapola es un homenaje al campo de estas flores que aparece en 'El mago de Oz' (libro y peli). A los protas les da sueño. Supongo que serán cosas de la dormidera, otro de mis símbolos preferidos.
  • La semana pasada estuve un poco perdida con el final del Curso de Diseño Web. A ver si pongo al día mi vis literaria.
  • Al final, muy parca no he sido.

¿Qué tienen en común Samuel Beckett y 'Vampire Knight'?


¿Todo? ¿Nada? ¿Esta foto? ¿Yo? La verdad, no lo sé. Lecturas dispares donde las haya, pero ambas son válidas para la evasión.

La primera de ellas, 'Molloy', de Samuel Beckett, es el libro correspondiente al mes de octubre del taller de relato. Aunque la califican de novela, es casi un monólogo interior. Mejor dicho, dos, el de Molloy, durante la primera parte, y el de Jacques Moran, que sale a buscarle en la segunda. En ambos capítulos, encontramos a dos hombres que repiten un guión de vida que parece que han aprendido de memoria cuando, en realidad, están COMPLETAMENTE desorientados. Vamos, que se desenvuelven peor que yo en la M-30 en hora punta.

Molloy va en busca de una madre a la que nunca encontrará (No es un spoiler, esto lo descubrimos en la primera página) y queda atrapado en medio de un camino, intuyo, metáfora de la vida. La vida de este pobre hombre, que encima está enfermo, carece de sentido. Y es que, en el existencialismo de Beckett, el porque de la existencia brilla por su ausencia (y toma ripio).

Poco más o menos le ocurre al bueno y analítico de Jacques Moran, que atrapado en el mismo camino (creo, no sé), termina por convertirse en el doble de Molloy. O al menos, esta es mi opinión, ya que en las últimas páginas está tan perdido y tan tullido como el primero (Esto sí era un spoiler). En fin, no es una lectura fácil ni amena, pero merece la pena leerlo porque es inquietante y, cuando menos, da que pensar. El próximo día 30 lo comentaremos en clase. Vamos a organizar un juicio con abogado, fiscal y testigos de ambas partes. Yo, como dije que no me había disgustado, tengo que atacarlo. Por eso de analizar las dos caras de la moneda.

Aprovechando la coyuntura, también me he leído 'Esperando a Godot', una de las obras más famosas de Beckett, si no la que más. También me ha gustado. El mensaje es el mismo. Dos hombres que no saben de dónde vienen ni a dónde van, ni siquiera dónde están, y que esperan a un tal Godot, que siempre llega 'mañana'. Este personaje, que no aparece en toda la obra, bien puede provenir de God (Dios en inglés) o de Godillot (botas en francés). En el primer de los casos, encontramos a dos hombres que buscan infructuosamente a Dios porque sus vidas (tampoco) tienen sentido. En el segundo, a dos soldados apartados de un conflicto bélico (probablemente la Segunda Guerra Mundial) que sin sus sus botas militares han perdido el porqué de sus existencias.

Y en contraposición... triángulos amorosos, melodramas japoneses, líos de instituto, damas en apuros (que luego van armadas con guadañas, pero bueno :D), caballeros taciturnos y mordiscos morbosos. Sí, porque yo también leo cómics, ¿y qué? No solo de Beckett vive el lector. Estoy super enganchada a 'Vampire Knight' :D. Creía que terminaba la historia en el último número que salió, que fue el 9, pero la trama está en lo más interesante. Espero que los simpáticos de la editorial no dejen de publicarlo y me dejen con la intriga, que ya he oído rumores en Internet.

domingo 11 de octubre de 2009

Malabares


Sí, le he tirado un bolo de plástico azul a la cabeza, ¿y qué? Se lo merecía, por querer hacerme la competencia en el cruce de la Plaza de Castilla. Según una regla no escrita de los colegas malabares de Azca, que controlan toda la zona, ese es mi territorio. Lo sabe todo el mundo. Menos esta pobrecilla que se inventa de todo para sacarse unos céntimos y, de paso, llamar la atención del guapo que sale del gimnasio todos los días.

Hoy, mi adversaria había cambiado las bolas de colores por tazas de cerámica. Y lo hacía bien, la condenada, me quitó todas las propinas del semáforo de las 10:15. Aunque cuando la aticé con el bolo se le debieron romper siete u ocho piezas, cosa que no le sentó muy bien a las ruedas de los conductores. Antes de eso, ya lo había intentado con cintas de gimnasia rítmica que mordían el asfalto, volteretas laterales entre carril y carril y unos palos de majorette que sacó de un contenedor con los que casi se desgracia la cara.

Y, así todos los días. Ella atiza lunas tintadas con piruetas de botas de payaso en el carril de la izquierda y yo, en el de la derecha, dale que dale, con mis bolos de plástico. El del centro, sería para la que llegara antes. Por eso le arrojé el bolo a la cabeza y ahí se quedó la pobre, sentada en el carril central con las piernas cruzadas y una marca roja en la cara que pronto sería un moretón.

Lo malo fue que el chico guapo salió del gimnasio en ese momento y lo vio todo de camino al metro. En vez de sonreírme, como otras veces, se puso serio y no le quitó ojo a la de las tazas de cerámica hasta que el semáforo se puso en verde.

Salí corriendo de allí y pasé la noche buscando trucos para adjudicarme el carril central a la mañana siguiente. No me importaba jugar sucio. Estaba dispuesta a usar zancos, platos chinos o el truco del diábolo, que siempre funciona porque recuerda a los juegos infantiles de los oficinistas de la Plaza de Castilla. Si era necesario, incluso regalaría esos globos con forma de perritos y espadas de mírame y no me toques. El carril era mío. Y la sonrisa del guapo también, que me la había pedido primero.

Al final se me ocurrió una idea mejor, cariocas de fuego. Los colegas malabares de Azca ya me habían hablado de ellas. Guardaba unas en el fondo de mi baúl de juegos. Las compré en un mercadillo solo por el hormigueo que me producía tenerlas en casa, pero nunca las había encendido.

Armada con mi artillería más pesada, puse rumbo al cruce de la Plaza de Castilla para recuperar lo que era mío. Llegué a mi destino en el semáforo de las 9:50, diez minutos antes del inicio de la jornada que marcan los colegas. Tenía que zanjar el asunto antes de que llegara el guapo, no fuera a ser que se asustara de mi faceta violenta.

Ella ya estaba allí. La muy tramposa hacía equilibrios sobre un tablón de madera que se deslizaba sobre un cilindro. Se balanceaba peligrosamente hacía la línea discontinua del carril central. Se disponía a invadirlo cuando la grité desde el derecho.

- ¿La rolo bola? Sabía que utilizarías algún truco sucio para quitarme el terreno, pero la coña del cilindro pasó de moda hace años.

- Mejor que el bodyrolling con bolitas de plástico... Eso sí que es triste.- me dijo con una sonrisa de autosuficiencia. Simuló que perdía el equilibrio y se colocó ufana en medio de mi carril central.

- Te vas a enterar. Los colegas malabares de Azca sabrán de esto. Pero antes, te vas a largar de aquí.- la amenacé.

Desenfundé mis cariocas lentamente, para darme importancia. El semáforo estaba a punto de cerrarse, pero me daba igual. Si quieres triunfar en el mundo de la farándula, es necesario crear expectación antes del truco. Desenrollé las cadenas y saqué un mechero para prender las bolas. La loca de las tazas de cerámica se quedaba la boca abierta.

- Son de kevlar- le dije- Prende como la mecha de un petardo. ¿Qué te esperabas? ¿Cuerdas de tela y bolitas de arena? ¡Esto es la guerra!- grité.

- ¿Pero que haces? ¡Qué vamos a salir volando! Si se te caen hasta los bolos de plástico.- la muy bruja siempre golpeaba bajo.

- No se me cayeron. Te los tiré.

El semáforo se puso en rojo justo cuando encendí la mecha. Empecé a girar los brazos. Las cadenas trazaban círculos perfectos, círculos que terminaban en bolas de fuego. Algunos conductores emitieron sonidos de asombro. Pero no sé si sus ¡ooohhhh! eran de admiración o de pánico ante una posible fuga de gasolina. Ya podían aplaudir de vez en cuando, los muy desagradecidos. Además, cuando se dieron cuenta de que estaba verde para ellos empezaron a pitar. ¿Y a mí qué? Menudos impacientes. Tenía que recuperar mi carril ahora o nunca.

Pero la loca de la rolo bola no se dio por vencida tan fácilmente. Todavía se balanceaba en el carril central. Seguía el ritmo de la música de clakson sobre su talón de madera. Cada vez pitaban más fuerte. Algunos empezaron a gritar:

- ¡Largaos ya! – dijo un Ford Focus.

- Como no os quitéis piso el acelerador- nos amenazó un Audi A3.

- ¿No les oyes?- pregunté a la loca. ¡Qué te pires ya!- me aproximé a ella hasta que nos quedamos frente a frente. Bueno, más o menos, porque la pobre no conseguía mantenerse recta sobre la rolo bola. Mis arcos de fuego estaban cada vez más cerca de sus orejas.

- ¡Voy a llamar a la policía!- gritaba mientras tanto un Smart deportivo.

10:15. El guapo del gimnasio se aproximaba por la acera derecha. Me olvidé por un segundo de las tazas de cerámica, los bolos de plástico y las cariocas de fuego. Tanto, que sin darme cuenta las dejé caer y mis aros de fuego aterrizaron en el tablón de la rolo bola. La madera empezó a arder. Y, aunque el semáforo se había puesto en rojo, los coches habían dejado de pitar.

- ¡Ay, madre!- chillé.

Restregué las cariocas contra el suelo de asfalto para que dejaran de arder. La loca quemada de la rolo bola intentaba bajarse de un tablón de madera que echaba humo y empezaba a comerse sus medias de colores. Raspé otra vez las cariocas hasta que pareció que el fuego se debilitaba. Había leído por ahí que no hay quien apague el kevlar porque las llamas no lo consumen. Recé para que no fuese así.

Ya desarmada, me agaché para ayudar a mi pobre enemiga, que no dejaba de soplar sus medias de payaso incendiadas, no sé si para apagar el fuego o aliviar el dolor de la quemadura que tendría al día siguiente. Soplé con ella, pero solo conseguí que el fuego trepara hasta su rodilla. Empecé a rodarla contra el suelo. Si había funcionado con el kevlar, también tenía que hacerlo con ella

Mientras, el semáforo se había puesto en verde. Esta vez, nadie pitaba. Varios conductores nos miraban escondidos detrás de sus volantes, pero la mayoría había bajado del coche para ver mejor y dar algún que otro consejo. ¿No hay un parque de bomberos aquí cerca? o ¡Echadle agua a esas chicas!

Y precisamente, como agua de mayo, el guapo del gimnasio se acercó a rociarnos botella de litro y medio en mano hasta que el fuego se extinguió. Solo quedó una quemadura roja en las medias rotas de la loca de la rolo bola. Teniendo en cuenta que todavía se le notaba el moretón que le había hecho el día anterior, me dije que ya era suficiente por esa semana.

El guapo del gimnasio vertió una parte del líquido que quedaba en la tabla de madera e hizo otro tanto con mis cariocas traicioneras. No me atrevía a mirar al frente cuando me ayudó a levantarme del suelo. Esperaba ver un convoy de smarts enfadados, mono volúmenes amenazantes y deportivos deseosos de comerse el asfalto con nosotras debajo, pero no fue así. Nos contemplaban apoyados en sus capós incapaces de decir nada.

Cuando el semáforo se puso verde otra vez, uno de los conductores empezó a aplaudir desde la tercera fila. Poco a poco, el sonido de los aplausos se extendió hasta los primeros coches. Suspiré y le tendí una mano a mi adversaria. Después, nos miramos durante un par de segundos y asentimos. Por una vez, estábamos de acuerdo.

- Tu por la derecha y yo por la izquierda.- sugirió.

- ¿Y el centro?- pregunté.

- A medias- Mi nueva compañera me tendió una mano. La estreché con fuerza.

- Tengo que presentarte a los colegas malabares de Azca.- le dije. – Te van a encantar.

Y así, carril contra carril y a ganancia compartida el del centro, nos llenamos los bolsillos de calderilla y algún que otro billete de diez.

- ¿Y si nos damos una comilona con esto y pensamos en el próximo número? Con un poco de práctica, puedo aprender a controlar el fuego.- le dije. Pero me di cuenta de que hablaba sola, porque a mi nueva compañera le había faltado tiempo para irse a hablar con el guapo del gimnasio.

- Oye, ¿le decimos que se una al grupo?- me susurró al oído.

- ¡Eso ni se te ocurra!- Salí corriendo detrás de ella mientras los coches metían primera y arrancaban de una vez por todas.


SOBRE ESTE RELATO

  • Este relato está basado en las dos chicas que hacen malabares en el cruce de Cuzco (redondeando, Plaza de Castilla). Parece que se llevan bien, pero yo creo que en realidad se odian. Siempre con esas sonrisas falsas que proyectan a los coches... Les hubiera tirado una foto con el móvil para ilustrar mejor la historia, pero creo que vulneraría sus derechos de imagen. ¡Lástima! Habrá que conformarse con las gemelas siamesas de Big Fish (mi alter ego burtoniano según esa fuente de conocimiento popular llamada Feisbuc, o algo así).
  • No me convence demasiado porque lo veo algo superficial. La gente de clase escribe sobre temas muy trascendentales y yo no sé si estoy preparada para afrontar tamaños conflictos.
  • Este cuento se basa en la premisa 'Si no puedes con tu enemigo, únete a él'. También es una pequeña apología de la competitividad, que puede ser sana y enriquecedora a muchos niveles. Eso sí, siempre y cuando nuestra ira no termine incendiando al contrincante. Todo el mundo necesita a su némesis.
  • Es el segundo que escribí esta semana. Lo terminé el mismo viernes, antes de ir a clase, como en los viejos tiempos. Por si no me atrevía a llevar a clase el del fan de Marilyn Manson. Pero al final, me tiré de la moto y leí en público. He debido dar una imagen cojonuda a mis nuevos compis...
  • Y a mis colegas... Jorge ha definido mi literatura como 'ochentera depravada'. ¿Qué querrá decir con eso?
  • En clase todo fue guay. Como siempre, la gente es encantadora. Y el profe, en mi humilde opinión, insuperable. En dos minutos desmontó mi cuento y creó una versión reducida (que no extendida) mejorada y con mucha más fuerza. Estoy deseando que llegue el viernes para leer las historias de la mitad de la clase a la que no le dio tiempo a leer.
  • Literariamente hablando, también he sido buena esta semana. He visto 'La naranja mecánica' (después de taaantos años) para compararla con el libro (me quedo con éste, por cierto) y me he terminado 'Molloy' que, a pesar de que deprimiría a las ovejas, merece ser leído. Para que no sea todo tan denso, aproveché la noche de ayer, que no salí porque me entró la pereza, para devorar dos tomos de mi cómic manga adolescente-vampiresco. Esta semana haré un post comentando mis exquisitas y variadas lecturas.
  • Ahora voy con 'Esperando a Godot', siguiendo el sendero existencialista de Beckett, el cuento de Asimov que cogí hace mil años y tendré que volver a empezar, y, ¡por fin!, 'La mujer de la arena', de Kobo Abe.

martes 6 de octubre de 2009

Beautiful People



Todos los jueves, Marcos y yo nos hacemos una paja con la cadena de música a tope y el CD de Marilyn Manson rompiendo las paredes. Nos tapamos el bulto con los cojines del salón para no ver lo que tiene el otro y miramos la peli porno de turno que haya dentro del DVD. Aunque la verdad es que yo aún no he conseguido correrme, pero creo que Marcos no lo sabe. Cuando Marilyn va por el quinto o sexto The beautiful people ya no hay quien le pare. No le importa una mierda lo que pase a su alrededor. Además, cada uno a lo suyo. Ese fue el trato. Hicimos la apuesta la semana pasada. ¿A que no diseñas en Photoshop a la mujer perfecta? Fue hace seis días y mañana se me acaba el plazo.

Ahí estábamos los dos el jueves pasado, cinco contra uno, mientras una enfermera a la que las tetas no le cabían en el uniforme, se la comía a un enfermo desvalido que jadeaba en la cama del hospital. The beautiful people, The beautiful people, que decía el bueno de Marilyn, mientras yo me frotaba cada vez más fuerte. Y los dedos se me volvían rojos y parecía que la polla se me iba a poner dura, pero al final nada. Menos mal que tengo el cojín y esos gallos estupendos que me salen de la garganta cuando finjo que he eyaculado.

Lo mismo que Marcos, que no se corta en pegar algún que otro grito en plena faena mientras contempla al personal sanitario de la peli. Afortunadamente, está demasiado concentrado en cascársela como para darse cuenta de que la polla de su colega está averiada. A veces hasta canturrea, el muy chulo. The beautiful People, The beautiful People. No será para tanto. Pero es que encima es guapo, el tío, con esos vaqueros caídos de niño malo y el pelo de punta.

- Te digo yo... que esas tías... no existen.- me aseguró aquel día entre jadeos.

- Hombre, algo tendrán, ¿no?- Le grité desde el baño. Le había dicho que ya me había corrido y que necesitaba lavarme las manos. Aunque en realidad estaba harto de tanto grito y tanta polla.

- ¡Qué no! ¡Qué no! Esas tetas son de Photoshop. Ah...- No le quedaba mucho, pero siempre aguantaba como un cabrón. – Sí, sí, sí... Y ni te digo esa polla... Ah...

Entorné la puerta y asomé la cabeza. Podría haberle pillado ‘in fraganti’, justo en el momento de explotar. Comprobar si de verdad la tenía tan grande, ver si se parecía a la mía. Siempre me había preguntado si todas tenían el mismo aspecto. Pero me detuve en el último momento, no fuera a ser que esas dudas no fueran propias de un pibe de verdad. Cuando volví, estaba tendido en el sofá con los brazos en cruz y el cojín entre las piernas.

- Ten cuidado, capullo.- le dije. - Como manches el sofá mi madre me mata.

- Tranquilo, tío. Es que hay mucha vida dentro de mí. Podría dejar seca a la enfermera esa.- contestó con la cremallera a medio subir.

- Pero mírala tío, si es que es de mentira. Tiene unas piernas cojonudas, pero esas tetas son asquerosas.

- Joder, es que no se puede ser tan exigente, hombre. Como sigas así de exquisito, no vas a correrte en tu vida. Cuando yo tenía trece ya era todo un maestro.

- ¿Estás tonto? Si acabo de hacerlo. ¿No te has enterado?

- Sí, ya. Eso de antes. Oye, ¿cómo sería para ti la mujer perfecta?- Marcos estiró el cuello y se rascó la barbilla. También le encantaba fardar de su mandíbula ancha. Decía que volvía locas a las chicas.

- No sé. Piernas largas, caderas estrechas, hombros anchos. No hace falta que tenga los pechos demasiado grandes.

- ¿Y eso te pone más que la enfermera?

- Cada uno es cada uno, ¿no?

- Pues yo preferiría un cacho de Scarlett Johanson, otro de Kate Moss y unas tetas bien grandes. Menuda pasada.

- Para ti.

- Y para tí, gilipollas. Si cojo el Photoshop y junto las piernas de una con la delantera de la otra y hago un par de apaños más, se te pone dura fijo.

- Venga ya.

- Qué sí, tío, que te voy a hacer un montaje que te vas a correr diez minutos seguidos.

- No, gracias, no me pone la puta novia de Frankenstein.

- ¿A no? Seguro que mi novia de Photoshop saldría mucho más guapa que la tuya.

- ¿Qué pasa? ¿Quieres probar?

- Cuando quieras, manejo esa mierda de programa mucho mejor que tú.

- Pues el jueves. Vas a ver lo que es la beautiful people.

Y ahí me quedé, sentado delante del ordenador con máscaras de capa y tampones de clonar. Listo para diseñar a la jodida mujer perfecta con mi propia polla como jurado de un concurso de belleza. Al principio fue fácil. Abrí un documento nuevo y pegué en él la foto de una nadadora de natación que encontré en ‘Google Images’. No tenía ni idea de cómo se llamaba, pero eran los hombros que buscaba, un poco anchos y algo musculosos. Luego le borré las tetas y coloqué las de la cantante Rihanna encima. Después, solo tuve que fusionar las capas y ponerlas del mismo color que las de la nadadora con el ‘cuentagotas’. Para las piernas, finalmente elegí a Paris Hilton. Y justo cuando las superponía a las de la nadadora e intentaba no dejarla paticorta, me di cuenta de que mi criatura de Photoshop llevaba unos bonitos vaqueros caídos.

Ya solo le faltaba la cara. Ahogué una risa y me imaginé a la novia de Frankenstein con el pelito de punta y el mentón de Marcos. Y ¿por qué no? A lo mejor con la broma dejaba de comportarse como un gilipollas y aprendía a no tratarme como si fuera un crío. Cargué una foto que nos habíamos hecho en verano, recorté la carita de macho de Marcos y la cambié por la de la pobre nadadora mutilada.

Me levanté de la silla y puse el CD de Marilyn. Hey you, what do you see?, cantaba el colega. ¿Qué que es lo que veía? Pues la cabeza del chulo de Marcos sujeta por unos hombros preciosos, marcados en su justa medida. Y un poquito más abajo, las tetas coloreadas de Rihanna. Cogí el lápiz y aumenté el contorno de la mandíbula de Marcos. Sí que era bonita, la jodida. Menudo cabrón, hasta disfrazado de piba era guapo. Pero esos pechos no me convencían del todo, así que decidí borrarlos. Con el resultado de los pantalones caídos sí que estaba contento, bien ajustaditos en la cadera.

Marilyn Manson me gritaba desde la cadena de música. Le daba fuerte con la beautiful people, una y otra vez, la beautiful people. Cuando iba por el tercer estribillo, la cremallera del pantalón me empezó a molestar y cuando la canción estaba a punto de terminar ya se me había puesto dura, y me di cuenta de que mis puñeteros vaqueros no eran lo bastante grandes. A lo mejor, yo también debía comprarme unos caídos, dos o tres tallas mayores, como los que llevaban Marcos, su mandíbula y su puto ego, que no me quitaban ojo desde la pantalla del ordenador. Seguí frotando, cada vez más caliente, de un momento a otro iba a explotar. Le miré los pantalones otra vez y pensé en el jueves, en lo que se apreciaría desde el baño si abría la puerta con cuidado y le dejaba a solas con la beautiful people de la enfermera.


SOBRE ESTE RELATO

  • Hoy sí que necesito explayarme en estos comentarios. El viernes 2 de octubre empecé por fin el taller de Relato Avanzado. El profe es genial y la gente es majísima (se nota que muy comprometida, además). Encima, somos un montón y hay algún que otro viejo conocido. Vamos que, todo perfecto. Pero en uno de estos arranques de las cañas posteriores (en mi caso siempre coca-colas light, o sea que la embriaguez no es ni una excusa ni una explicación) se me ocurrió prometer que mis cuentos iban a explorar territorios realistas, al menos durante el próximo mes (que todo octubre no aguanto ni de coña, la verdad sea dicha). ¡Un mes sin dragones y mazmorras!, que se me ocurrió proclamar... Lista de mí.
  • Y en estas, me encuentro escribiendo sobre gays que salen del armario y escuchan a Marilyn Manson, inspirada por mi incursión al Viperina de Chueca del sábado pasado y mis ganas de asistir al concierto que del 3 de diciembre.
  • Pero... y digo yo... ¿qué es esto? ¿Masturbaciones? ¿Pelis porno? ¿Cuatro tacos y un estilo zafio? A mí me gusta más la épica, los personajes arquetípicos. Pero un reto es un reto. Que no se diga. Además, hay que aprender a escribir de todo, ¿no?
  • ¿Será este relato influencia del curso de Diseño Web?
  • En la imagen, Marilyn Manson (ya lo sé, obvio que no soy yo, ni Oscar Wilde, ni Bécquer, ni mi xxx madre), que encaja mucho con mi gay pseudo-macarrilla y aficionado a travestir a sus colegas.
  • Escribí...esto escuchando no The beautiful people sino el disco 'Holy Wood (In the Shadow of the Valley of Death).

¿Y ahora que pasa, eh?


Sí, señor. Mis colegas bloggeros tenían toda la razón. Un gran libro. Al final me lo he devorado en menos de una semana. No es solo uno de esos que todo el mundo debería leerse por culturilla general, es mucho más. Los malos son muy malos (obvio, no cabe duda) pero lo más terrorífico es darte cuenta de que los buenos pueden ser aún peor, que la justicia no existe y que la política se cuela en todos los rincones de la sociedad para no contribuir a su corrupción.

La única forma de detener a una juventud ultraviolenta y carente de cualquier tipo de valor es... eliminar su voluntad. Y privar a una persona de la capacidad de elegir, como muy bien dice uno de los personajes de la novela, es quitarle su humanidad. Ahora bien, ¿se le puede llamar humano a un criminal capaz de pegar, robar, violar, traicionar y asesinar? Creo que, en este caso y como dicen los Piratas, "el equilibrio es imposible", pero opino que la solución estaría conseguir que la Justicia y las leyes funcionaran como es debido.

Álex, después de que le den una paliza de la que ha sido incapaz de defenderse a causa del tratamiento Ludovico:

Y entonces, hermanos, tuve que hundirme en el sueño para escapar de la horrible y perversa impresión de que recibir un golpe era mejor que darlo. Si ese veco (o individuo) no se hubiese ido, yo tal vez le habría ofrecido la otra mejilla.

jueves 1 de octubre de 2009

Astronautas filósofos y japoneses que no asustan



Ya han caído otros dos soldados de mi ejército de libros. Esta vez han sido El hombre ilustrado, de Ray Bradbury; y The Ring, de Koki Suzuki.

  • El hombre ilustrado bien podría llamarse Crónicas Marcianas 2 ya que es excesivamente similar al primero. Dada la obsesión de Bradbury por la Ciencia-Ficción y, en especial, las naves espaciales, apostaría a que después de publicar las Crónicas hizo una segunda recopilación de relatos de este género bajo este nuevo título. Aunque no todos los relatos son tan potentes como los del primer libro, Bradbury no pierde fuerza y, una vez más, lo que más destaca en medio de cohetes, marcianos, plutonianos y robots, es su percepción de la psicología humana. Sin embargo, los relatos que más me han gustado han sido "La Pradera" y "Marionetas S.A.". Son fantásticos, futuristas, pero el espacio exterior no aparece para nada.
  • The Ring me ha desilusionado un poco, y eso que pensaba que sería el guerrero más fiero de mi ejército literario. Pero lejos de ser un libro de terror, se queda en una obra de misterio en la que la inexpresividad japonesa ralentiza la trama en más de una ocasión. Además, el papel del co-protagonista, Riuji, no queda muy claro. No obstante, tiene detalles muy buenos. Por ejemplo, cada transición entre planos de la secuencia maldita es un parpadeo de Sadako (sí, la niña esa que sale de la tele y se mueve a espasmos) . Y todas y cada una de las escenas del vídeo tiene un porqué. Además, merece la pena leerlo para compararlo con las dos películas, la americana y la japonesa, incluso creo que hay una coreana, pero aún no he tenido el gusto. (El enlace a la Wiki es de la peli no del libro).

Ahora, voy a por el mercenario más mercenario, desalmado y criminal. Nada menos que el Álex de 'La naranja mecánica', de Anthony Burguess. Estoy segura de que merece la pena leerlo, pero creo que me va a costar un poco porque está escrito en 'nadsat', una jerga adolescente de raíces eslavas que se inventó el autor. Merece la pena mirar el enlace de la Wiki.

Esta semana, que ha sido de bastante actividad para mi blog, he cambiado la imagen de perfil y la del pie del diseño. Dentro de siete días otras fotos cambiarán y algunas desaparecerán, que ya se están quedando antiguas. Mientras tanto...Intenta no respirar...